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Luis Ricardo Guerrero Romero

Lalo Córdoba Cabrero comenzó: –No sé,  pero resultaba interesante admirarla cada lunes al llegar muy bien peinada, con su cándido uniforme y calzado limpio base de sus agraciadas piernas que al marchar por la plaza cívica me provocaban amar a la patria y desearla aún más, para mí, aquella semanal demostración de belleza era suficiente, al pasar por la entrada incendiaba voluptuosamente con su fragancia mis sentidos, además de recordarme las épocas imberbes. – ¡Buenos días!, decía mientras sonreía poseída por un ángel santo. Recuerdo que al momento de los honores, sólo yo era el más atento durante el himno al lábaro patrio, su postura de abanderada sugería en la imaginación un ritual fálico, y más fuerte cantaba. ¡Cuánto diera por volver a mi rito aquel, donde su marcha sobre la plaza cívica del colegio hacía sincronía con mi cuerpo, mi asta bandera! Si bien ella me hablaba con gusto, nunca supo mi nombre, pues sólo era el portero de aquella sección primaria.

Después de escuchar la aventura de esta especie humana (enamorado de su patria), el agente L y M, encontraron una posible respuesta a sus repulsivos deseos, era seguramente la adhesión al himno. Cuya escritura y fonética nos ha llegado al español con pocas modificaciones, por ejemplo tenemos que del latín hymnus (canto), se generó la palabra en cuestión, cerrando tanto la vocal /u/ hasta llegar a /o/; sin embargo esto no es lo más logrado, ya que este mismo sustantivo tiene un vínculo con hymenaeus (epitalamio, canto nupcial), y de allí otra palabra menos investigada, pero sí valorizada y buscada: hymen (himen), es decir que el simbolismo de cantar un himno –nacional, litúrgico, laudatorio, de invocación, los gathas del zoroastrismo, etcétera–, se liga a la idea: fecundación, fructificación, lo marital, unión mística del uno con el otro, pero asimismo carnal según los contextos. Sin embrago, precisamos indicar que, ya en la lengua helénica se usaba el término υμνος (ymnos), para describir un canto de alabanza o nupcial, sumado a ello, se habla sobre: υμνεω (ymneo) celebrar con melodías; y cabe mencionar que melodías significa: la miel. De allí la supuesta veneración al himen, donde se descubren las mieles de la unión nupcial. Más aun, el hombre siempre observador de la naturaleza, sabía de hecho sobre la abeja reina, quien era conservada en su “virginidad” con la jalea real de las abejas obreras, hasta no ser fecundada –ya sabemos que le sucede al zángano al aparear, lo cual es utilizado como simbolismo de unión y entrega antes de morir–. A lo anterior integremos que en la mitología de la Grecia antigua, se narra sobre el dios Himeneo, quien asistía las celebraciones maritales. El himno es pues, no sólo agrupación de estrofas, sino adhesión al ente amado. Pero además es una composición literaria con mayor producción en la edad media, luego de haber estado en su cima en el periodo de la antigua Helena.

Las peculiaridades para entonar un himno son diversas, pero aquí resaltaremos el hecho de que este estilo de canto se realiza en coro, es decir que, la acción de elevar himnos no es un hecho individual, sino en  conjunto. Entonces: ¿qué celebración marital donde se canta al hymen se efectúa en conjunto? La respuesta está en los himnos órficos, génesis  de los misterios griegos, pues ya ellos albergaban en sus himnos la noción de orgía en el sentido primigenio: οργιον αρρητον orgión arretonceremonial secreto. En los himnos órficos se implora a: Apolo, Palas, Niké; al Daimon, Eos, Temis, Hermes subterráneo, etcétera.

A Orfeo, debemos la trascendencia de los himnos, a Calíope madre de Orfeo, adeudamos la belleza. Y a los degenerados que encabezaron este relato, no los busquéis furtivos, andan libres.