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Luis Ricardo Guerrero Romero

Eran las tres de la mañana, comenzaba el momento de los chistes, el turno del extranjero amigo proveniente de Ramala, Itzjak (Isaac), quien en su nombre llevaba la vocación: Primer acto –inició su turno–, llega Melvin y mata a una pareja; segundo acto, el Tigre Toño acribilla a una pareja; tercer acto, Cornelio asesina a una pareja; ¿cómo se llama la obra? El asesino serial. Sin duda Itzjak era creativo después de una botella injerida, la lengua española le salía a chorros cuando el destilado lo poseía. Su esposa –Carla Ledesma– una seria estudiante de nutrición, luego del chiste comenzó platicar sobre la frenética idea de la creación del cereal como base de la óptima alimentación infantil con la finalidad de evitar la masturbación en los niños, y que fue el Dr. Harvey Kellogg (cabe mencionar que no era disciplinalmente doctor), en épocas pasadas en Estados Unidos, quien legó a la famosa marca de cereal su apellido. Lo anterior nos provocó sacar el erudito que llevamos dentro y cada uno aportaba algo sobre el tema, aquella reunión se convertía en  un fragmento de El Círculo de Eranos. ¿Quién nos pensaría que alrededor del cereal no sólo hay leche?

Ya desde la mitología helena recordamos que una de las deidades que alimentaba a los pueblos fue Δημητηρ Deméter), representación de la tierra nutricia y de los cereales (trigo, cebada), quien enseñó a los hombres por medio de un carro con antorchas arrastrado por serpientes a sembrar (según Grimal), a ella misma se le ofrendaban primicias para que diversos cereales sigan brotando de la Madre Τierra; ya sabemos que los romanos asimilaron a los dioses y diosas de los griegos, es por eso que en su cultura también reconocemos a una diosa que patrocina el crecimiento de las semillas, esa diosa de la mitología romana fue Ceres (diosa de la agricultura), o sea que Deméter y Ceres al fin de cuentas son la misma en cuanto a su finalidad. Aunque aquella que se perpetuó hasta nuestros días es Ceres, ya que de su nombre más el sufijo al (al morfológicamente crea sustantivos, los cuales indican lugares o abundancia; como arenal), generó nuestra palabra: cereal. El trigo como sabemos, es el componente básico de los cereales, aquellas cajas que encontramos fieles hospederas en nuestras alacenas. La referida diosa de las mieses tenía su propia fiesta: las cerealias, de donde igualmente suponemos el nombre de cereal proveniente del latín cerealis. Entonces, la tradición de este sustantivo es mitológica y la historia es gracias a la lengua latina y evidentemente conforma la de nuestra lengua española. Suponemos que Ceres –la del trigo–, adorada por los romanos y divinizada por los padres de la cultura de la Paideia, es muchas veces rechazada por algunos niños y jóvenes, pues frente a un sabroso huevo ranchero y frijoles refritos, tortillas hechas a mano y un juego de naranja, resulta fácil el rechazo al nutritivo cereal milenario.

El mañanero, el cereal, frugal alimento de nuestra panza, maná nutricional de las historias que conforman nuestra lengua.