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El matrimonio igualitario: lenguaje, palabras y derechos humanos

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Quisiera trazar estas líneas en dos horizontes, el primero, el de las significaciones, las palabras y el lenguaje; y, el segundo, sobre los derechos humanos. Si de significados sobre el matrimonio parten nuestros legisladores en San Luis Potosí, para no legislar sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, arguyendo que la palabra denota la unión natural y la tradición anclada en la institución romana que le dio origen, considero que más que argumentos son razones de carácter moral las que los impelen a pronunciarse sobre el tema.

Me parece que su argumentación carece, en primer lugar, de asumir que el lenguaje, como un sistema de signos y significados, es cambiante y que las palabras, los signos y las representaciones que lo componen no son estáticos.  Nombrar las cosas significa, dotar de existencia y visibilidad a aquello que se nombra, significa que eso nombrado refiere apropiaciones, experiencias y significaciones que socioculturalmente se asumen, pero que como palabras tienen una historicidad. ¿Son entonces el lenguaje, las palabras y los significados entidades abstractas ajenas a la progresión del cambio histórico? ¿No sería eso equivalente a pensar que todos los productos humanos son y fueron lo que hoy en día creemos que significan? ¿No es eso un anacronismo? ¿Será que conceptos como el de soberanía, por citar un ejemplo, en el medioevo y hoy  en día, aluden a lo mismo?

¿No será acaso que las palabras expresan vivencias y experiencias típicas de contextos en tiempo y espacio distintos? Argumentar que el matrimonio surgió para denotar la unión entre un hombre y una mujer, y que por ende el concepto debe de emplearse únicamente para hacer alusión a ello, es reducir la movilidad de un significado que va más allá de estas deducciones biologicistas, y que más bien depende de la apropiación y experiencia  vivida que se hace de él. Vygotsky decía que cuando existe “un cambio en la estructura interna del significado de una palabra, esta equivale a un cambio entre la relación pensamiento y palabra”, resaltando el carácter histórico y social del lenguaje.

Aunado a lo anterior, seguir en el entendido de que los legisladores dotan y otorgan derechos por tener la facultad para crear la ley, y bajo este supuesto legislar, nos lleva a nuestro segundo horizonte, el de los derechos humanos.  La titularidad de un derecho humano no depende, para su existencia, del reconocimiento de un legislador, existe por sí mismo, más no se tiene acceso a él en tanto no se legisle al respecto. En el tema que nos ocupa, sea cual sea la decisión del legislador de nombrar al matrimonio entre personas del mismo sexo, como matrimonio o con otra palabra, tendrá que pronunciarse y legislar en la materia pues tiene la obligación de no discriminar. El problema estriba en que a nuestros legisladores se les olvida que los Estados modernos, se concibieron laicos y democráticos, los argumentos morales no caben y avalan cuando de reconocer derechos humanos se trate.

Estaremos a la espera de que la decisión del legislativo local, analice a conciencia las diversas posiciones, como lo han argüido en los medios durante estos días, pero más aún de que reconozca los derechos humanos de todas y todos, a fin de que no concluya la actual legislatura sin haberse pronunciado sobre el tema.

Dosis feminista: mientras esto ocurre, activistas en pro del matrimonio igualitario convocan a una marcha este nueve de agosto, bajo el lema “Las verdaderas familias no discriminan”.

Twitter: @UryQuely

Urenda Queletzú Navarro
Urenda Queletzú Navarro
Historiadora del Derecho, Profesora Investigadora de la UASLP, feminista y mamá de Arya Sofía.