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El misterio de la risa intrusiva en un rancio periodista

Rogelio Hernández López

L as tribulaciones personales que asolaron al viejo reportero en los últimos cinco meses, rebulleron al acercarse el fin de año. Le agobiaba el desempleo y no encontrar certezas para planear el nuevo ciclo. Tiene 64 años y medio. Sin embargo, se sorprendió a sí mismo riendo sinceramente ante cualquier motivo. –¿Será qué cuando la gente percibe el ocaso se le bota la chaveta? ¿O ya estoy tocadiscos por fumar tanto?– especulaba.

Es que alegrarse por los motivos más nimios, como actuaba en estos días, era muy contrastante con el estilo personal de periodista que empeñosamente quiso cultivar durante 37 años de ejercer: impertinente y punzante con las fuentes; frío para el análisis y sintético hasta el exceso para presentar las noticias. Sociable sólo con sus colegas. –Los periodistas tenemos que presentarnos firmes, seguros, indoblegables– se aleccionó siempre, para parecer lo que creyó ser.

Con el tiempo esas actitudes conforman personalidades arrogantes y agrias, de esas que cualquier persona rechaza en los primeros contactos y en los segundos y con frecuencia todo el tiempo. –“Pinches periodistas son muy mamones”– escuchaba con frecuencia al alejarse de sus interlocutores; y no disimulaba una mueca de triunfo vanidoso. Incluso, se le estiraba el cuello involuntariamente cuando cercanos y lejanos le acusaban ser de “los duros”.

Los periodistas tienen que ser cabeza dura

Hacía poco tiempo que el reportero había leído una alegoría que pareció reforzarle el prototipo en el que suponía encajar:

“Hay tres tipos de escritores: novelistas, poetas y periodistas… Tomados uno por uno, es cierto que los periodistas tienden a ser cabezas duras, objetivos y poco imaginativos. … En su propia persona no hay nadie más práctico que un periodista. Exhibe la misma avidez por las noticias que un empresario mostrará por el dinero… Su inteligencia es sólida pero nada excepcional… son relativamente ignorantes acerca de la astucia de los fuertes y los estúpidos” (Norman Mailer /Un arte espectral)

Pero ahora el reportero sospechaba estar perdiendo salud mental porque interpretaba contener otra persona dentro de sí, una extraña que reía recurrentemente por causas sencillas, sin doble fondo y que eso era como un ser contrario, opuesto a su personalidad que presumía inflexible. Lo peor para su presumible contradicción, era que en esos momentos de alegría espontánea sentía un extraño remanso de tranquilidad, cuando debería estar dominado todo el tiempo por la angustia que produce la falta de perspectivas, o sea, cabizbajo y opaco, como siempre. Interpretaba que había en él una lucha de contrarios, pero seguía sin entender bien a bien porqué reía.

–Tiene que estar ocurriendo una metamorfosis en mí. La lógica común no está funcionando. Quizá esto ocurra a todos los periodistas viejos. Pero la mayoría de veteranos que conozco siguen siendo agrios aunque se comporten fingidamente amables. Quizá el fin de ciclo me lleva a dejar de ser periodista y mi subconsciente se está preparando. He oído que vender tamales o tortas o poner un café internet provocan menos preocupaciones–discurría para sí el reportero, y tales pensamientos le arrebataron otra risa. –Bueno, sería más sencillo ser escribano incógnito de políticos o bien saltar de las textos de análisis político a una columna de humorismo.

–¿Y qué tal si aprovecho que puedo sonreír sinceramente para escribir con humorismo en adelante? Así podría ofrecer mis textos a más medios y esa pueda ser una opción para el nuevo ciclo que necesito comenzar como periodista–. Pero en esto último se detuvo porque sabía, eso sí, que se necesita mucho más de cultura y también mucho más tiempo para escribir breve y con humor.

Para darse ánimos evocó un texto harto conocido de Manuel Buendía Tellezgirón, de hace más de 30 años: “Los tres males del periodismo mexicano son la impunidad, la solemnidad y la mediocridad”, decía el columnista mexicano más influyente de entonces.

–Hay que ponerle ética, humor y cultura al ejercicio del periodismo– se alentaba el reportero, mas de inmediato reaparecía su contrario, porque eso no se consigue en el súper.

–Soy muy malo para ese estilo. Mis textos son sintéticos, concisos, solemnes en general y más cuando lo que hago es cercano al ensayo académico. Todo esto es lo contrario de lo ameno. Padezco el mismo mal que cientos de colegas– Se desanimaba él solo, pero además tenía que desentrañar el misterio de la risa sincera que lo asaltaba a cada rato.

Terapia de choque

Y la disolución de la incógnita apareció en el momento y lugar menos buscados. Su Yo predominante se negaba a seguir las instrucciones precisas que le daban para envolver regalos. Él quería hacerlo pero a su manera y no quería acatar procedimientos ajenos. Refunfuñón, como siempre pataleó con palabras acusatorias de autoritarismo. Le respondieron en el mismo tono y le espetaron una verdad que lo sacudió y lo paralizó al mismo tiempo: “¡Eres un maldito orgulloso”¡ Se alejó ofendido, como hace Gerundio, el perro de la casa, cuando lo regañan. Al rato, un poco repuesto buscó en el diccionario de la Real Academia:

“Maldito.- Perverso, de mala intención y dañadas costumbres / Orgulloso.- Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. –Sí, es cierto. Así soy—se reconoció. Soltó una carcajada y caviló: –si me lo hubiera dicho otra gente y en otro sitio en vez de alejarme de la confrontación habría escalado el choque, pero ahora lo acepté por venir de quien viene–.

Entonces supo la causa de las risas intrusivas. Fin del misterio. No hay otra personalidad en él. Para deducirlo utilizó la ecuación de análisis de riesgo que había estado aplicando a otros colegas en los últimos cuatro años. Supo que su debilidad mayor en este fin de ciclo es no encontrar empleo fijo, por la edad y por el estilo personal arrogante, pero también confirmó que tiene muchas fortalezas y eso es lo que le produce sosiego y risas sinceras a pesar de todo lo que parece un injusto fin de ciclo profesional.

La fuerza que encontró son: sus capacidades reconocidas como reportero, un poco como escritor, un enorme número de personas que lo cobijan con amistad y la mayor de las fortalezas que toda persona debiera tener: un hogar, modesto, donde él y sus hijos respiran equidad, solidaridad, inteligencia, dignidad, proporcionadas por una mujer, esposa, madre, autónoma, que proviene de una familia dadora de vida.