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El negocio de la política

Carlos López Torres

C ada vez resulta más complicado para los institutos políticos contener y controlar las aspiraciones desbordadas de sus afiliados cuando se trata de la selección interna de candidatos a cargos de elección popular.

Sin embargo, no sólo son estos lapsos los que reflejan cada vez con mayor claridad la avidez por lograr el acceso a determinadas parcelas de poder, así sea temporal, sino que lo mismo ocurre en tratándose de las elecciones internas para la integración de los órganos de dirección partidista, considerados por los líderes como plataformas de lanzamiento a los diferentes puestos públicos.

No deja de tener razón el presidente de Industriales Potosinos, AC (IPAC), Carlos Mier Padrón, cuando afirma que es inaceptable que los funcionarios continúen usando la política como trampolín para hacerse millonarios.

En efecto, el quehacer político en nuestro descompuesto “sistema” político, ha devenido en un negocio como lo reconoce el mismo dirigente empresarial al señalar: “si la política no fuera un negocio, si diera una vida digna, si este fuera el caso, en lugar de millonarios, los funcionarios serían de otro tipo”.

Los hechos dan la razón a los millones de ciudadanos que, como el dirigente de IPAC, dicen estar hartos e inconformes con tales comportamientos cada vez más arraigados en la clase política, como lo hace patente el abismal ahondamiento de la brecha que separa a partidos y sociedad. No es por ello casual que ante la descomposición generalizada de las instituciones, el crecimiento del descrédito, y lo que más grave, la crisis de desconfianza como lo ha tenido que reconocer el virrey que funge como titular de la Secretaría Hacienda, Luis Videgaray, muchos de esos millones según lo demuestran las encuestas, no estarían ya dispuestos a ejercer su derecho al voto.

Y es que, ante la habitual actitud del nocivo “ni los veo ni los oigo” de los funcionarios de todos los partidos, la población que sostiene los excesos, los derroches y corruptelas de quienes han encontrado en el pragmatismo político una fuente de ingresos segura, sin arriesgar nada, sin que les pase nada cuando sus hechos se convierten en escándalos, no deja de pensar en lo inútil que resulta seguir apoyando algo que de antemano se ha transformado en un negocio.

No es que los partidos políticos no lo vean, como sostiene el empresario Mier Padrón. Se trata de un conjunto de hábitos de la vieja cultura política que, con el regreso del dinosaurio electrónico, adquiere rasgos caricaturescos de lo que fue en otro momento el autoritarismo del viejo partido de estado, arrastrando en su obsesión de repetir la historia, o lo que es lo mismo, mantener de lo perdido lo que aparezca, a los otrora partidos de la oposición, quienes han adquirido los peores vicios del “nuevo PRI”, para la ruina de los mexicanos que ya no ven la hora de que “se vayan todos”. La cuestión es: ¿seremos capaces de organizar mayoritariamente a la población y parar a los negociantes de la política?