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El origen del patriarcado: Una visión desde la arqueología. Parte 2

Chessil Dohvehnain

Entendiendo al patriarcado como un sistema de opresiones contra las mujeres que nos ha acompañado desde hace milenios, sobre su origen existe una propuesta particular desde la arqueología que gira en torno a la identidad, la afectividad y las características biológicas de nuestra especie. Cabe aclarar que es solo teoría. Por lo que te pido a ti, querida lectora o lector, recordar eso y tener la mente abierta ante las cosas que leerás a continuación. Puede ser un viaje extraño.

En esta ocasión nos concentraremos en las ideas de Almudena Hernando Gonzalo, una arqueóloga española de la Universidad Complutense de Madrid, que forma parte del Instituto de Investigaciones Feministas de la misma institución. Ha trabajado por años con grupos qeqchí guatemaltecos, cazadores awa del Amazonas, y con los pueblos gumiz y dat´s en Etiopía, además de haber sido profesora invitada en las universidades de Harvard, Chicago o Berkeley. Y en esta parte nos enfocaremos en el problema de la identidad.

El problema de la identidad

La individualidad y la ciencia (entre otras nociones y paradigmas) son el fundamento de nuestro mundo actual. Uno donde lo dividimos todo, desde el trabajo hasta las funciones o roles sociales. Un mundo donde nos separamos a nosotros mismos de la naturaleza y el mundo para poder transformarlo a nuestro antojo.

Pero de tales principios la individualidad, como rasgo distintivo de nuestra identidad, puede ser lo que define en gran medida la forma en la que somos personas en el presente. En otras palabras nuestra identidad, caracterizada por una noción de individualidad, nos permite establecer ciertas relaciones sociales y no otras, que son de una manera y no de otra.

Gracias a la arqueología o la antropología sabemos que a lo largo de la historia no siempre hemos sido como somos ahora. Sabemos que las sociedades humanas hemos cambiado con el tiempo, y que hemos tenido identidades, formas de ser persona y relaciones sociales distintas a lo largo del tiempo. Y esa diferencia cultural de identidad también implica maneras de sentir y de ver el mundo distintas.

Pensamiento antiguo e identidad

Ahora bien, las investigaciones sobre identidad para Almudena Hernando parecen sugerir la existencia de un principio común a todas las sociedades: cuando hay un grado de desarrollo tecnológico y socioeconómico con reducida diferenciación de posiciones sociales, los miembros de ese grupo social no se sienten muy diferentes entre sí. Un ejemplo serían las hipotéticas sociedades de cazadores-recolectores sin escritura de la antigüedad, donde la cultura material descubierta por la arqueología sugeriría lo siguiente:

En los casos más antiguos estaríamos viendo sociedades donde hay poca o nula diferencia en las actividades, el trabajo o las funciones sociales, por lo que no habría lugar para diferencias jerárquicas, de poder social o prestigio como las tenemos ahora. No habría posiciones económicas institucionalizadas que obedezcan a una inexistente acumulación de capital o de recursos en ese pasado remoto. Serían sociedades con un grado de desarrollo socioeconómico y tecnológico muy diferente al nuestro, pero no por ello menos complejo.

En estas sociedades la ausencia de escritura implica la ausencia de un sistema abstracto de representación de la realidad, y por tanto ausencia de una objetivación de la naturaleza como la que tenemos nosotros (y que nos permite “separarnos” de ella para manipularla). Estos grupos tendrían una relación diferente con la naturaleza, relacionándose con ella de una manera similar a la forma en que se relacionan con otros humanos. Sería una naturaleza con “personalidad”, o características atribuidas a los humanos. Y la conexión emocional de esos grupos humanos antiguos con esta naturaleza sería muy fuerte.

Pero además, como serían sociedades donde su identidad es auto referida¸ o sea que está definida a partir de las relaciones sociales que se tejen con la comunidad o el grupo y sus miembros (además de la naturaleza), en tal sociedad no existiría algo así como el “yo soy yo”. Una idea así sería en tales sociedades algo inimaginable.

Esta forma de identidad sería una identidad relacional. Una identidad en la que las emociones de las personas y su personalidad se definen a partir de las relaciones sociales que se tejen entre la comunidad y el humano, entre el humano y otros humanos, entre el humano y la naturaleza, o entre el humano y las cosas.

Identidad relacional vs identidad individual

Esta identidad relacional, característica de sociedades orales actuales cazadoras-recolectoras o agrícolas (y presumiblemente característica también de las sociedades cazadoras-recolectoras y agrícolas de la Prehistoria), se enriquecería de las relaciones sociales que puedan tejer elementos de la naturaleza entre ellos mismos (relaciones sociales de animales con otros animales), o de relaciones sociales tejidas entre objetos y otros objetos. Hablamos de una manera de ver el mundo en donde el humano se concibió como parte de la naturaleza, y donde la naturaleza (o la materia misma) es sintiente y consciente de sí misma.

A que ya te suena familiar esta forma de pensar, ¿no? Porque no solo es la manera de ver el mundo de muchos pueblos indígenas u originarios hoy día, sino que suponemos también era la forma de ver el mundo de nuestros antepasados más lejanos en el tiempo. Sociedades en las que la relación entre ellos era tan importante que incluso era la base para la transmisión de conocimientos por medio de la comunicación oral.

Para esas sociedades los referentes más importantes de la realidad, el tiempo y el espacio, también fueron concebidos de manera muy diferente a la nuestra. El ordenamiento del espacio y la concepción del tiempo, cualquiera que haya sido, se basó en los elementos mismos de la naturaleza para funcionar. Para definir el espacio se usaban referentes fijos de la naturaleza como árboles, rocas o montañas, mientras que para el tiempo se usaban elementos de movimiento recurrente, como los astros. Elementos todos que formaron parte de la experiencia de vida de esos grupos antiguos y de su realidad.

Pero al haber ordenado nuestros ancestros la realidad a partir de elementos propios de esa realidad, que ellos vivieron de forma personal a través del movimiento a lo largo de su territorio, la consecuencia es que no se pudo (y no se podría) considerar como parte de esa realidad ordenada, aquello de la realidad que no se conozca de manera personal.

Ahora querida lectora o lector, imagina un ancestro nuestro viviendo hace 200 mil años, en una Europa terriblemente distinta a la que hoy conocemos. Alguien viviendo en una sociedad sin escritura como la definí líneas arriba, y que ordenaba su realidad o su mundo a partir no solo de las relaciones que tejían entre ellos y con la naturaleza. Sino que la definían también a partir de su experiencia de vida a lo largo de años (o siglos) de movimiento recurrente en un territorio específico. Como podrás ver, para ellos su universo se concebía también delimitado por su movilidad espacial.

A diferencia de este esbozo, una identidad individual como la nuestra es algo muy diferente. Nuestra individualidad apareció en contextos históricos definidos por la existencia de una gran diferenciación de puestos y funciones sociales, o por el surgir de jerarquías y desigualdades institucionalizadas, así como por una alta especialización del trabajo.

Los individuos no solo nos caracterizamos por definirnos como seres humanos con una esencia auto contenida en el cuerpo que a veces llamamos mente, alma o espíritu dependiendo de cada quien, separándonos del resto del mundo y la naturaleza. Además somos proclives al uso de sistemas abstractos de representación de la realidad; sistemas de signos que superponemos a la naturaleza para definirla, clasificarla y transformarla.

La escritura, como uno de esos sistemas abstractos que nos permite objetivar el mundo, va de la mano con una desconexión emocional con la naturaleza, que también caracteriza nuestra identidad individual. Además de esto nuestra movilidad es diferente. Ante un sistema abstracto que imponemos en la naturaleza, la concepción del tiempo y del espacio cambia al no basar más de manera determinante nuestro ordenamiento de la realidad en elementos propios de la naturaleza. Con lo cual cambia nuestra manera de ordenar el universo, y con ello nuestra movilidad sobre la faz de la tierra.

De hecho, el capitalismo o la democracia solo han sido concebibles en trayectorias históricas creadas por grupos humanos con esta clase de identidad individual. ¿O se te olvida que mencioné a esas sociedades de cazadores-recolectores y agricultores sin escritura que hoy aún existen? Sin embargo, según Almudena Hernando, a lo largo de la historia y por alguna razón los hombres nos individualizamos mientras que las mujeres han mantenido una identidad relacional, la cual coloca el núcleo de su ser en el “ser madres de sus hijos, hermanas de, hijas de, esposas o parejas de”, etcétera.

Un origen aún más complejo

Como mencioné líneas arriba, para Almudena Hernando los estudios sobre identidad parecen reflejar lo siguiente: a escaso grado de complejidad tecnológica y socioeconómica, hombres y mujeres mantienen una identidad relacional revestida con rasgos de lo que para algunos teóricos es llamado hoy como identidad de género femenina. Cuando la complejidad tecnológica y socioeconómica aumentó, los hombres individualizamos la identidad en un proceso irreversible caracterizado por una desconexión emocional de nosotros con el mundo, mientras las mujeres la mantuvieron al menos hasta la llegada de la Modernidad.

Se ha dicho por mucho tiempo que la función maternal fue la causa principal de esa divergencia de identidades entre mujeres y hombres a lo largo de la historia, argumentando que la maternidad genera en las mujeres un sentido más fuerte del vínculo y de la identidad (algo que algunas amigas cercanas que son madres jóvenes me han contado como cierto). Pero para la arqueóloga Almudena Hernando pudo pasar otra cosa:

Tomando como justificación el cuidado de la descendencia humana (algo que quizá fue consensuado como veremos en la tercera parte), el desplazamiento de las mujeres en el espacio se redujo, reforzándose en ellas la identidad relacional. Mientras que nosotros los hombres, al entrar en un proceso de individualización y desconexión emocional con la naturaleza, nos movilizamos aún más en el espacio desarrollando sistemas abstractos de representación del mundo (no necesariamente sin las mujeres). Y en las mujeres nos quedaba el último soporte emocional y vínculo último con una identidad que ya no poseíamos, pero que seguíamos necesitando.

Sin embargo, este proceso antiguo pudo ser aún más complejo de lo que parece, donde habremos de cuestionar si existe un vínculo biológico entre la maternidad y la identidad relacional. Pero eso lo veremos la próxima semana.