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El país donde a duras penas existimos

Ignacio Betancourt

México es el país con “las mayores desigualdades en el ingreso que perciben las familias” según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). También es el lugar en donde se registra la más alta tasa de homicidios (18 por cada 100 mil personas) y en donde la mayoría de su población considera que la corrupción “es generalizada en todo el gobierno”. Es decir, desde los presidentes municipales, pasando por gobernadores, diputados estatales y federales y fauna adyacente, por supuesto sin faltar el mismísimo presidente de la República quien afirma con espectacular desfachatez que la corrupción es parte de la cultura de los mexicanos, por lo tanto el grupo de funcionarios criminales y ladrones sólo intentan ponerse a la altura de la población. Así es que si se sirven con la cuchara grande en raterías y crímenes sin límite a costillas de la mexicanada cultural y genéticamente corrupta, sólo están tratando de comportarse a la altura de quienes dicen representar y servir, y por si algo faltara, según encuestas de la misma OCDE los mexicanos se cuentan entre los ciudadanos que más satisfechos y felices declaran estar en su vida cotidiana, casi al mismo nivel de suecos o australianos. ¿Será?

Aquí deberíamos preguntarnos si tal ciudadanía es masoquista y le gusta que la chinguen simplemente para sentirse tomada en cuenta. Otra razón podría ser que quienes sostienen tan inverosímiles estadísticas sean grandes mitómanos en abierta complicidad con los gobiernos de todos los niveles. Urge indagar por dónde va lo cierto, sin olvidar nunca que la impunidad nacional no tiene límite desde hace incontables años por lo cual resulta una brillante tradición, incluidas por supuesto las alucinantes encuestas justificadoras de las peores atrocidades. Jodidos pero contentos para seguir votando por el PRI y el PAN, que es lo que la naturaleza ciudadana de México requiere para su realización. Aunque sólo sea para resultar aplastados, es conveniente por lo menos sabernos humillados, peor sería que ni para estropearnos fuéramos tomados en cuenta.

En México el 20 por ciento de quienes se encuentran en lo alto de la pirámide (azteca) gana 10 veces más que el 80% ubicado en la base de la misma prehispánica pirámide, lo cual vuelve a nuestro folklórico país el de mayor desigualdad del continente. Además, la expectativa de sobrevivir es cinco veces menor al resto de los países latinoamericanos, una  población que declara sentirse insegura para caminar por la noche cerca de su casa. Es decir, jodidos pero satisfechos de existir como sea, peor resultaría estar insatisfechos y malhumorados. Y mejor olvidemos que las mujeres mexicanas están en mayor desventaja que el promedio de las mujeres de todos los otros países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Ya para no seguir citando las explosivas características del país donde a duras penas existimos, omitamos que los jóvenes mexicas están en desventaja frente a otras generaciones en términos de ingresos, empleos y ganancias. Qué importa el bajo nivel educativo (64%) y los lamentables puntajes en las habilidades cognitivas. Entre más jodida esté la población mejor habrá de irles a nuestros prósperos políticos. Sea por Dios y venga más como decía mi abuelita, que en paz descanse.