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El PRI que nos gobernó, el PRI que nos gobierna (I): Enero de 1955

Óscar G. Chávez

A Jaime Nava Noriega, por el éxito en su tesis;  una
muestra de la abundante tela de la que habrá de cortar.

 

L a caricatura  más que obvia, los tres reyes magos asomados por la ventana al interior de una casa; dentro de ella el pino navideño y bajo su fronda los característicos zapatos. Un par de chiquillos en pantalones cortos y camisas de holanes corren a revisar sus interiores vacíos; sobre ellos, sendos letreros con la leyenda ¡No! Bajo ésta aparece a manera de moraleja la frase No por mucho madrugar.

No era necesario ser un gran conocedor para identificar los rostros impuestos a dos de los reyes magos; el tercero, sin él, se encuentra marcado con un signo de interrogación. Las caras de los dos niños tampoco permanecen en el anonimato para quien los viera. Bastaba ser mexicano y entender –sin llegar a ser conocedor– los aconteceres que discurrían en aquel enero de 1955; año de la sucesión gubernamental en San Luis Potosí, el último del sexenio de Ismael Sala Penieres. Vientos de cambio también se vislumbraban en la presidencia de la República; se buscaba rostro al tapado del 57.

Es la representación precisa del panorama político que atravesaban el estado de San Luis Potosí y la República Mexicana. Dan rostro a dos de los reyes de oriente, el ministro de Salubridad, Ignacio Morones Prieto, y el presidente de la República, Adolfo Ruiz Cortines; el tercero, sin otra faz que la de la interrogante, alude directamente al rostro del sucesor en la presidencia. Los pequeños que llenos de regocijo corren tras sus regalos, llevan por identificación las fisonomías de Gonzalo N. Santos, y del ministro de Agricultura, Gilberto Flores Muñoz.

Es la negativa a la imposición de uno de los personajes más siniestros de la política mexicana, es la proyección de la imagen del presidente como supremo elector. La decisión y la selección eran de él, de nadie más. Era el inicio de la caída del cacicazgo del señor de Gargaleote, rector absoluto de la política en el solar potosino.

La tradicional rosca de Reyes, que aún no se veía amenazada en aquellos años, debió estar presente en la mayoría de los hogares, en la mayoría de los establecimientos laborales. Sin embargo no todos la recibieron con el mismo entusiasmo;  seguramente estuvo ausente en la redacción del periódico El Heraldo de San Luis. Quizá hasta el chocolate con que se acompañaba fue frío y amargo, como los días que se vislumbraban sobre su planta de trabajadores y sus directivos.

Desde los primeros días de enero de 1955, una serie de publicaciones en contra de la figura central de la vida potosina habían sido publicadas en las páginas del periódico. Las notas sociales de los últimos días de 1954, aparecidas en esos días, iban acompañadas de noticias y artículos de descrédito contra Santos. Así, en el mismo número –4619, del día tres del año– que se hablaba de la boda de Martha Perogordo y Manuel Zapata, apareció ¿Cuál Democracia?, artículo de Rosario Sansores.

En él mencionaba: México tiene, además de su partido oficial que impone candidatos  y maneja los hilos de la política como si fuera títeres, un yugo muchísimo peor: el de sus caciques.

Dueños y señores de los Estados que tienen la desgracia de soportarlos, no permiten que nadie pretenda, siquiera, romper las cadenas que obligan a soportarlos. Los caciques imponen igualmente a sus gobernadores que son hechura suya a los que entregan las riendas del poder con la condición de que se sometan a su capricho y obedezcan fielmente a sus órdenes […] Así, en San Luis Potosí se repite el lamentable ejemplo de la perpetuación del poder a través de un solo hombre que durante muchos años ha sido el eje a cuyo alrededor giran las cosas. Él manda, él impone y él castiga a los que juzga sus enemigos.

Gonzalo N. Santos es indudablemente un político muy hábil. Ha sabido mantenerse en la altura donde le colocó su talento. Nadie osó derribarle porque quienes lo intentaron pagaron caro su afán de libertad. El pueblo que vive adormecido. Nadie se atreve a levantar la voz. Sienten el temor de las represalias. […] Los cacicazgos deben desaparecer como una nefasta herencia que está mermando nuestras energías y socavando nuestra fe.

El día cuatro apareció como encabezado en tinta roja –llamativa a más no poder, si consideramos que el periódico se imprimía sólo en negro– una sentencia del general Manuel Lárraga, que resumía una carta publicada ese día: Basta ya de Burlas a la Soberanía de los Potosinos.

En el documento fechado el primero de enero, en Tampico, y dirigida a Francisco Juaristi, director del diario, hacía alusión a lo que llamó cónclave de Gargaleote, donde a decir del ex revolucionario, se venían a reafirmar las más descaradas imposiciones que detentan las aspiraciones cívicas de un pueblo que tiene sed de hambre y de justicia. Hace más de catorce años que el sufrido pueblo potosino ha venido soportando la dictadura más cruel y sanguinaria bajo la férula del cacicazgo más desvergonzado e impúdico que en parte alguna de la tierra haya existido, sin que haya poder humano que detenga tanta ignominia.

Concluía, por el hecho de ser potosino me obligan las circunstancias para protestar enérgicamente, pero con todo respeto para la opinión pública, contra las maniobras que se empiezan a desarrollar para llevar a cabo, una vez más, la imposición del gobernador que regirá los destinos de mi Estado, indudablemente si se permite esta ignominia de dejar bajo el mando y la dirección del jefe de la oligarquía que tiene como asiento EL GARGALEOTE.

La aseveración preocupante de Lárraga –uno de los militares a cargo de la defensa del Ébano en 1915 y rival histórico de Santos– resultó cierta; no había mucho parque del cual disponer. El candidato fue impuesto por el os, el ex gobernante huasteco.

Bajo el título Un cacicazgo anacrónico, Rubén Salazar Mallén publicó el 5 de enero, un texto en el que resumía: Pensar en San Luis Potosí es pensar en Gonzalo N. Santos, el viejo e inescrupuloso político sobre el cual pesan infinidad de crímenes. Es de sobra conocido el personaje para que sea menester describirlo. México ha seguido con horror y asco sus pasos, y mira tristemente cómo se ha adueñado de un Estado sin que nadie se lo impida. […] ¿Cuánto durará ese estado de cosas?¿hasta cuándo se comprenderá que esa llaga en el cuerpo de la patria puede afectar a la patria entera? No se sabe. Los días pasan y pasan y las cosas siguen lo mismo: el anacrónico cacicazgo perdura.

El día 6, el de los Reyes, en el que fue publicada la caricatura mencionada al inicio; aparecieron también las declaraciones de Salomón H. Rangel, mediante las cuales arengaba el despertar del civismo potosino, afirmando no temer a los “tres yerros” santistas.

En ese mismo número un nuevo artículo, La batalla de Ébano, esta vez del periodista  Carlos Loret de Mola, donde hacía mofa de la única batalla ganada por Santos. No se refería a la histórica de la revolución, sino al impune actuar del cacique cuando ordenó el encarcelamiento de los choferes del Ébano, que protestaban por el alza de combustibles automotrices. Represión realizada por uno de los pilares del aparato oficial, que en él delegaba parte de su labor de terror. Crimen de estado.

La piedra estaba lanzada a la frente del Goliat, sin embargo no fue de muerte ni generó mayor daño en su persona. Parte del prestigio del preboste, radicaba en la leyenda negra que él mismo se encargaba de incrementar.  El terrorismo psicológico que ha sido de  mucha utilidad al aparato oficial en lo subsecuente; en él radicaba parte de su poder, en él radica parte del poder del estado.

La caricatura fue la gota que colmó la taza, la humeante espuma del espeso y caliente líquido se desparramó sobre el papel que le daba asiento –como protector de la superficie donde descansaba-; la ígnea ira del cacique no soportó más y arremetió contra el medio impreso de comunicación. El primero de la era moderna en San Luis Potosí.

El día siete renunció toda la planta laboral del diario, incluido Juaristi; en la edición del día siguiente aparece ya como director Carlos Loret de Mola Medíz –abuelo de su homónimo actual; éste pusilánime, pero bien apuntalado conductor de noticieros–. Durante los primeros días de su dirección los ataques contra Santos continuaron; lo mismo aparecieron desplegados pagados por la oposición, que caricaturas o crudas descripciones de lo que llamaron la justicia santista, donde apareció una foto del tenebroso Mano negra, fiel testaferro y disciplinado asesino; ejecutor del sanguinario patriarca.

A partir del día 11, el periódico daba a conocer las represalias orquestadas por Santos contra él. Vino luego la supresión de publicidad que –según el diario–, era lograda a base de amenazas vertidas por los emisarios santistas, contra los contratantes. Comenzaron a leerse en los espacios destinados a publicidad, ahora en blanco, leyendas que describían la situación: Anuncio suspendido por amenazas del déspota potosino; Los esbirros también amenazaron para que retiraran este anuncio; Otra demostración de la libertad de prensa que consagra nuestra ley; Propaganda cancelada por orden del tirano; Anuncio retirado por órdenes del brutal sátrapa; Publicación retirada bajo amenazas del cacique Gonzalo N. Santos; Otro anuncio quitado por consigna santista. Hábiles artificios de escarmiento puestos en práctica por un maestro de la represión.  

Las formas de hacer política y ejecutarla evolucionan de manera acorde a los tiempos sobre los que discurren; en la actualidad nuestro país ha transitado por dos periodos de alternancia presidencial. Sin embargo el mismo PRI de siempre ha regresado a ocupar la presidencia, el sitio que al parecer cree que le corresponde por derecho divino.

No obstante los artífices de su maquinaria oficial, su aparato gubernamental, parecieran no percatarse de que las formas de respuesta de los ciudadanos han evolucionado; se enfrenta ahora a una población cada vez más consciente de su papel cívico cara al poder. Las condiciones sociales y espaciales no son las mismas de hace sesenta años; pareciera sin embargo –por ironía–, que los doce años que el partido permaneció fuera de la investidura presidencial y que no ejerció como el oficial, no le permitieron percatarse de las condiciones que en materia de respuesta ciudadana ahora enfrenta. Pareciera querer aferrarse a los viejos métodos.

1955, último año de Ismael Salas Penieres en la gubernatura de San Luis Potosí; 2015, último año de la gubernatura de Fernando Toranzo; ambos años de Hidalgo en gobernadores peleles. Inicia la carrera sucesoria, ¿continuaremos con el mismo PRI de siempre?

#RescatemosPuebla151