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El PRI que nos gobernó, el PRI que nos gobierna (III): Jonguitud, cacique magisterial

Óscar G. Chávez

A Alfonso Paredes, quien luego de leer estas líneas encontrará
que no hay ninguna diferencia. Lo mismo aquí y allá.

N unca antes –ni quizá después– la ciudad de San Luis Potosí fue testigo de tal cantidad de bajezas e inmoralidades prodigadas a la ciudadanía por parte de su gobernante. Años aciagos fueron aquellos comprendidos entre 1979 y 1985; años del empoderamiento del cacique magisterial Carlos Jonguitud Barrios. Aquellos que vivimos y recordamos esos años pensaríamos –ya con las aguas en reposo– que nada se envidiaba a las escenas vividas en Chile durante la dictadura pinochetista. Aquellos que desde las trincheras de la razón y de la democracia participaron y enfrentaron activamente los sucesos ocurridos, desde la óptica conciencia histórica considerarán que nada nos hubiera distinguido de cualquier dictadura caribeña o africana. Nada, la sumisión iba incluida.

Jonguitud había llegado a la gubernatura del estado. Su empoderamiento político derivaba de la fuerza motriz que lo respaldaba: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Señalan sus biógrafos –y es versión aceptada– que nació el 4 de noviembre de 1924 en Coxcatlán, en las entrañas de la huasteca potosina; hijo de Atanasio Jonguitud Álvarez y Modesta Barrios. Campesinos de escasos alcances.

Un detractor, Eduardo Muñuzuri, aseguró que su segundo apellido en realidad era Lucero, de los Lucero de Tanlajax [sic]; testimonio generoso en datos. Luego de estudiar en la Normal Rural de Ozuluama, Veracruz, se trasladó a la Ciudad de México y vivió –gracias al hospedaje de Manuel Chimal Díaz, miembro del Sindicato de Tranviarios– en una vecindad por el rumbo de Tacubaya. Por aquellos años estudiaba la carrera de abogacía en la UNAM y militaba como convencido miembro del Partido Comunista Mexicano; rápida deserción.

En las elecciones federales de 1967, logra obtener una diputación suplente por el distrito de Iztapalapa; disciplinado desde entonces al sistema, fue cómplice del silencio guardado luego de los sucesos del dos de octubre de 1968.

Esa disciplina le permitió llegar a secretario particular de Manuel Sánchez Vite, quien presidía en aquellos años el sindicato magisterial. Arropado con ese manto protector su carrera sindical y política, avanzó rápidamente: presidente de la Comisión de Vigilancia del SNTE; con el protector como gobernador de Puebla, corre allá a fungir como secretario de Organización del PRI; tras la renuncia de Sánchez Vite al partido, Jonguitud logra hallar acomodo como secretario general de la Sección IX del SNTE.

En 1972, Jonguitud –como presidente de la Comisión de Vigilancia del SNTE– avala y coordina la destitución de Carlos Olmos Sánchez, secretario general. El 22 de septiembre, al mando de un comando armado con ametralladoras tomaron posesión de la sede sindical; vino luego la imposición de Eloy Benavides como interino. Finalmente llegó a la secretaría general en 1974. Aval total del echeverrismo.

Sus viejos rumbos de Tacubaya y la Colonia Magisterial, a las orillas del río Churubusco quedaron atrás; en el Pedregal de San Ángel –Lava número 242– halló su residencia final. Ascendió al Senado en 1976, pero pronto renunciaría a la curul para ocupar la Dirección General del ISSSTE; ya en ese cargo centró sus obsesiones en la gubernatura de San Luis Potosí. Tomó posesión el 26 de septiembre de 1979; iniciaban seis años de vejaciones al pueblo potosino.

La llegada de Jonguitud a la gubernatura posibilitó también la de una cauda de negros personajes de vomitivo historial. No sólo sus cercanos colaboradores magisteriales se enquistaron; sumó a sus funcionarios políticos acuñados por las prensas más perversas del nefasto régimen. Cospeles de podredumbre y corrupción, a los que no dudó en agregar la joya familiar de su corona: Eibar Rogelio Castilla Sosa, flamante tesorero general del estado.

Ya con los dineros públicos a su entero alcance y total disposición, el yerno se ocupó de saquear a ciencia y conciencia cuanto halló a su alcance. Ningún recurso por controlado que estuviera escapó de su voracidad y pillaje; tenía el nihil obstat del pontífice del estado.

Negocios de todo tipo logró el primer yerno en su beneficio. No en vano fue conocido en aquellos tiempos como Ivar, en alusión clara al porcentaje exigido a todos aquellos proveedores del estado.

Fueron también del dominio público las compras realizadas a particulares, para luego vender al gobierno los bienes adquiridos; podemos citar entre ellos el caso del antiguo hotel España y el monumental epítome a la corrupción: la casa de gobernadores, para la que adquirió el terreno y la construyó en totalidad con dineros del estado; poco antes de concluir el sexenio fue vendida al estado.

Mientras las tropelías del yerno iban en incremento, el gobernador también imprimía su sello personal en los derroteros políticos y sociales: abusos policiales sobre los sectores populares; impresionantes despliegues de seguridad para el paso de él y su séquito; costosos banquetes en los que hacía gala de su conducta crapulosa y decadente. Imágenes que se niegan a ausentarse del imaginario colectivo, cuando se habla de un gobernador en helicóptero llevando ramos de rosas a su amante en turno.

Habrá quienes digan, en oposición al historial expuesto, que fue un buen gobernante, que dejó un innegable legado a la sociedad potosina con un excelente espacio de recreación, el parque Tangamanga; gran pulmón de oxígeno en el sur oeste de la ciudad. Que dejó también un aeropuerto internacional, y que dotó de una impresionante vialidad vehicular al pavimentar el cauce del río Santiago. Nada de lo anterior se puede negar, sin embargo la invitación a revisar las cuentas públicas de aquellos años, y las posteriores demandas interpuestas contra su tesorero, está lanzada.

Seguramente todavía pueden ser consultadas las auditorías realizadas por Eduardo Zúñiga Sánchez, contralor del siguiente gobernador; quien además presentó denuncias contra Eibar Castilla y Jorge Ramírez Cruz, tesorero y secretario de Finanzas respectivamente. 336 millones 820,970 pesos de fraudulentos manejos.

La conclusión del régimen de ignominia no lo fue del poder del líder sindical. A la usanza de otro cacique –también de origen huasteco pero de formas refinadas en el arte totalitario de la imposición política–, pretendió imponer a su sucesor en la persona del profesor Helios Barragán, líder del PRI estatal durante su sexenio. Imposición que no fructificó y por presiones del centro, se obligó al disciplinado Barragán, a trasladarse a Yucatán como delegado de su partido.

Vendrían todavía lamentables sucesos de violencia contra la sociedad potosina que pusieron en jaque a la administración gubernamental siguiente y que generaron la renuncia del gobernador. La mano del cacique magisterial.

Defenestrado por el régimen salinista el 23 de abril de 1989, pasó a ser un cadáver político en podredumbre permanente; tres años han transcurrido desde de su muerte y pareciera que su influencia está aniquilada. No obstante en 2013, la actual Legislatura en un acto de total autodesacreditación en el que pusieron de manifiesto su naturaleza reptante y su total falta de conciencia cívica e histórica, decidieron llevar el nombre del sátrapa al Muro de Honor del Congreso. Personajes de este raciocinio serían los idóneos para proponer los nombres de Díaz-Ordaz y Echeverría en un memorial de Tlatelolco.

Su presencia no sólo está presente en ese muro –hoy de ignominia–; su antiguo secretario particular Joel Ramírez, se constituye como uno de los grandes electores de la sucesión gubernamental al ser el presidente del PRI estatal. Seguro al analizar a sus candidatos, recordará su boda –en la hacienda de Santo Domingo–, en la que Jonguitud fue invitado de honor, y al que se recibió con bombo y platillos en los límites con Guanajuato.

Qué pasará por la mente de la otrora dirigente de la FSTSE, Yolanda Eugenia González Hernández, al aspirar a la gubernatura del estado como posible candidata de unidad. ¿Vendrán a su memoria los días en que sirvió de amenazante emisaria entre Jonguitud y su sucesor? ¿Recordará su papel como represora de mujeres potosinas tras la fallida entronización de Fausto Zapata?

Hoy, el nieto del profesor y actual diputado local, Jaén Castilla Jonguitud –hijo por cierto de quien llenó sus bolsillos con los caudales públicos tras el desvergonzado e impune saqueo–, hace públicas sus aspiraciones a la presidencia municipal de la capital. Es más que evidente que no hay quienes lo objeten porque los potosinos padecemos el síndrome de Estocolmo, bien sabemos agradecer a quienes nos han pisoteado y degradando nuestras garantías cívicas. Silencio y olvido; de otra manera no es posible explicar su llegada a una diputación de un espacio del que se halló desvinculado toda su vida y al que sólo pertenece por acta de nacimiento.

Un dirigente local del PRI sentenció alguien con acierto en los primeros días de 1986, con motivo de su renuncia al cargo: En el PRI, valores como la disciplina o la lealtad se entienden de manera lacaya, servil. Ser disciplinado o leal es aguantar hasta el exceso lo que el superior quiere hacer con uno. Y una de las claves del sistema es enlodarnos la cara para que después no la tengamos limpia. En San Luis sabemos bien de eso, hoy seguimos soportando los movimientos de sus manos corruptas y sanguinolentas; encumbramos a sus servidores y familiares. Padecemos el síndrome de Estocolmo.

#RescatemosPuebla151