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Julio Hernández López

Fue un ejercicio de diplomacia de ambas partes. Andrés Manuel López Obrador no se quedó sin decir lo que le era necesario, pero no aceró el verbo ni se excedió en ese encuentro, de evidente asimetría política, entre el crecido presidente electo y un Enrique Peña Nieto cada vez más disminuido. El mexiquense, por su parte, aguantó vara, defendió sus políticas y reformas pero sin vehemencia ni ánimo litigioso, aceptador ya de los nuevos tiempos, que no son de él.

Contraste gráfico sin atenuantes: de un lado, el gabinete de Peña Nieto, caracterizada la actual administración como una de las más corruptas e ineficaces (de ahí la aplastante votación contra el PRI, el pasado uno de julio), con personajes absolutamente impresentables, como el secretario de comunicaciones y transportes (Gerardo Ruiz Esparza) o el encargado de la Procuraduría General de la República (Alberto Elías Beltrán), por citar solo dos botones de muestra. A un lado, el gabinete que entrará en funciones el primer día de diciembre próximo, pero que ya está inmerso en un proceso de transferencia de poderes que parece sumamente terso, acaramelado en ocasiones.

Fue elogioso Peña Nieto, desde luego. Habló de la condición “inédita” del encuentro de gabinetes y mencionó aspectos positivos del presidente electo. Este, a su vez, emitió un innecesario y muy discutible certificado de autenticidad democrática al operador que desde Los Pinos contuvo y desbarrancó a José Antonio Meade Kuribreña, su presunto candidato a la sucesión, y frenó con toda la fuerza del aparato judicial al panista Ricardo Anaya cuando parecía amenazar al permanente puntero de las encuestas de opinión. Dijo López Obrador: No solo hemos recibido de Enrique Peña Nieto esta atención a partir de que triunfó nuestro movimiento; dio muestra de imparcialidad, no se involucró en el proceso electoral; “por eso, nuestro respeto al presidente Peña Nieto”.

Dado que la profesora Elba Esther Gordillo había fijado su postura horas antes de la conferencia conjunta de Peña y López Obrador, las preguntas de algunos de los reporteros seleccionados para participar se refirieron a la reforma educativa y a la propia exdirigente sindical que pretende estar políticamente de regreso. El creador de Morena tuvo uno de sus momentos más directos, en ese duelo de diplomacia que había sostenido, al precisar ante Peña Nieto la inminente cancelación de la reforma antes mencionada.

Gordillo había hablado de la persecusión política en su contra en lo que va del sexenio y del derrumbe de la reforma educativa y, en ese contexto, vertebró su discurso para acusar a su sustituto en el mando sindical, Juan Díaz de la Torre (sin mencionarlo por su nombre), de no haber defendido adecuadamente a los profesores y sus intereses. El discurso de Elba Esther, con pasajes emotivos, sin aceptar preguntas de reporteros al final, fue un virtual banderazo de salida en busca del reposicionamiento de Gordillo y su grupo político.

En un giro interpretativo muy peculiar, la profesora Gordillo pretende equiparar la suerte judicial que le ha sido positiva, al grado de que han sido declarados improcedentes los procesos penales en su contra, con una especie de exoneración general de su historia política y, específicamente, sindical. Los nuevos tiempos que ofrece el obradorismo no pueden ser interpretados como una desmemoriada ocasión para tratar de rehabilitar formas de conducción sindical que formaron parte del viejo sistema político hasta que se produjeron rupturas circunstanciales como la sucedida entre Peña y Gordillo.

Y, sin embargo, la fuerza gremial de Gordillo está en proceso de restauración. Apoyó a López Obrador en tareas electorales, sin un pacto político específico e incluso a contrapelo de las estructuras formales de Morena. Y ahora tratará de desbancar a Díaz de la Torre, hechura descuadrada del peñismo, y ofrecer viabilidad operativa (con un propio al frente del SNTE) al proceso de desmontaje de la tal “reforma educativa”.

No necesitará la profesora Gordillo un cargo en el gobierno obradorista para la reivindicación que busca (a fin de cuentas, su suerte puede definirse por circunstancias menos complejas: por ejemplo, un testamento materno de una descomunal riqueza creada desde el ejercicio didáctico en Chiapas, que le habría sido heredada a Elba Esther, que así “explica” formalmente su fortuna actual). Ayer mismo el presidente electo cerró la puerta a esa posibilidad.

Pero, al mismo tiempo, el ahora diputado federal electo, Mario Delgado, ha dicho que la multimencionada mentora podrá participar en los foros sobre reforma educativa que Esteban Moctezuma está organizando. Recuérdese que las tres “debilidades políticas” que ha reconocido Gordillo son Jorge Castañeda, Marcelo Ebrard (jefe político de Mario Delgado) y el propio Moctezuma Barragán, quien pretende llevar las oficinas “descentralizadas” de la SEP a otro territorio afín al gordillismo, a Puebla, gobernada por Rafael Moreno Valle, político cercano a Elba Esther, a través de su esposa.

Astillas: También vuelve a escena Josefina Vázquez Mota. Según se difundió en su oportunidad, la panista canjeó por un asiento en el Senado, lo que ya se ha cumplido, su participación como candidata a gobernar el Estado de México (predestinada a la derrota, pero divisoria del voto opositor y, por tanto, favorecedora del priista Alfredo del Mazo). Ahora busca ser la coordinadora de la bancada de blanco y azul en esa cámara… El único problema para Vázquez Mota es que Damián Zepeda, aún presidente del comité nacional panista, busca la misma coordinación senatorial… Ya fue entregado el dictamen del equipo obradorista a los ingenieros colegiados que revisarán sus términos en un plazo de quince días… Y, mientras en el PRI sigue la división interna entre los poquitos que de alguna manera conservan alguna posición de poder, ¡hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.