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El rojo desgarrado

Ignacio Betancourt

Hubo en la historia contemporánea del país un presidente tan nefasto que en la ceremonia nacional del Día de la Bandera, el glorioso lábaro patrio se desgarró por efecto del viento, el viento que indignado por tanta demagogia sopló con rabia ciudadana y sobre el rojo de la tricolor bandera rasgó la representación; el digno viento se negó a soportar la verborrea del más corrupto y mostró su invisible desacuerdo. Tan simbólica protesta le ocurrió a Enrique Peña Nieto el pasado 24 de febrero, Día de la Bandera, en el Campo Marte. Podemos imaginar a una docena de militares intentando inútilmente apaciguar al indignado lábaro siendo sacudidos por la tricolor enseña. ¿Qué nos quiso decir el azar? El rojo desgarrado ¿aludirá a la sangre? ¿de quién?

En tan admonitorio evento el atosigado presidente de la república aún insistió: Hoy, nuevamente está a prueba nuestra nación; hoy está a prueba el compromiso de cada mexicano con su patria. Son tiempos que llaman a la unidad entre todos los mexicanos. Por supuesto el exhorto en ningún momento implicó a los funcionarios gubernamentales, tan ajenos a la patria que sería ridículo imaginarlos comprometidos con el llamado. Igualmente resulta inútil convocar a la unidad con todos cuando alguien que jamás se ha ocupado de los otros en ninguna de las decisiones con que cotidianamente los agrede dice: “Esta es la hora de la unidad por México y para México”. Tamaña desvergüenza agrede a millones de mexicanos y hasta rasga la Bandera nacional.

Es inútil no reconocer el golpe mortal que el nuevo gobierno estadunidense asestó al servil gobierno mexicano. Si en algún momento se puede ilustrar aquello de quedarse colgado de la brocha sería en tal circunstancia; los eternos empleados del Tío Sam hoy han sido echados de lado. Tal entreguismo llegó a su fin ¿a quién habrán de servir ahora? Ridículo sería imaginar que finalmente servirán al pueblo mexicano. Han quedado sin amo, pero siguen siendo esclavos que depredan, así han sido formados por generaciones. ¿Qué harán en tamaña orfandad? El paso de las décadas (años de corrupción y complicidades con los patrones yanquis) los han vueltos caricaturas de sí mismos, hoy que son despreciados por sus antiguos amos lucen más vulnerables que nunca, hasta se atreven a llamar a la unidad con sus agredidos. Se van quedando solos en su acompañada impunidad.

Ahora que la confrontación se agudiza con el gobierno del vecino país del norte no sería malo recordar que el 2 de febrero de 1848 los gobiernos de México y de EU firmaron un llamado Tratado de Paz, Amistad y Límites (también conocido como Tratado de Guadalupe Hidalgo) que atenuó levemente el despojo de la mitad del territorio nacional (documento aprobado por el Senado norteamericano en marzo de ese mismo año) que en su artículo número ocho dice: Los mexicanos establecidos hoy en territorios pertenecientes antes a México, y que quedan para lo futuro dentro de los límites señalados por el presente tratado a los Estados Unidos, podrán permanecer en donde ahora habitan, o trasladarse en cualquier tiempo a la República Mexicana, conservando en los indicados territorios los bienes que poseen (…) Sus actuales dueños, los herederos de estos, y los mexicanos que en lo venidero puedan adquirir por contrato las indicadas propiedades, disfrutarán respecto de ellas tan amplias garantías, como si perteneciesen a ciudadanos de Estados Unidos. Luego, en el artículo noveno dice que los mexicanos: se admitirán en tiempo oportuno al goce de todos los derechos de ciudadanos de los Estados Unidos… En el tiempo en que se firmó el tratado se calcula que en el estado de Texas habían quedado 28 mil mexicanos; en el de Nuevo México unos 57 mil y en la Nueva California cerca de 23 mil. Según especialistas en el tema, el llamado Tratado de Guadalupe Hidalgo sigue en vigor y también las obligaciones y derechos impuestos en él a las naciones que lo pactaron. ¿Por qué el actual gobierno mexicano no lo ha mencionado?

Cuando uno se entera de la forma brutal en que están siendo tratados muchos mexicanos radicados en Estados Unidos (convertidos en criminales a veces hasta por la simple apariencia) resulta más intolerable el medroso actuar gubernamental de los funcionarios locales, quienes por cierto sólo son eficaces para crear leyes represivas y aumentar el precio de las gasolinas pero increíblemente incapaces en la defensa de los mexicanos de aquí y de allá. Con incredulidad e indignación puede uno enterarse por la prensa mexicana de cómo, por ejemplo, habitantes de Ciudad Juárez se quejan de que ya no puedan acercarse a la zona del muro, por donde normalmente intercambiaban “alimento, dinero, juguetes o ropa” con sus familiares. Sin comentarios. Más de cien millones de seres humanos que habitamos en la república mexicana, no deberíamos tolerar de ninguna manera el actual comportamiento del gobierno mexicano. Además del despojo en el siglo XIX aún hoy debemos tolerar los abusos que tanto en México como en Estados Unidos se realizan de manera cada vez más espectacular e impune en contra de mexicanos, allá y acá. Hoy la indiferencia resulta más nefasta que nunca. Pensemos, imaginemos, analicemos, actuemos, pero nunca más permanezcamos indiferentes. Resulta ilusorio suponer que el mal que lastima a los otros no nos toca; de las maneras más inimaginables nos afecta y resulta mucho mejor ser conscientes del riesgo, que ser sorprendidos por la fatalidad (esa fatalidad que silenciosamente engendran los indiferentes). Paradójicamente tuvo que ser alguien como Donald Trump quien viniera a poner en el lugar que se merece el gobierno mexicano. Empleados permanentes de los políticos gringos, hace un mes que el señor Peña Nieto y sus achichincles fueron tirados a la basura por el nuevo presidente yanqui. Si los millones de mexicanos que hoy seguimos padeciendo las agresiones gubernamentales más impunes y desvergonzadas no participamos en la construcción de nuestro futuro no lo tendremos, y probablemente no lo merezcamos.

Del poeta nicaragüense Manolo Cuadra (1907-1957), va la primera mitad del texto titulado Poema a hachazos: Los déspotas nos atan los pies y las manos/ y traban nuestros dientes con alambre,/ porque los impotentes tienen miedo a la palabra./ Con nosotros barren el suelo de las ciudades./ Pero este será el año de los grandes milagros.// Porque la libertad no está en la letra de imprenta/ ni nace de diez bandidos que discuten en una mesa,/ ni viene libertad de los carneros que mugen en el parlamento,/ esa palabra se aferra muy dura a nuestras conciencias.// He aquí que un pobre roe su pan seco,/ he aquí que una niña no sacia su pequeño deseo,/ he aquí que muere de cólera un obrero,/ un sacerdote, un reportero,/ pero arriba danza ebrio el dinero/ y he ahí la otra cara de la  moneda.// “Nosotros llegamos siempre tarde. Estamos tarde. Morimos tarde.”// Decid si no será esto cochino,/ pero una gran alba se abre en nuestro camino,/ porque Dios se prepara a bajar a media calle,/ Dios, que por fin se ha puesto los zapatos.// El pan que no comemos se pudre en lejanos armarios/ y el vino hierve en las jarras lejanas./ Un beso, un solo beso de la mujer amada,/ buscadlo ahí donde la tierra se ha hecho pedazos. (…)