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Elecciones, su desarrollo o extinción

Ignacio Betancourt

N o hay duda que el tema de las próximas elecciones no sólo interesa a los eternos buscadores del hueso, ahora también le interesan a una mayoría y obvio resulta que las mismas pueden ser entendidas de múltiples maneras. Los diversos correos que llegaron al autor de esta semanaria columna son una muestra evidente de la variedad de opiniones, unas para denostarlas, otras para santificarlas, algunas para desenmascararlas, otras para justificarlas. Lo cierto es que para mediados de este año habrá millones de ciudadanos (no sólo chapulines) interesados en su desarrollo o extinción.

Previamente a que el Colectivo (de académicos y artistas independientes) “Es hora de hacernos agua” inicie los preparativos para una (o varias) mesas redondas sobre el tema, con la participación de los más diversos comentaristas, ciudadanos, académicos e interesados en general, de manera sintética resumiré los puntos de vista expresados en esta columna sobre las polémicas elecciones: ante la crisis económica, política y cultural generalizada no puede desaprovecharse ninguna posibilidad de cambio por más insignificante que parezca; ni lo he dicho ni lo creo, que las elecciones vayan a resolver los gravísimos problemas sociales de México; afirmo que no votar favorece al PRI, al PAN, al PRD y a sus satélites, pues esta vanguardia de la corrupción más espeluznante ya tiene garantizados un mínimo de votos (por compra, por amenazas, por intercambios de favores, etcétera), que en un contexto de abstención generalizada permitiría que con porcentajes mínimos se apropiaran de puestos y mayorías en los congresos y demás instancias de decisión, dificultando innecesariamente reclamos indispensables (antes que un nuevo constituyente refunde el país); si en algún específico lugar no votar fortalece al movimiento popular (pienso en Guerrero) pues a impedir las elecciones; además de votar habría que intensificar todas las formas posibles de confrontación contra el poder establecido.

Entiendo existen muchas otras opiniones y será importante analizarlas todas, especialmente porque la complejidad resulta un magnífico estímulo para todo pensamiento crítico y creativo. No hay verdades eternas, hay circunstancias que hacen avanzar o retroceder las demandas ciudadanas. Imaginar que quienes votan son enemigos del cambio más parece publicidad prianista que garantía de ser contestatario; repetir eslogans a falta de ideas propias es lamentable no sólo para los conservadores, sino también para las viejas y nuevas izquierdas.

Volviendo a la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí habrá que estar muy atentos, pues todo indica que en secreto siguen preparando un abusivo Reglamento para acotar la de por sí acotada Ley Estatal de Cultura, para ello requieren de dos complicidades: de la del fatídico Congreso del Estado quien debe en asamblea reglamentaria aprobar dicho Reglamento, y de la complicidad (o indiferencia) de la llamada comunidad cultural.

La voracidad autopromotoria de Juan Carlos Ruiz Medrano en pos de su eternización burocrática en los asuntos culturales del estado (se sabe que el dinero es la más adictiva de las drogas), y el accionar de su azucarado golpeador Mauricio Gómez Aranda, especialmente enfocado en contra del Colectivo de Colectivos que a través de una Asamblea Permanente reorganiza el Centro Cultural Mariano Jiménez (su sede), son aspectos que requieren de la máxima atención, no sólo de la llamada comunidad cultural sino de la ciudadanía en general. A estas alturas del calendario nacional o lo transformamos todo o nos olvidamos del porvenir tan comercialmente promocionado por los infames.

En cuanto al imperecedero tema de Ayotzinapa, la declaración del procurador general de la república acerca de su prisa (y la del Copete Parlante) por cerrar el caso de la desaparicón forzada de los 43 normalistas con lo que pomposamente llaman “verdad histórica”, sólo resulta un lastimoso ejemplo de esa vernácula costumbre de imponer a sangre y fuego sus oficializadas mentiras; confundir verdad histórica con opiniones oficiales solamente los exhibe como los proverbiales tramposos de siempre, por cierto cada vez menos funcionales para sus criminales empeños. Vivos se los llevaron y vivos los queremos, mejor que no lo olviden.

Y mientras en la llamada “Gran Huachichila” la población potosina se incendia, van las broncas de sólo ayer jueves: uno, maestros jubilados exigen el dinero de sus pensiones que el gobierno de Toranzo intenta robarles; dos, los sindicalizados del Hospital Central salen a denunciar a la mesa directiva de su sindicato charro; tres, habitantes del fraccionamienrto Central (al oriente de la capital potosina) denuncian despojo de terrenos realizado por el ayuntamiento y por la Automotriz Torres Corzo, y por último, el Frente Femenino (integrado por mayoría de mujeres adultas) salió a las calles a demandar servicios básicos para diversos municipios y comunidades; mientras tanto, el muy católico cura pederasta Eduardo Córdova Bautista, con el cobijo del arzobispo y del gobernador del estado sigue disfrutando de santísima y oficializada libertad.

Del poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), va la parte final de su poema La flor y la náusea: (…) Todos los hombres vuelven a casa./ Son menos libres pero llevan periódicos/ y deletrean el mundo, sabiendo que lo pierden.// Crímenes de la tierra, ¿cómo perdonarlos?/ Tomé parte en muchos y otros oculté./ Algunos miré bellos, fueron publicados./ Crímenes suaves que ayudan a vivir./ Ración diaria de engaño distribuida en casa./ Los feroces panaderos del mal./ Los feroces lecheros del mal.// Prender fuego a todo, incluso a mí./ Con él me salvo:/ a casi nadie doy una esperanza mínima.// ¡Una flor ha nacido en la calle!/ Pasan de largo, camiones, omnibuses, ríos de acero del tránsito.// Una flor todavía descolorida/ elude a la policía, rompe el asfalto./ ¡Guarden completo silencio, paralicen los negocios,/ aseguro que ha nacido una flor!// Su color no se percibe./ Sus pétalos no se abren./ Su nombre no está en los libros./ Es fea. Pero es realmente una flor./ Me siento en el suelo de la capital del país a las cinco de la tarde/ y lentamente acaricio esta forma insegura./ Del lado de las montañas, nubes espesas van agrandándose./ Una lluvia menuda agita el mar como gallina espantada./ Es fea. Pero es una flor. Ha roto el asfalto, el tedio, la náusea y el odio.