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Luis Ricardo Guerrero Romero

Me acerqué aquel hombre (rostro duro, alma mansa) con la devoción que se le tiene a un viejo árbol, como si fuese el olivo de Vouves. No sé, pero los árboles grandes siempre me traen el recuerdo de alguien especial. Al estar frente al nonagenario varón éste sacó una hojita de su pecho: millones de puntos sólo se veían manifestados en ese papel. Con cierto aroma a copal que de su entorno emanaba comenzó a leer lo que la gente decía podría ser un vaticinio, un sortilegio, una moción divina:

—Sara, con la /S/ de viborita, analogía pueril y didáctica, /A/ porque así inicia todo, tal como un Aleph, motor de todo simbolismo, de todo principio, /R/ vibrante y fuerte, pero cedente cuando está entre vocales que le gritan, y /A/ una boca abierta que admira todo mientras lo reflexiona. Así es ella, y es un lío conocerla. Fue el Tiempo quien la trajo a la vida y el mismo Tiempo quien me la presentó. Nunca amé tanto a Cronos sino hasta el día en que la miré por vez primera. Paradigmática mujer, ícono quizás del preticor, aroma que a todos estimula, satisface y rememora hacia tiempos buenos.

No hace mucho que la declaré un lío por su capacidad de amarrar y desatar al mismo tiempo. Es Sara Gabriela, la némesis del principio aristotélico de no contradicción (“es imposible que, al mismo tiempo y bajo una misma relación, se dé y no se dé en un mismo sujeto, un mismo atributo”), pues ella es verdad en un momento y verdad en otro mientras todo parece mentira, se da y no se da y sin embargo está presente. A Sara la tejió un extraño dios, que pretendía jugar con nuestras mentes para sanar los corazones de quien tenga oportunidad de conocerla, ella es un lío, y su vida es su declaración.

Los líos que he vivido dejan un misterio desacreditado, pero la presencia de ella, mujer encriptada y a la vez donadora, hereda recuerdos santos, proyecta sentidos loables.

Todo a veces me parece un lío, una remembranza de Sara. Inútil es desenredarme pues su poder atesora el limo y el diamante. Soy como la bestia de la antigua Grecia a la que tenían que atar y sin embargo cuando a las bestias o caballos se les disponía para andar sueltos, desatados, entonces todo eso era un desorden, un lío, y ella es el lío que ata, y yo el lío que estropea, pero ambos aliados.

La palabra lío, proveniente del verbo λυω (lyo): desatar, ha pasado fonéticamente similar al español de una de las lenguas más estudiadas, significa a la vez desanudar y soltar. De tal modo que hoy en día podemos decirlo con naturalidad que, quien está inquieto en la vida: creando, innovando, permeando con su ingenio a la realidad trasmite definitivamente un lío.

La lengua latina para denominar el verbo desatar usó: solvo, —¿alguien recordó la palabra disolver? —, —¿alguien no pudo solventar (arreglar, desatar) su riqueza? —. No podemos resolver todas las preguntas que nos atan a la vida, pero lo que sí es posible es establecer que para el latín fue viable inclinar el significado del lío griego y adjudicarlo al sentido de problema, un nudo, al cual para darle solución se le desata. Desatar las avenencias espinosas de la vida es una cosa que a Sara le sale bien; entorpecer tales avenencias, es algo que yo hago excelente. En fin, ambos somos buenos para crearnos, pero yo siempre el más necesitado y ferviente admirador de ella.

—El viejo con un movimiento empuñó la hoja que leía, suspiró tres o cuatro veces y la volvió a guardar en su pecho. La gente cuenta que cada que la saca es una historia distinta y que es su corazón el amanuense; según la persona que se acerca, es el relato que lee. Me tocó escuchar esa historia y creo saber a qué se refiere.