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A empezar de nuevo, todo estaba ahí adentro

María del Pilar Torres Anguiano

Para Sandra.

Como la mayoría de los mexicanos, regresé al trabajo un par de días después del 19 septiembre. Aparentemente, todo está igual, todo en su lugar. Además de las sinceras muestras de preocupación e iniciativas para ayudar, están las pláticas obligadas, que oscilan entre el ‘demos gracias a dios porque estamos bien’ y el ‘oremos por los demás’. Después vienen los comentarios y lugares comunes, el debate sobre Frida Sofía y las pequeñas crónicas personales.

Cada quien retoma su labor cotidiana y en cierto sentido es un alivio saber que todo sigue igual. Seguimos vivos. Un rato después, alguien por ahí, por alguna razón sin importancia, sube ligeramente el tono de voz y yo me sobresalto repentinamente porque pensé que algo malo pasaba. Un rato después, algún compañero de oficina tira accidentalmente una caja de libros al suelo y prácticamente, brinco de mi asiento, con un gran susto. Minutos antes, le comentaba a alguien que yo no me espanto tanto con los temblores. Discretamente volteo a mi alrededor, un poco avergonzada, y veo con alivio que nadie se dio cuenta de que casi me da un micro infarto. Más adelante, se fue la luz por unos minutos en la oficina y una buena parte de los empleados evacuan rápidamente el edificio pensando en la posibilidad de otro sismo que, afortunadamente, no llegó. Así el alto nivel de estrés al intentar volver a la normalidad poco a poco porque no queda de otra, porque son nuestras vidas. Al tercer día del terremoto, cuando poco a poco las cosas deben regresar a la normalidad, nos damos cuenta de que algo dentro de nosotros se rompió. Tal vez, el sentirnos vulnerables, expuestos al dolor, a la fragilidad. Empezará el recuento de los daños y luego un largo proceso de reconstrucción.

Las redes sociales, en otras ocasiones tan superfluas, ahora se vuelven un instrumento valioso cuando empiezan a circular las noticias, buenas y malas, de los seres queridos. La tragedia saca lo mejor de las personas, y en ocasiones, también saca lo peor. Abre la ventana a un mundo al que nadie quiere asomarse. A la preocupación, a la angustia o dolor, se le empieza a poner nombres y apellidos. No podemos perder de vista que teóricamente, los protagonistas del dolor suelen ser las personas sin hogar, ni propiedad, ni trabajo, riqueza o salud. Los que sufren soledad y desamparo, los que sufren injusticias o son víctimas de algo que los sobrepasa. Pero todo cambia cuando nos enfrentamos a la franca posibilidad de que esos otros, seamos nosotros. ¿Qué hacemos con esa posibilidad de saber que en cualquier momento nosotros podemos ser protagonistas del sufrimiento? Ignorar este hecho, o peor aún, trivializarlo de distintas maneras, equivale a insultar a quienes lo padecen. Se busca pues, entender algo que constituye una pesada carga para nuestros hombros, pero que al mismo tiempo puede ser una ocasión de crecer. Se trata de encontrar el sentido antropológico del dolor.

Así, prácticamente por accidente, me enteré que una querida amiga perdió su casa en el terremoto. De pronto pienso ¿cómo puedo llamarle querida amiga, si hace tantos años dejamos de vernos? Ya ni siquiera tenía su teléfono, no éramos ni amigas en Facebook, pero me dolió sinceramente enterarme de que ella estaba en problemas. Conseguí su número de celular y le llamé. Tenía solamente una vaga idea de lo que quería decirle. Por muy trillado que sonara, quería ponerme a sus órdenes. Hace un rato tomé el teléfono y tuvimos una larga y muy agradable conversación, como si hubiéramos estado en contacto todo este tiempo. Volví a escuchar su risa inigualable. Hablamos de José Vasconcelos, me regañó por dejar aquella investigación inconclusa y me ofreció su ayuda para terminarla. Recordé que muy probablemente, nadie conocía como ella mis debilidades académicas. Después preguntó por mi gente y los mandó saludar con la familiaridad de siempre. Pensé que era yo quien le llamaba para consolarla, pero fue exactamente al revés. Me dio una gran lección al agradecer mi llamada como si hubiera sido algo grandioso y al decirme que no necesitaba nada porque ella y su familia tienen vida y salud. No tengo fotos con mi amiga para etiquetarla en las redes y esperar los likes. No nos seguimos en twitter o instagram. Además de los recuerdos, y la pasión compartida por la filosofía mexicana, lo único que tengo de ella es su libro dedicado; así recordé que la última vez que la vi fue el día de su presentación: Para mi querida amiga, Pilar, con mi agradecimiento por el camino compartido, por tanta afinidad, libertad y cariño.

El que se sobrepone al dolor, sube cada vez más alto, dice Hölderlin, el poeta del romanticismo. Todos hemos escuchado esta y muchas otras frases filosóficas o poéticas que se utilizan para autoayuda; pero de pronto, nos enfrentamos al hecho de que todo lo que creímos saber, comienza a tener otro sentido. Quien acepta esa situación de franca vulnerabilidad, está en potencia de convertir el hecho doloroso en la tarea de reorganizar la propia vida contando con esa situación nueva que se ha hecho presente. Cuando sufrimos una desgracia, esta nos sobrepasa, no elegimos sufrirla y no podemos evitarla. Pero sí podemos elegir la actitud que vamos a adoptar. En esa libertad, radica la posibilidad de enriquecerse con el dolor. Sufrir, cuando se transforma en actitud de aceptación y en una tarea libremente asumida, es algo que nos hace más libres respecto de las circunstancias externas, nos abre los ojos al verdadero valor e importancia de las cosas. Las personas, al hacer suyo el dolor, lo interiorizan y convierten crecimiento. Resiliencia se le llama últimamente a esa natural característica humana de convertir lo malo en algo maravilloso. Es una virtud de la gente noble, como toda la gente que se ha volcado para ayudar, ya sea donando en dinero o especie, ofreciendo su casa, su trabajo o prestando sus recursos para localizar gente, aunque se encuentre en una ciudad lejana… o como mi amiga, plantando la cara a la adversidad con una sonrisa.

Lograr esto no es fácil, no es inmediato, pero es un acto de profunda libertad. Gracias a ella, por su actitud llena de alegría. Me recordó una frase de Gerardo Murillo, el Dr. Atl, que dice: Cuando tengas un dolor, quémalo en aras a tu voluntad, para que su llamarada ilumine tu camino.

@vasconceliana