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En el Centro, huellas de la delincuencia

Óscar G. Chávez

A quí estuvo la placa del Dr. Mariano Vildósola Dávalos durante más de 50 años hasta que se la robaron. Marzo 2015. Calle de Agustín de Iturbide número 715, centro histórico de la ciudad de San Luis Potosí.

La leyenda asentada en letras negras sobre una placa de acrílico, al tiempo que constituye un sentido recuerdo, se convierte también en un preciso testimonio de algo que existió en ese sitio y no estará más por haber sido retirada por la insensibidad mercantilista del delincuente que la desprendió para comercializarla como metal que hallará su fin en alguna fundición. Sin embargo representa también una enérgica y cívica denuncia contra las autoridades que no han sabido representar y proteger a la ciudadanía que los eligió para convertirse en garantes de la estabilidad social de su entorno inmediato.

Un botón no hace la muestra, pero al ser éstos sumados en cantidad hacen evidente el estado que guardan el centro histórico de nuestra ciudad y que se extiende por ella en su totalidad. ¿Pudiera alguien decir que es un hecho aislado? La situación de otros espacios públicos y privados demostrarán que no lo es; la delincuencia se ha apoderado de ellos. De toda la ciudad, de todo el municipio.

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Las festividades de semana santa que sirven de corolario a la cuaresma católica, son quizá las que a lo largo del año logran atraer la mayor cantidad de visitantes a esta ciudad. Estas mismas festividades son también un reflejo de la manera en que esta administración se muestra esplendorosamente ante los turistas foráneos en el momento preciso, dejando de lado las necesidades de la población en estas fechas y el resto del año.

Acciones de relumbrón y artificio que pretenden mostrarnos como una ciudad especialmente organizada, y que se encuentra en manos de unas autoridades municipales preocupadas de una forma excepcional por su mantenimiento y la función idónea de sus servicios en todos los niveles. Falacias surgidas emergentemente frente a las miradas críticas de los de afuera.

Nada dirán los de casa, y si lo hacen no se les escuchará como es la constante. La atención a las demandas ciudadanas que fueron escuchadas en otro momento, sólo se dieron en el proceso electoral; en el de las promesas que a nivel de sagrado juramento se aseguró que cumplirían aunque en ello les fueran las energías y la salud. Embustes partidistas propios de quien se halla obsesionado con la desmesurada ambición del poder público.

Al tiempo que la ciudad es embellecida de forma emergente, cuidando más lo visible que lo realmente central, es entregada al comercio ambulante en un evidente acto populista con el que se actúa de una manera cada vez más cínica en contra de los comerciantes establecidos que son los que reditúan cierta carga de ingresos a las arcas municipales. Irónico resulta que se castigue deliberadamente al contribuyente, mientras que al infractor consuetudinario se le premie y se le permita seguir actuando en contra de las leyes emanadas del mismo Ayuntamiento.

Ambulantaje y seguridad no son los problemas exclusivos a los que nos enfrentamos los ciudadanos de manera cotidiana. La anarquía vial derivada de la deficiente organización operativa de la policía de tránsito municipal es otro de los puntos centrales que hemos de sortear con la consabida encomienda a los patronos de conductores y peatones. Nada garantiza la tranquila llegada a los destinos respectivos.

Invasión de banquetas, cocheras y rampas para discapacitados por parte de los automovilistas que los agentes responsables del orden vial se niegan a sancionar conforme lo establece el marco jurídico respectivo –por ser altos funcionarios de gobiernos, oficiales de corporaciones policiacas que además no cubren el importe de los parquímetros, miembros de algún parasitario partido político, ciudadanos prepotentes– son actos comunes que al convertirse en parte del entorno, son vistos con la mayor normalidad por el caminante.

Nada de esto habrá en nuestro centro histórico durante estos días santos; la ciudad se vestirá de probidad y moralina; las principales calles serán atendidas para colocar sobre sus banquetas miles de sillas que se alquilaran al postor que pueda pagarlas para presenciar el doliente desfile que es la procesión del silencio. Saduceos que alquilan la vía pública para presenciar una tradición originada por la fe y que hoy se ha convertido en la excelsitud del mercantilismo potosino.

Se argumentará que las derramas económicas serán mayores a las del resto del año, que la ocupación hotelera será al cien por ciento, y que nuestra ciudad será admirada y apreciada por propios y extraños; seguramente así será, no hay por qué dudar las cifras propuestas por la burocracia municipal; no obstante, valdría la pena dedicar todos esos empeñosos afanes en mantener con el mismo nivel la ciudad que se encuentra olvidada el resto del año.

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Evidente es que el pretencioso y nugatorio alcalde, Mario García Valdez, así como la cauda de ineptos que integran su inoperante gabinete, no ocurre como transeúntes ordinarios a las calles que delimitan el centro histórico; no saben que éstas presentan la imagen más nauseabunda que se puedan imaginar, pero que frente al ciudadano común –del que ellos se mantienen alejado diametralmente– no constituye un espacio del imaginario por ser una realidad a la que se tiene que enfrentar día con día.

Frente a las estudiadas y bien logradas imágenes promocionales que se ofrecen a manera de invitación, sería interesante preguntarnos si se incluye en ellas imágenes sobre el aberrante estado que guardan las calles periféricas a la alameda de la ciudad y que a lo largo de todo el trienio no se les ha dado ninguna atención, por ser un lastre de la corrupta administración municipal que le antecedió.

El día de mañana la virgen paseará en andas sus dolores por el centro de la ciudad; acompañarán sus espirituales padecimientos las pesadas cadenas municipales que ceñidas a los tobillos de los ciudadanos, les hacen caminar pausadamente, situación propia de quienes arrastran un excesivo lastre, como lo es el estado de su ciudad. Tambores que se baten con dolor y luto por un ayuntamiento falaz y agonizante que ha sido farola de la procesión, y obscuridad de palacio. Silencio.