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En manos de la anarquía

Óscar G. Chávez

C alles de recurrente tránsito durante mi infancia fueron las de Guajardo y Pedro Montoya, ambas en las cuadras cercanas a los mercados Hidalgo y República, respectivamente. Son mencionadas en ese orden por ser el mismo en el que aparecen en los recuerdos; la primera de ellas recorrida entre los tres y los diez años; la segunda entre los ocho y los trece. Mientras en aquella el recuerdo lo asocio a la cálida y cotidiana conexión con las manos de la abuela; en ésta es el del sabatino o dominical trajín con la compañía materna; solo en ocasiones y en otras con los Osos, un par de nobles y fieles perros que fueron amigos y compañeros hasta mi entrada a la adolescencia.

Fortuitas situaciones permitieron disfrutar la compañía de la abuela materna desde que tuve uso de razón, hasta que nuestros caminos se disociaron por rutas distintas; mientras ella tomó el que se extiende después de la conclusión del ciclo vital, supongo que yo decidí esperar un poco más para encontrarla de nuevo. Nunca he considerado en qué momento un nieto se convierte en hijo y cómo los abuelos pueden pasar como inexistentes al considerarlos duplicidad de las figuras paterna y materna.

La abuela, mujer nacida en los principios del siglo XX –al que todavía me resulta complicado mencionar como el pasado, ya que cuando pienso en ése surge el decimonónico–, creció y llegó a la edad adulta inmersa en una serie de hábitos, hoy más cercanos a los ritos que a las costumbres, que en ningún momento me parecieron extraños ya que formaron parte de mi entorno familiar.

Entre los hábitos aludidos tienen especial estima aquellos relacionados con el desenvolvimiento gastronómico existente en su hogar. No recuerdo, por ejemplo, el uso de algún producto enlatado en su cocina, a no ser frutas en almíbar o atún y sardinillas, ningún otro elemento de este tipo se hallaba en su despensa. Curiosos utensilios existían en su cocina mediante los cuales era posible que elaborara algunos alimentos complejos como el mole o el pipián.

Sus pasos y energías, gran parte de las mañanas, eran dirigidos invariablemente al mercado Hidalgo, que supongo por ser el más antiguo era el de sus atenciones, y quizá de sus recuerdos. Pensemos en San Luis Potosí como un espacio urbano en el que no existía aún la figura de los súper mercados y que la única posibilidad de obtener productos comestibles frescos era la visita obligada a alguno de los cuatro mercados distribuidos en áreas viejas de la ciudad.

La ruta siempre fue la misma, difícilmente hubiera sido posible alguna alteración en el recorrido cotidiano; cuadras completas que fui conociendo a la perfección; trucos para transitar sus banquetas o arroyos vehiculares. Quicios de habitación y comercios que fueron asociados con rostros de residentes, comerciantes o actores de algún oficio. Mascotas y macetas en las ventanas abiertas que invitaban a morbosear mirando hacia su interior; puertas, herrerías, labras antiguas que obligaban a ser contempladas; nomenclaturas que poco a poco fueron adquiriendo alguna explicación lógica, algunas veces creíbles y otras por demás no concebibles.

Saludos infaltables que con el tiempo se convertían en una escala, en una charla de descanso a lo largo del recorrido. ¿Quiénes en esos años nos cuidábamos de los vecinos o de los rostros conocidos por horarios precisos? Sonidos propios de un momento preciso: pisadas masculinas o femeninas sobre los adoquines; la sierra o la garlopa del carpintero; el habitual programa de radio con las complacencias telefónicas que en muchas ocasiones acababan en amistad con los locutores. El destartalado motor del camión urbano que rompía la tranquilidad de los pequeños decibeles.

La aventura mercantil comenzaba en la intersección de las calles de Pantaleón Ipiña y Guajardo. Sucesión colorida de marías que acomodadas entre quicio y quicio de casas comerciales expendían una serie de productos sólo asociados con sus figuras: verduras de hortalizas cosechadas en alguna ranchería cercana; platos de barro vidriado copeteados con tunas en las que se colocaba la insustituible puya de maguey para poder llevarlas a la boca; frescas hojas de repollo que servían de contenedor para colorados garambullos o chorreantes y melosas flores de biznaga que coloquialmente llamaban borrachitas. Aguamiel depositada en húmedos cántaros que se vertían generosamente sobre jarros de barro naranja y verde; espumoso pulque o colonche en vasos de vidrio de poco menos de medio litro. Saturación de aromas y policromías.

Betabeles, calabacitas, cilantro, coliflores, chiles frescos, elotes, garbanzo, huitlacoche, huevos de rancho, lechugas, nabos, nopales, papas, repollos, xoconoxtles, zanahorias; todo era posible conseguir en esos años a precios realmente accesibles. Ningún alimento estaba fuera del alcance de los compradores.

Dentro de la misma sucesión de vendedoras era posible encontrar tierra de hoja para las macetas, que lo mismo era vendida por medidas o por costales; alguna planta comestible propia para el hogar. La temporada del año también traía productos propios de la misma. Todo lo que se buscaba era hallado en esos pequeños espacios conformados por huacales, arpillas y costales. Todo, al llegar la hora del retiro de las vendedoras se había agotado.

Los comercios establecidos ofrecían otro tipo de productos que por su propia naturaleza podían estar almacenados durante un tiempo mayor sin ofrecer mayor riesgo: alpiste, avena, arroz, chiles secos en todas sus variedades, frijol, garbanzo, habas, maíz, purina, sorgo, trigo; todo contenido en enormes bultos de jarcia, era despachado mediante brillantes cucharones de aluminio que vertían su contenido en los imprescindibles cucuruchos o alcatraces de papel de estraza o periódico; que en aquellos años lo mismo se empleaba para formar cartuchos empapados en petróleo para calentadores de leña, o para despachar manteca de cerdo, allí también expendidos.

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Tiempos en que el comerciante establecido no competía con el ordenado y pulcro comerciante informal; la convivencia era posible gracias a convencionalismos de respeto y mutua colaboración. Así mientras las vendedoras de afuera limpiaban y lavaban sus banquetas, el vendedor establecido permitía que en sus espacios se instalaran e incluso resguardaban las pocas pertenencias del vendedor banquetero. Detalles sin mayor pretensión como el obsequio ocasional de algún producto, permitieron la estimación entre ambas partes que lejos de mirarse como competencia lo hacían como quien mira al otro como complemento de una actividad.

Biclicletas lecheras, carros de carga de los conocidos como diablitos; carretones de mano y mecapal; pesados triciclos amarillos y las legendarias motocicletas ISLO (así llamadas por el saltillense Isidro López propietario de la fábrica), eran parte del tráfico recurrente en esos espacios. No recuerdo haber visto a algún oficial de tránsito, de los llamados entonces tamarindos, tratando de extorsionar a algún despistado conductor que se estacionara en espacios prohibidos.

El espacio concreto del mercado Hidalgo, delimitado por las calles de Guajardo, Mier y Terán, Morelos, e Hidalgo, es una mole cuadrangular de dos plantas construida a fines de la década de los treinta, durante la gubernatura del general Ramón Jiménez Delgado. En su planta baja se expendían verduras más sofisticadas que las referidas; quesos frescos y secos; productos cárnicos de los tres órdenes, así como las tradicionales vísceras. La planta alta estaba destinada a las siempre abarrotadas fondas y rosticerías cuyo común denominador era el de las testas cubiertas por diversos tipos de sombreros de tonalidades en blanco y paja.

La fisonomía del rumbo es la misma en la actualidad, no obstante gran parte de los giros antiguos desaparecieron para dar paso a espacios que se dedican a la venta de ropa, calzado, piratería óptica y auditiva, cachuchas y reminiscencias de la fayuca ochentera integrada por cigarros de importación, lentes ópticos, lociones, medicamentos estadounidenses relojes, y artículos eléctricos.

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Una disposición municipal de principios de la década de los noventa obligó a las rústicas vendedoras a reubicarse en espacios alejados de lo que hasta ese momento fue su entorno habitual. El pretexto fue presentado como una medida idónea para evitar la proliferación de vendedores ambulantes que ya comenzaban a pulular por calles, explanadas, jardines, y plazas.

La flamante disposición posibilitó la contención de esta modalidad comercial, sin embargo generó la casi total desaparición de los comerciantes provenientes de las rancherías aledañas, que sin causar ningún desequilibrio competitivo ni organizacional, comercializaban sus productos en los espacios antes referidos.

Lo cierto es que desde hace algunas administraciones municipales, es pública y notoria su manifiesta incapacidad para contener la lacra que hoy representa el abusivo y creciente ambulantaje. El entorno comercial del primer cuadro de la ciudad se encuentra en una absoluta anarquía fomentada de una manera cínica por un Ayuntamiento empapado hasta la médula en prácticas corruptas y abusivas, que lejos de lograr frenar su crecimiento, lo fomenta de una manera por demás vergonzante y descarada.

Un nugatorio alcalde que ha demostrado de recurrentes maneras su total incapacidad para mantener en orden y decorosamente una ciudad que no es la que muchos conocimos hasta la década de los ochenta, y que quizá temeroso en su momento de perder imagen en su frustrada carrera por la gubernatura, no se atrevió a expedir medidas enérgicas y efectivas que permitieran desterrar la anárquica proliferación del ambulantaje.

Los giros comerciales de éstos no se circunscriben a lo que fueron los tradicionales; hoy impera en sus módulos semifijos la venta de pornografía, artículos piratas, y toda clase de mercancías que constituyen no sólo una competencia desleal para el comercio establecido, sino generan una imagen del todo deplorable para nuestra ciudad.

Vistoso corolario de estas fechas serán los permisos otorgados a cerca de mil comerciantes informales que con motivo de la semana santa invadirán de nueva cuenta el primer cuadro de la ciudad; a pesar que se señala que serán otorgados a rubros tradicionales y propios de la época, seguro es que en su infame y corrupto afán recaudatorio será más que visible la venta de una infinidad de artículos alejados de esos parámetros.

El espacio urbano se encuentra en manos de una camarilla municipal corrupta, indolente e inoperante en materia de regulación administrativa; sorda a los reclamos de la ciudadanía. Los ambulantes tan prolíficos y abundantes como los baches existentes en la ciudad, se han apropiado de cuanto espacio les es posible. Se les entregan permisos para enquistarse en el centro de una ciudad que sus propias autoridades han entregado –al igual que a sus habitantes– a la total anarquía.