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Entra con ardid en pos de lo ajeno

Luis Ricardo Guerrero Romero

El sentimiento de lo absurdo no es, sin embargo, la noción de lo absurdo. La fundamenta, sin más. No se resume en ella sino en el breve instante en que juzga el universo. Luego tiene que llegar más lejos.” Las anteriores líneas citadas son el comienzo del capítulo “El suicidio filosófico” de la obra intitulada El mito del Sísifo, de Camus.

Esos cuantos renglones son sin duda un axioma no sólo para enjuiciar lo que denomina: sentimiento de los absurdo; sino también es un ejercicio para elaborar un juicio de cualquier acto humano. Pues efectivamente, un hecho tal, por ejemplo la noción de ladrón no implica todo lo que puede llegar a hacer y a ser un ladrón.

Por eso podemos decir que hay muchos ladrones en la política pues éstos llegan más lejos todavía. Pensar en un ladrón –me refiero al sujeto que roba y no a un perrito muy parlanchín– nos trae malos recuerdos, luego entonces el ladrón es un eco del mal y un enemigo de la bondad, pues el acto que efectuó fue un mal, pero si ese amante de lo ajeno fue capaz de lograr su objetivo sin que nos diéramos cuenta entonces es un buen ladrón que hace cosas malas. –Como aquel francotirador que mató a su padre, podríamos felicitarlo por ser tan bueno (cuestiones de ética situacioncita o casuística, que son más complejas que el “axioma” del fin y los medios).

Hablemos de esto, del bien y del mal, puesto que el ladrón desde un punto de vista mitológico por antonomasia es aquel que por amor al hombre engañó, estafó y robó, a nada menos que a Zeus. ¡Claro! Prometeo quien con todo y que al inicio no era tan divino, realizó para el hombre un robo que benefició a la humanidad y juntamente sus estrategias lograron engañar a Zeus.

Habría que agradecer el luciferismo de Prometeo, por darnos luz y alimento, pues el hombre busca la luz. Obviamente un ladrón como Prometeo que llevó la luz a los mortales ya para la época cristiana no fue nada agradable, en la biblia se hacen referencias al ladrón como un: desvergonzado, quien profana el templo y lo vuelve cueva, alguien a quien hay que esposarlo con espadas y palos, el que mata y quien es crucificado al lado de Cristo.

Con ello parece que Prometeo quedó desfasado, o ¿su luz era ilusoria y nos dieron a ver otra luz? La palabra: Latro de latín es la que generó nuestro sustantivo: ladrón, latro> latron> ladrón. Pero también en su sentido latino esta palabra significa soldado mercenario y pieza de juego (juego asemejado al ajedrez).

Respecto a este sentido recuperamos la cita: “Somos nada más las fichas en el tablero del ludus latrunculorum; nuestro porvenir es el número de jugadas que podemos ejecutar”, escribe Salvador Elizondo en su Hipogeo secreto.

Esto elucida que, la palabra latro, nos lanza a un juego mercenario, de asaltadores de caminos que buscan estrategias para lograr un beneficio, como Prometeo estratega implacable, un genuino latro; palabra que se acentuó en latron para luego pasar a cerrarse por otra dental más suave de /t/ a /d/, ladrón.

Un buen ladrón en el sentido mitológico ya descrito tendría supongo, una estrecha semejanza con el ideal griego Kalokagathia, que define Abbagnano como la perfecta personalidad humana. O más bien todo lo contrario, pues el sentimiento del ladrón (que lleva la luz) no es, sin embargo, la noción del ladrón.

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