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Entre el Quijote y Black Mirror

María del Pilar Torres Anguiano

Una de estas tardes de vacaciones fui al cine y coincidí con una ex alumna en la fila de las palomitas (miento, en realidad nos encontramos en los baños del cine). Me dio gusto percibir que Karen me saludó con alegría y me presentó a su acompañante y le dijo: “Mira, ma, es la maestra que me dejó leer el Quijote y Los Miserables”. En aquella clase del área de humanidades y sociales, para el primer semestre de preparatoria, mostré a mis alumnos –un puñado de jóvenes posmodernos, millennials y pragmáticos– una estadística que situaba a Don Quijote de la Mancha como el título favorito de los que fingen leer. Si mal no recuerdo, en esa lista seguían Cien Años de Soledad, El Principito y otros. El proyecto de clase fue leer durante el curso al menos los tres primeros lugares de aquella lista, para que la siguiente vez que alguien les preguntara por el título de aquel libro que marcó sus vidas, respondieran al menos con un cliché debidamente autorizado; eso sí, con conocimiento de causa.

En la planeación didáctica de aquél entonces –mis compañeros docentes saben a qué me refiero– tenía que fundamentar mi tarea-ocurrencia en alguno de los objetivos del curso… tecnicismos pedagógicos en los que no he de meterme. Como si fuera necesario pedir disculpas anticipadas para invitar a alguien a que lea a Cervantes o Víctor Hugo. Para no entrar en detalles, anclé el proyecto en un programa de promoción de la lectura, que por ahí andaba perdido en la selva institucional.

Siempre he estado en contra de esas campañas light –por llamarlas de alguna manera– de promoción de la lectura en las que dicen que lo importante es leer, lo que sea, pero leer; y es que a veces sale peor el remedio que la enfermedad. Mejor no pongo ejemplos, porque sé que es discutible, pero tal vez es mejor procurar un contexto propicio para que los jóvenes encuentren a su paso a algún grande de la literatura… y esperar que la semilla germine. “Me gusta, aunque es utópico”, me dijo mi directora aquella vez.

Hay libros que nos entretienen, aunque seamos jóvenes y estemos muy lejos de poder captar el verdadero sentido moral en esta obra, pero nadie sabe hasta dónde puede llegar la influencia de una buena lectura en un chavo. Una historia clásica tiene un poder de sugestión inacabable; con el tiempo nos damos cuenta de que se lee para ensayar nuevas y variadas posibilidades del ser, para ser más libres. Y que cuando un autor se dirige al lector como a su igual, se crea una verdadera comunión. Una de las cosas que logra la experiencia existencial de la lectura, sobre todo en los jóvenes, es sembrar utopías.

Qué bonita palabra es esa de utopía. Fonética y semánticamente hablando, la palabra es todo un poema. Como sabemos, etimológicamente, significa ‘lugar que no existe’. Y su significado bien puede ser el inicio de una historia, de una canción, de una serie de Netflix.

Filosóficamente, se refiere a una sociedad imaginaria y a un ideal social el cual, en virtud de que es irrealizable en la práctica, el término adquiere un carácter metafórico, y se convierte en sinónimo para referirse a todo tipo de proyecto que es perfecto en teoría, aunque irrealizable en la práctica.

De alguna u otra manera, las propuestas utópicas están presentes en toda la historia del pensamiento. En ‘La República de Platón’, en ‘La ciudad de Dios’ de San Agustín, o en Tomás Moro, el pensador que introduce el término de Utopía, propiamente dicho. Para el pensamiento marxista, una utopía implica una crítica directa o indirecta de la sociedad y sus medios de producción y una búsqueda de enmendar sus defectos mediante la realización de ideales diferentes. Una utopía es la evocación a algo mejor, aunque no tenga cabida en el mundo como lo conocemos… como en el Quijote. En su idealismo ético hay un reflejo de la condición humana y de las más profundas búsquedas internas del hombre. Su gran mensaje ético es el diálogo como método de búsqueda de un acuerdo. No es una obra de filosofía, pero hay pensamiento filosófico implícito en él. Bien puede considerarse precursor de la filosofía moderna, especialmente en lo que respecta a la subjetividad cartesiana y la búsqueda de certeza; e inclusive al idealismo iniciado por Fichte. En sus páginas, el idealismo de la libertad está insinuado y anticipado existencialmente. Cervantes no necesita ser filósofo, porque expresa artísticamente una profunda visión antropológica.

Casi todos mis alumnos leyeron al menos una parte del Quijote. Algunos fueron a ver a Benny Ibarra al teatro en “El hombre de la mancha”, y otros habrán visto alguna de las series o adaptaciones al cine. Eso no importa, el objetivo es que comiencen a acercarse directamente. Tal vez alguno caerá.

Dice Agustín Basave que el Quijote implica “una inserción de un sistema axiológico de ideales en el mundo real, mediante el esfuerzo humano”. Una utopía, propiamente dicha. Aquella que, cuanto más la busques, menos la encuentras. Esa que, como dice Galeano, se aleja cada vez que te acercas, porque sirve precisamente para eso, para caminar.

Dicen que la postmodernidad es una consecuencia lógica al fracaso de los sistemas, ideologías y regímenes que buscaban explicar y resolver toda la realidad, y que sus características pueden verse, entre otras cosas, en que hoy a los jóvenes les cuesta más trabajo creer en algo.

Nada más lejano de los tiempos postmodernos –al menos, en apariencia–. Porque tengo mis dudas de que los millennials no sepan de utopías. Los tiempos de hoy no son utópicos, son todo lo contrario. Son épocas de distopías perturbadoras, en forma de ciencia ficción o futurismo, tipo Hunger Games, Los Niños del Hombre, The Handmaid´s Tale y Black Mirror.

Las distopías suelen proclamar el fin de las utopías, denunciar la insensatez de las luchas revolucionarias, regodearse en lo irrealizable de los sueños, indicar el sinsentido de los ideales, así como mostrar los verdaderos efectos de la modernidad: esclavización del hombre, hostilidad, desigualdad, destrucción de la naturaleza, esterilidad de la raza humana. Algunas de estas historias insinúan algún tipo de esperanza. No se trata de dejar de ver Black Mirror, se trata de lograr que también conozcan al Quijote, no importa cómo. Leer siembra esperanza. Tal vez descubran los jóvenes, por ellos mismos, que hasta en la más pesimista de las distopías se asoma la esperanza.

Siento entre envidia y esperanza de los jóvenes que están próximos a descubrir al Quijote o a Platón, pero también a Cortázar, a Sabines o a Benedetti. Probablemente pasarán algunos años para valorarlo y redescubrirlo, bien vale la pena y la espera. Personalmente, me inclino a pensar que, si uno no ingresó a tal o cual carrera soñando con ser el mejor médico del mundo que curará las enfermedades más terribles, o ser un gran abogado que acabe con las injusticias, ¿a qué diablos se metió? También pienso que no hay nadie tan postmoderno que no tenga, al menos, algo de idealista. Por cierto, en ese top ten de libros, del que hablaba al principio, no estaban Los Miserables. Ese se los dejé leer nomás por puro capricho.

@vasconceliana