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Envilecidas las palabras dejan de significar

Ignacio Betancourt

Cuando la mentira es la única “verdad”, la mentira se institucionaliza y se vuelve la única voz audible, y quien la profiere, la única imagen visible. Entonces todo se va al carajo debido a que quien miente no sólo se engaña a sí mismo sino además a los posibles destinatarios, a quienes inocula venenosamente con sus inverosímiles disparates, haciendo que los receptores se debatan en la incertidumbre o en la indiferencia pues ya no saben qué creer o no creer. Esa es la primera señal del fracaso estrepitoso de la demagogia y de los demagogos, dado que envilecidas las palabras dejan de significar. Y ahora sí que el Señor nos coja confesados, pues un sistema político construido por el autoritarismo del engaño verbal pierde su recurso más eficaz. La demagogia no sólo destruye al mentiroso sino al posible incauto que se supone debería creerla, así pues, la ciudadanía al no saber qué creer o no, deja de creer en todo, pues además es el único recurso que le queda frente a la mentira institucionalizada. Mentir no sólo es un problema moral, también es un desastre comunicativo.

O qué pensar cuando Peña Nieto afirma con toda convicción: “la única postura política que no se puede tolerar es la intolerancia” (y su lengua cae por el suelo, retorciéndose por la tremenda mordida que se ha dado a sí mismo). El uso público de las mentiras no sólo descalifica a quienes las profieren, sino que al hundir en la confusión a quienes las escuchan los vuelve inevitablemente incrédulos de todo o indiferentes a todo, y tales realidades resultan terriblemente destructoras de cualquier tejido social. Otro elocuente ejemplo de mentiroso mayúsculo resulta don Ricardo Anaya, candidato presidencial de la coalición Por México al frente, quien sin el menor empacho declara a voz en cuello: “es irresponsable que Andrés Manuel López Obrador agreda (sic) a quienes generan más de un millón y medio (sic) de empleos en México.”

Pero vayamos por partes, dijo Jack el destripador: ¿en qué estadística se enteró de tan ilusorio dato? ¿a nombre de qué utiliza tan insostenibles números? Pero concediendo sin creerlo, ¿por qué no habla de las condiciones económicas de los susodichos empleos? ¿los bajísimos sueldos no son un dato interesante? ¿solamente lo que oculta es creíble? ¿qué pensar del aparente impugnador de Peña Nieto? El señor Anaya se comporta igual que el presidente, los dos hablan fantasiosamente de creación de empleos pero nada mencionan de los sueldos. Una afirmación a medias es también una mentira. Pero es suficiente con mentir al principio, pues de inmediato se puede mentir de nuevo y Ricardo Anaya lo hace con maestría en la defensa de los grandes empresarios mafiosos, así, en seguida afirma que Obrador: “pone en riesgo la inversión (sic) y el empleo de millones de personas en el país.” ¿No acababa de afirmar que era “un millón y medio”? ¿en base a qué tipo de magia ahora puede hablar de “millones”?

Lo significativo no es el habitual demagogo, lo significativo viene resultando el que Anaya pueda decirlo con toda impunidad sin que alguien señale sus mentiras. Con toda impudicia miente el panista como si ya fuera presidente de la república. Pareciera entonces que las verdades no surgen de la realidad, sino de la cínica repetición de una mentira que grupos e individuos reiteran hasta la saciedad. Obligar a los pueblos a dudar puede llevar a situaciones impredecibles ¿lo sabrán los mentirosos?