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Es tiempo del reloj

Luis Ricardo Guerrero Romero

Justino empezó su vida alcohólica a la edad de 17, comenzó con un poco de pulque y llegó a probar los más sofisticados coñacs hasta el día de su muerte. Todos sabíamos que iba a morir algún día, es destino de la vida morir. Para eso es que venimos a la Tierra. Pero Justino era la clase de hombre transgénero que pocos llegan a conocer, pues a pesar de su exótica vida era un genio en su discurso.

Por eso decidí escribir estas líneas en honor a él y a todos lo que van a morir hoy, para que consideren aquel dicho popular: “el tiempo es oro”, como una verdad de vida:

Mirar el reloj siempre nos causa ruido (un tic tac inenarrable se comunica), mirar el reloj es un acto humano, nada más humano que verse frente al reloj. Será porque la misma palabra reloj es vibrante desde su inicio: /r/, nos turbulenta. Será porque es aguda y nos demanda tiempo.

Los relojes en importantes edificios nos hablan de la relevancia que el hombre da al levantar el rostro y revisar su hora, ejemplo de ello son: la fuente monumental de las Nereidas, el edificio del reloj en el puerto de Valencia, el Big Ben de London, el monumental reloj de la Plaza Independencia del centro histórico de Pachuca, el famoso reloj astronómico de Praga que marcó las horas desde el medievo, el inmenso reloj de la Meca de las Torres de Abraj Al-Bait; por decir algunos que son manifestación de un acto humano.

Sin embargo, no olvidamos a las Moiras que decidían el tiempo de las vidas mortales, las horas y el reloj son una suerte de gemelos. Recordemos a Las horas, hijas de Zeus y Temis. No es posible hablar de horas sin reloj, ni de un reloj sin las horas. El tiempo, el acto que une al hombre con Dios.

El reloj ha sido siempre un ciclo, aun con variadas figuras en las que es posible representar este aparato de medir instantes, se conserva el círculo, ombligo de la vida. La palabra reloj tuvo variaciones a lo largo del tiempo, en griego se formó con las palabras: ορος (oros) y λογια (logia), produciendo la palabra horológion. La palabra ορος refiere a límite, frontera; horológion es entendido como el tratado o estudio de los límites entre un espacio y otro, entre una posición del sol y la otra. El latín recuperó esta idea y llamó al reloj: horologium, ya de sol, ya de agua (el reloj de agua estrictamente denominado: Clepsidra, usado por antiquísimas culturas como la egipcia) para medir el tiempo. Esta palabra padeció un fenómeno lingüístico llamado elisión, y en retórica señalado aféresis, que describe la eliminación de uno o varios fonemas al inicio de una palabra, ya sea por economía del lenguaje, ya por el uso. De tal modo que la supresión de ho, heredó rologium˃ relogium˃ relog˃ reloj.

El astro mayor es el mejor reloj. Ya lo dijo el maestro Alfonso Reyes en: “El reloj de sol: el que da las horas con modestia”.