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Esos informales

Guillermo Luévano Bustamante

Todo un tema en la ciudad de San Luis Potosí es el conflicto actual entre comerciantes ambulantes y las autoridades potosinas. En un primer momento el alcalde de la capital del estado, Ricardo Gallardo, ordenó hace unos días que se realizaran diversos operativos para desalojar a vendedores que ofertan sus productos en las calles del Centro Histórico. Luego vino la reacción de las personas afectadas que agrupadas en diversas organizaciones sociales se manifestaron públicamente, bloquearon arterias viales y presentaron sus demandas que implicaban, entre otras cosas, la permisión municipal para continuar con sus actividades.

La respuesta de la presidencia municipal fue contundente, no hubo diálogo, continuó con los operativos policiacos y la inconformidad y el discurso de las organizaciones de comerciantes se intensificó. El gobierno del estado ha intervenido en coadyuvancia con la alcaldía, principalmente mediante el respaldo político y policiaco.

Quisiera sugerir que se vea el problema con matices: por ejemplo, no pensar en una lucha de “buenos contra malos”, donde menos que menos el alcalde es el héroe rescatista del espacio social, ni los comerciantes son los villanos.

El comercio ambulante tiene una fuerte raigambre de tradición histórica que en el territorio que hoy ocupa nuestro país se ha expresado desde los tianguis prehispánicos y en el mundo entero de muy variadas formas, como los mercados sobre ruedas, de pulgas, de tiliches, de baratillo, los mercadillos. Hay productos cuya venta resulta difícil imaginar de otra manera que no sea en la calle: los tamales, los elotes, el algodón de azúcar, los camotes, el quiote, las tunas, el aguamiel. Aunque el hecho de que una práctica constituya una tradición no es por sí mismo un argumento para preservarla, me parece que para abatir una forma antigua de entender y de hacer las cosas hace falta más que simplemente decretarlo, y justificar, aún en la decisión jurídica y política, las causas de su pretendida extinción o reformulación. Quizá constituye un hábito que pervive porque hay muchas personas que acuden al centro de la ciudad precisamente a comprar en ese tipo de negocios, aunque no poseo datos al respecto.

Es posible que entre quienes se oponen haya líderes y organizaciones clientelares y corporativas aliados o subordinados a los partidos políticos y los gobiernos que negocian beneficios particulares. Pero también sé que hay manifestaciones legítimas de personas que reclaman su derecho a la subsistencia.

Creo que sí es preciso un ordenamiento territorial y espacial en el Centro y en toda la ciudad, pero éste debe ir acompañado de la ciudadanía. El uso del discurso del rescate puede ser tramposo. Si el proyecto de “recuperación” del Centro Histórico sigue encabezado por personajes como el ex gobernador Horacio Sánchez, si no se consulta a la ciudadanía, especialmente la que habita la zona, si no se procuran políticas de inclusión social, si no se fomenta el comercio local, se tratará de otro pretexto para beneficiar franquicias o elites locales que convierten a ese espacio que debiera ser público en un coto de disputas económicas y políticas, so pretexto de la consecuente “gentrificación”.

El ambulantaje expresa un fenómeno global de precarización del empleo y el ingreso. El trabajo “informal” se ha extendido en el país constituyéndose en mayoritario. Ya es más grande la porción de personas que trabajan en México sin contar con prestaciones ni seguridad social. Y la tendencia parece ir en aumento.

En muchos casos quienes se dedican a la venta en la calle lo ven como una salida ante la dificultad para insertarse en el empleo fijo, formal, estable. Y dado que la eficiencia recaudatoria en el país es mala, ese argumento ha servido para reforzar los operativos anti ambulantes. Pero hay que recordar que son empresas grandes y multinacionales quienes han demostrado mayor capacidad para evitar sus contribuciones fiscales.

Es indicativa también la gestión de Gallardo para la obtención de una inversión millonaria destinada al centro comercial El Dorado. Es coherente en todo caso con el discurso formalizador de la economía, pero peculiar.

No creo que las decisiones emprendidas le cuesten, cuantitativamente, popularidad al alcalde. De hecho me parece que afianza una imagen de decisor fuerte, quizá autoritario, pero una parte de la población en San Luis prefiere ese “ordenamiento”, aunque sea por la fuerza. Tras el emprendimiento anti ambulantes he visto el respaldo público de personas normalmente escépticas o hasta críticas del gallardismo que tienen acceso a manifestar u opinión en la prensa escrita o electrónica. Tendría un costo político para Gallardo si se prolongan las confrontaciones y si al final pierde la batalla.

Espero de verdad una solución acordada al conflicto, eso pone a prueba al experimentado negociador, aunque no siempre afortunado, Marco Antonio Aranda, secretario del Ayuntamiento.

Claro que me gusta caminar por el centro de la ciudad despejado y limpio, pero me parece que hay que ir más allá de las razones estéticas. Aunque parezca un lugar común decirlo, el problema es más complejo de lo que parece a simple vista. No tengo la solución en este espacio, solo tengo, por ahora, estas opiniones.

@guillerluevano

Guillermo Luévano
Guillermo Luévano
Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Investigador en la UASLP, SNI, columnista en La Jornada San Luis.