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Esto también es un código

Luis Ricardo Guerrero Romero

E l asunto de la escritura es sin duda uno de los temas que más se tratan en distintas esferas del conocimiento, si recordamos el sentido de la escritura por los cabalistas, en el que se describe que sus códices sagrados fueron generados del fuego blanco y el fuego negro, haciendo referencia a que lo escrito es una suerte de combinación del papel y la tinta, y más aún que entre los espacios de palabra y palabra existe la verdad.

Lo anterior sin duda es una referencia pletórica de códigos –eso sin contar el axioma de que nada de lo que vemos tiene color–, como lo es todo lo que nos rodea.

El contacto con los códigos ha sido siempre una muestra del interés y producción del hombre por lo encriptado, por ejemplo aquel telegrama de Zimmermann que tanto significó su descodificación para nuestra nación mexicana, o el código de Voynich al cual aún no se le puede interpretar del todo, y todavía más encriptado es el trabajo ocultista u oculista del Código copiale.

Y aunque los códigos ya mencionados son de una relativa cercanía con muestra época el asunto del código obviamente inicia desde tiempos antiquísimos, según recuerdo de voz de un rector universitario: Dr. Manuel Pérez, ya en la edad helénica se constituye un manual sistemático sobre la retórica por Córax de Siracusa, lo menciono acá debido a que el nombre de Córax da primeras pistas –desde mi punto de vista– para la producción de la palabra: Código, en efecto Córax del griego (κοραξ) cuervo, se puede sumar a la descripción de símbolos de Cirlot, que dice: “por su carácter aéreo [el cuervo], asociado al cielo, al poder creador y demiúrgico, a las fuerzas espirituales, mensajero”.

Recordemos que en aquella realidad helena era ya el nombre el destino del hombre en el mundo, por eso la similitud al menos fonética de la palabra latina: codex, tablilla para escribir, con la misión del retórico ya citado, no es tan sobrada por ser la tablilla para escribir el fuego blanco y ser el mensaje escrito el fuego negro, el cuervo.

De regreso a la palabra latina corex, coricis; la cual evolucionó desde su plural en codicis ˃ código, pues el conjunto de principios –y no un sólo principio– produce el código, una articulación de significados. En el campo del séptimo arte Umberto Eco utiliza este sentido de código para explicar el código cinematográfico del cual apunta que: “parece ser el único en el que se manifiesta una tercera articulación”.

No obstante la palabra código es el resultado de la convencionalidad, un obvio y a veces plañido ejemplo es el código civil de nuestro país y sus avenencias: fiscal, mercantil, económico, tributario y demás ardides para lograr una soberanía ignominiosa. En la música se utiliza también un código, como un lenguaje entretejido entre tiempos, silencios, sonoridades, etcétera.

Ya en orden a otro tipo de perspectiva de lo que usamos como código, la imagen trillada pero funcional de la cebra nos empuja a recordar esas barritas bicolores que denominadas: códigos de barras, un ejemplo señero del arranque de la globalización y el control nuevamente convencional –pero ahora de unos cuantos convenencieros– de lo que existe o se produce en el mundo, el código de barras es muy funcional y ordenador, pero a la vez es un ejemplo de la rapidez con la que se mueven los grandes sistemas a los que les disgusta esperar, pues la esperanza es el último y sagrado recurso del hombre, por eso ahora se trabaja en buena medida con el código rápido o QR en su tamaño micro o macro.

No sé si esto del manejo de códigos electrónicos con la combinación de colores blanco-negro tenga que ver con el yin yang, la exclusión del racismo, o con la trascendencia del fuego blanco y el fuego negro, lo que sí sé es que los códigos hay que descodificarlos. Buscar para codificar, codificar para seguir descodificando.

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