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Estrenar deseos

Luis Ricardo Guerrero Romero

…Bolsas, zapatos, ropa. Artículos deportivos, herramienta, mujeres. Eso pronto y mal, es lo que mujeres y hombres gustaban estrenar en otros tiempos. Pero las cosas cambiaron y ahora tanto mujeres como hombres aspiran estrenar aparatos digitales. El olor a nuevo es ahora el aroma a un celular u otro aparato electrónico.

Las anteriores líneas eran el inicio de una nota moralista que encabeza un diario local con pocos lectores, y mientras que ese medio informativo plateó así su mejor nota, el diario de competencia comenzaba con una frase: “El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que mirándolo no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como éste pueda vivir tanta gente atrabiliaria y caprichosa?” (F. Dostoievski, Noches Blancas).

Ambas notas sugerían aburrida lectura, no había nada de extraordinario entre la prosa del corresponsal informativo y Dostoievski. Pero entre ese par de textos había algo cierto: La gente de este tiempo es caprichosa y les encanta estrenar aparatos digitales.

Tan seguro estoy de esa terquedad de estrenar porque ayer precisamente, un comerciante me incentivó a comprarle un set de cuchillos, mismos que a causa del sentimiento de estrenar probé frente a él. El primer cuchillo sobre su cuello se deslizó con sencillez, el segundo y tercero penetraron con fuerza en el abdomen del tipo, el cuatro, lo dejé inamovible entre esternón y costillas. El quinto cuchillo los probaré al preparar un delicioso cóctel de frutas que comeré mientras alguien llega a apresarme. No estoy demente, sé que merezco la cárcel, pero estrenar deseos, como por ejemplo los de matar, también son un derecho.

Si ponemos atención al mundo, todo parece tan nuevo, tan lleno de lujos. La hormiga estrena un paso nuevo al escalar un trocito de pan jamás antes visitado, una almohada recibe con orgullo el paso de nuestras vidas en hebras blancas, los lectores estrenan combinaciones de palabras en sus mentes habituadas, y el sujeto asesino del relato estrenó el deseo de matar a un comerciante.

Estrenar no es tan difícil, resulta caro y arrogante cuando se aspira al olor a nuevo. Mucha gente pretende estrenar bienes materiales para dar apariencia de que van con el mundo, y de hecho lo logran: ¡Giren autómatas del mundo!, estrenen un alma si pueden. “Todos los ídolos particulares se resumen y se superan en el ídolo supremo del mundo capitalista: el dinero” (Geometrías del deseo, R. Girard). Pero los hay quienes no tienen el estreno sino que, van por él, como en las funciones nuevas o inaugurales del cine o de algún establecimiento. Recuerdo el viejo ritual de quien estrenaba calzado, debía ser pisoteado luego de ser visto por primera ocasión, era la forma ejemplar de decir: ―Deja de sentirte orgulloso, eres como todos. Y algo de eso significó estrenar en griego: στρενος (strenos), orgullo, lujo (palabra que asumió una /e/ al inicio por un fenómeno denominado prótesis). Entonces parece que, el concepto retorna, hoy estrenar, es un lujo, un motivo de orgullo quizá. Lo anterior por parte de la lengua griega clásica, pero por parte del latín, estrenar es considerado un lujo, y como no ha de serlo si es un beneficio de pocos ser sumptuosus, (suntuoso, el sinónimo de estrenar en la lengua latina) o sea que guarda relación con lo costoso, con gastar. Estrenar cosas materiales es evidentemente trabajo del poderoso Caballero ―así nombrado coloquialmente a don Dinero―. En resumen, un señor Dinero les da para estrenar a pocos, mucho, pero es parte de las injusticias sociales y mentales que el hombre se hace. Así por ejemplo el hombre autómata estrena sólo cuando tiene dinero; a la muerte, la hacen santa; los santos, son benefactores, aunque no se crea en Dios, el amor, es menos poderoso que el sexo ocasional. No obstante, estrenar deseos, debe ser una tarea humanista y no utilitarista.