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Evolución humana y viajes en el tiempo (o de cómo terminé regañado en la iglesia –otra vez–)

Chessil Dohvehnain

Cuando era más joven, en la iglesia había una señora con la que no podías hablar sobre nada de ciencia. Siempre me regañaba y me advertía de los peligros de la evolución porque era idea de satanás, y se defendía diciendo que la humanidad tenía solo 6,000 años de antigüedad junto con el planeta y el resto del universo.

Sus argumentos no eran lo que me molestaba, sino el hecho de que esas discusiones las aprovechaba para criticarme por llevar el cabello largo, acusándome de que eso también era del diablo.

Al entrar a la universidad pensaba que con lo que aprendería durante la carrera sobre historia evolutiva, algún día volvería a la iglesia para consumar mi primitiva venganza adolescente y ganarle tan siquiera una discusión. Así que seguí investigando.

El 2 de mayo de este año la prestigiosa revista Nature publicó un texto en el cual se reveló al mundo que en el Sureste de Asia, en las Filipinas, se encontraron artefactos antiguos junto a restos de un tipo de rinoceronte ya extinto, cuya datación por métodos innovadores supone la presencia de ancestros de nuestra especie en ese lugar hace más de 700,000 años.

Tal conclusión se obtuvo en gran medida por la medición de la radiactividad natural acumulada en sedimentos y en un diente de dicho rinoceronte antiguo que vivió durante el Pleistoceno, esa época de historia salvaje de más de dos millones de años que terminó más o menos cerca del año 10,000 a.C.

Eso importante por dos cosas. Primero, porque implica que esos ancestros nuestros eran unos loquillos. No solo tenían su propia tecnología de piedra sino que además podían navegar o al menos cruzar grandes distancias marítimas para encontrar tierra. Y eso no cualquiera puede hacerlo.

Segundo, porque contribuye a llenar vacíos de nuestra historia evolutiva en términos de temporalidad. En los últimos años dicha historia se ha visto enriquecida por nuevos descubrimientos que juntos aportan más piezas sobre ese gran lienzo que somos como especie.

Por ejemplo, está el hallazgo de artefactos líticos cercanos a áreas de fogatas antiguas y restos de cráneos humanos en Marruecos, en el sitio arqueológico de Jebel Irhoud, documentado por Michael Greshko y National Geographic el año pasado.

A través del cálculo de la radiación natural acumulada en los artefactos de piedra (que al calentarse sus cargas eléctricas vuelven a cero e inician de nuevo), junto con otras técnicas complementarias se pudo fechar que los huesos pertenecían a homínidos que habitaron esa región entre los 280 y los 300,000 años antes del presente. O sea, 300,000 mil años restados a 1950 y que los sitúa en el periodo cultural africano de la Edad de Piedra Media.

Esto es aún más sorprendente porque el estudio anatómico de los restos encontrados sugiere que esos ancestros tenían características fisiológicas muy parecidas a las nuestras, los Homo sapiens sapiens, o “humanos anatómicamente modernos”. Pero a causa de la datación, se optó por denominarles “humanos modernos antiguos”, ya que oficialmente nosotros aparecemos hace unos 200,000 años, evolucionando de los Homo sapiens.

Y qué decir también de los restos del Homo naledi datado para esas mismas fechas. Se trata de otro ancestro localizado en la región de la Cuna de la Humanidad en Sudáfrica cerca de Johannesburgo, en las profundidades de un intrincado sistema de cuevas conocido como Rising Star (“naledi” significa “estrella” en lengua Sesotho).

Este último, hecho público hace un par de años, sugiere también por su tamaño corporal, cerebral y características que se trataba de una subespecie persistente que quizá evolucionó paralelamente a nosotros. Pero que además se cree que también practicaba el enterramiento de sus congéneres, algo que ha causado mucho debate.

Jugar con el tiempo: Evolution slap!

Aunque no se sabe con seguridad quién o quiénes pudieron fabricar los artefactos de roca que destazaron al rinoceronte en Filipinas hace setecientos mil años, se cree que fue alguno de todos nuestros ancestros vivientes por esa época. Y ese reto es emocionante. ¿Quiénes eran?

Para poner un poco más de contexto en la importancia de la profundidad en el tiempo de este hallazgo, imaginemos que tenemos un metro con todo y sus divisiones en centímetros frente a nosotros, en el piso.

Si cada uno de los centímetros de ese metro imaginario equivaliera a cien años, o un siglo, el metro entero contendría 10,000 años. En ese metro cabría toda la historia cultural llamativa que conocemos (Roma, Babilonia, China, Mesoamérica, etcétera), al menos desde nuestro presente hasta cuando se inició la agricultura. Sí, es mucho tiempo.

Entonces, ¿cuántos metros necesitaríamos para llegar en el tiempo hacia los días en que vivieron la Homo naledi o los ancestros hallados en Marruecos, hace unos 300,000 años? La respuesta es cerca de 29 metros lineales más, que ahora podemos imaginar puestos al junto a nuestro primer metro imaginario. Como podrás pensar, lector o lectora, es una distancia considerable.

Y toma más importancia cuando pensamos que nuestra subespecie (Homo sapiens sapiens), apareció hace cerca de 200,000 años. O sea, unos 19 metros más alejados de donde estábamos frente a nuestro metro inicial.

Ahora, ¿cuántos metros más necesitaríamos para llegar a los días de nuestros loquillos antepasados en Filipinas? La respuesta es otros 40 metros lineales más, para en total haber recorrido una distancia de 69 metros desde nuestro metro inicial. Lo cual, como podrás imaginar, ¡es una distancia en el tiempo bastante larga y profunda!

Si quisiéramos seguir viajando en el tiempo hasta el momento en que apareció el género de primates homínidos del cual surgieron especies como la nuestra, o los neandertales o el Homo habilis y erectus, habría que caminar otros 180 metros más, para en total haber recorrido 250 metros lineales en el tiempo, contando nuestro metro inicial, o nuestros primeros 10,000 años de historia reciente.

Entonces nos encontraríamos en el momento en el tiempo en el que nos diferenciamos de nuestros parientes lejanos Australopitecos. Momento en que surgieron los primates homínidos con las características físicas que nosotros heredamos y mejoramos con la evolución, como el caminar erguidos y en dos piernas, o el aumento paulatino del volumen de nuestros cerebros por medio de la nutrición y las mutaciones genéticas, entre otras.

Y si estás pensando “¡carajo, eso es mucho tiempo en metros para caminar!”, lo haces porque no haces ejercicio para correr esas distancias y porque también estás en lo cierto; es mucho maldito tiempo.

Nuestras vidas serían solo milímetros en un centímetro de uno de esos más de 200 metros de historia evolutiva. Y con seguridad muchos de nosotros ni siquiera alcanzaremos a vivir más de un centímetro de vida.

Pero lo interesante de este pequeño ejercicio es que nos da una idea de la importancia que tienen estos hallazgos paleantropológicos para la ciencia y para el conocimiento de nosotros mismos. Lo cual nunca dejará de ser emocionante e inspirador.

Sin embargo en todo esto hay una parte triste, porque cuando visité la iglesia de nuevo y vi a esa señora de la que te hablé al principio, discutimos lo más educadamente posible sobre lo que has leído aquí. Y ni así pude evitar que cuando terminamos, ella volvió a regañarme y me mandó cortar el pelo, dizque porque lo traía demasiado largo y eso era del diablo.

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