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Expropiación de la expropiación

Óscar G. Chávez

L a enorme bandera ondeaba suavemente sobre la enorme asta que la sostenía. Aunque es perceptible desde varios espacios al sur y poniente de la ciudad, me causó cierta sorpresa el verla izada ya que –aunque la idea al momento del levantamiento de la monumental asta, fue que siempre estuviera ondeando– desde hace tiempo no se veía en el sitio. Es dieciocho de marzo, me precisaron; después concluyó el diálogo con un aire de irónica reflexión que no alcancé a comprender en el momento: pero nada hay que celebrar ya.

Crecí en la comprensión del calendario histórico mexicano a diferencia de muchos estudiantes de mi generación –aunque también de anteriores y posteriores–, no en la tradición de la memorización letánica de las fechas, sino mediante la reflexión cuidadosa, precedida de emocionantes y bien elaboradas narraciones de los episodios históricos mexicanos.

Los seis años de la primaria tuve la fortuna de contar con excelentes profesoras que me indujeron por la senda de las lecturas de temática histórica. El crecer en un hogar de clase media, donde la supervisión de los tíos maternos –hoy debo decir también tías, ya que la cuota de género lo obliga– era generosa al recomendar algunos libros existentes en aquella casa de los abuelos, también permitió avanzar en el asunto.

Lea, lea todo lo que pueda, era la imperativa recomendación formulada de manera permanente por el abuelo que siempre predicó con el ejemplo. Ningún momento libre en su ruda e infatigable vida laboral, salvo los empleados para los alimentos, lo llegué a ver alejado de alguna lectura. Vienen al recuerdo aquellas tardes en que tras ascender por la empinada escalera que llevaba a su recámara, lo hallaba recostado sobre la cabecera de su cama, dormitando con algún libro sobre su rostro.

Uno de los primeros regalos de cumpleaños que disfruté a plenitud, fueron un par de álbumes de aquellos de estampitas coleccionables que me recrearon la vista de una manera perversa al saber que iban a pasar a mi propiedad. El acierto del abuelo paterno al colocarlos en mis manos fue más que evidente; ambos –al igual que el recuerdo de aquel momento en el jardín de la casa– han sobrevivido a tres cambios domiciliarios y se encuentran en algún entrepaño de la biblioteca personal.

Uno de esos álbumes cuyas estampas elaboradas artísticamente recrean la historia desde la aparición del hombre –en lo que hoy llamamos México– hasta bien avanzado el siglo XX, logró atraparme de una forma seductora, que recuerdo haberlo hojeado incansablemente durante días y meses enteros. Nunca me he preguntado cuánto tiempo empleó el abuelo en reunir la totalidad de las estampillas que fijó cuidadosamente en él. Nunca supe el por qué del regalo, cuando a otro de mis primos le eran obsequiados juguetes que generaban mi envidia absoluta. Nunca reparé si el agradecimiento formulado durante la entrega fue suficiente.

Lo cierto es que una de las pequeñas imágenes que más cautivó mis infantiles miradas, fue en la que aparece la Fuente de Petróleos que supe existía en la Ciudad de México en el cruce de Reforma y Periférico, y que había sido construida para celebrar la expropiación petrolera. Años después la volví a admirar en las monedas de cinco mil pesos acuñadas en níquel.

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La referida fuente constituye una de las más excelsas representaciones de la estética socialista mexicana; fue diseñada por el arquitecto Vicente Mendiola Quezada, mientras que las esculturas fueron realizadas por el escultor Fernando Olaguíbel Rozenzweig (el mismo de la Diana cazadora, de la que fue modelo Helvia Martínez Verdayes de Díaz Serrano); para su elaboración se emplearon más de diecisiete toneladas de bronce y alcanza casi los veinte metros de altura.

Eran los años en que ocupaba la presidencia Adolfo Ruiz Cortines; la regencia de la Ciudad de México era dirigida por el progresista sonorense Ernesto Uruchurtu Peralta. La visión del controvertido regente de hierro, hizo que la fuente –inaugurada el 18 de marzo de 1952– fuera diseñada para ser apreciada sin que ningún obstáculo visual la obstruyera. La sublimación de acto y suceso en metal y cantería, fueron conjugados artísticamente con el impacto óptico y espiritual a todos aquellos que la observaran.

Habían transcurrido catorce años exactos desde que el presidente Lázaro Cárdenas decretara la expropiación del petróleo. El orgullo nacionalista por el hecho aún estaba vigente; ciudadanos comunes lo recordaban como si hubiera ocurrido meses antes; los miembros de la esfera política cercana al poder lo mencionaban como un hecho de relevancia semejante a la batalla de Puebla, ocurrida un siglo antes, o de las mismas magnitudes que la promulgación de las constituciones de 1857 y 1917.

Cárdenas era concebido como uno de los grandes artífices de la nación moderna. Al día de hoy es lícito afirmar que al margen de la artificiosa retórica oficial, ningún presidente mexicano del siglo XX ha contado con los niveles de popularidad y aceptación que le han sido reconocidos al gigante de Tingüindín. Abundan desde luego los historiadores revisionistas y la crítica de la extrema derecha quienes pugnarán por reducir el enorme zócalo sobre el que se ha colocado su imagen; ciertamente fueron abundantes sus yerros políticos y administrativos, sin embargo su actuar lo ha colocado en el justo sitio histórico que le corresponde.

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Pocas fechas en el copioso calendario cívico nacional han alcanzado la relevancia que el 18 de marzo de 1938 ocupa en el imaginario de los mexicanos. El trasfondo no es sólo la ejecución jurídica de un decreto que devolvía la posesión del elemento petrolífero a la nación. Implica también el desafío que mediante la acción se efectúa sobre los intereses de dos de las principales potencias mundiales en ese momento; y no podemos pasar por alto el hecho de haber logrado contar con el respaldo de la mayoría de los mexicanos, independientemente de niveles económicos y culturales.

Un acto de esa magnitud ha logrado subsistir hasta el día de hoy; no sabemos sin embargo hasta cuándo. El día de ayer fue posible dar lectura a diversas noticias y columnas de opinión que abordaron el tema desde la óptica del recuerdo o desde la de la crónica periodística que narraba los actos realizados para conmemorar el suceso.

Adolfo Gily publicó un texto en La Jornada –dedicado solidariamente a Carmen Aristegui–, en el que realiza una puntual crónica de los acontecimientos aquel viernes 18 de marzo de 1938: El viernes 18 de marzo Cárdenas anotó en sus Apuntes estas pocas líneas: “En el acuerdo colectivo celebrado hoy a las 20 horas comuniqué al Gabinete que se aplicará la ley de expropiación a los bienes de las compañías petroleras por su actitud rebelde, habiendo sido aprobada la decisión del Ejecutivo Federal. A las 22 horas di a conocer por radio a toda la Nación el paso dado por el Gobierno en defensa de su soberanía, reintegrando a su dominio la riqueza petrolera que el capital imperialista ha venido aprovechando para mantener al país dentro de una situación humillante.”

Cárdenas no registra discusión alguna en esa reunión: simplemente, poco antes de leer el manifiesto redactado por Múgica, comunicó al gabinete que sería aplicada la ley de expropiación y su decisión fue aprobada. El decreto de expropiación fue redactado mientras el Presidente leía el mensaje a la nación. En su formulación participaron el secretario particular del Presidente, Raúl Castellano el secretario de Hacienda, Eduardo Suárez, el jefe del Departamento del Trabajo, Antonio Villalobos, y el consejero de la Presidencia, Enrique Calderón.

Era viernes en la noche. El Presidente mexicano había ganado un fin de semana de ventaja. En sus cálculos entraba la sorpresa, y por lo tanto una respuesta más lenta que lo necesario de la otra parte. El anuncio, en efecto, tomó desprevenidos a los corresponsales extranjeros, a las embajadas y a los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña.

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La ventaja lograda por Cárdenas en aquel momento, hoy ya no existe; pareciera que la nación y sus integrantes nos encontramos frente a una ausencia total de ella. Sólo hay desventaja de la ciudadanía frente a las alianzas partidistas que se han ocupado destruir totalmente el legado cardenista.

Nos encontramos frente a la pérdida total de la propiedad nacional del bien; ésta no existe más. Un asqueroso poder legislativo ha entregado su posesión a intereses extranjeros respaldados e impulsados desde la corrupta y distorsionada institución que es la presidencia de la República.

A manera de formulismo en el que imperó el cinismo autocrático característico de este sexenio, el titular del Ejecutivo presidió el acto conmemorativo en el municipio de Paraíso, Tabasco. Como rúbrica de corte subliminal, estuvo acompañado por el nefasto y corrupto líder del sindicato petrolero, y por los titulares de las secretarías de Marina y de la Defensa, a quienes reconoció su papel en la salvaguarda de los petroleros y del patrimonio nacional (¡?). Burla total al pueblo de México y a la memoria del artífice del hecho.

La conciencia histórica desaparece; pocos enfrentan con energía cívica a los artífices de la dilapidación del patrimonio nacional. Nos encontramos a merced de un engranaje político que se regodea en promocionar su imagen de estado benefactor y comprometido con las causas sociales. Nada más alejado de la realidad en la que imperan el descontento y la desigualdad.

La festividad cívica del 18 de marzo hoy se tambalea; se diluye frente a un ente estatal que poco a poco se apropia nuevamente y de una forma abusiva, corrupta y violenta de la esencia nacional. Nada hay para conmemorar, han expropiado nuestra expropiación.