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24 diciembre, 2014
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Fantasmas de Navidad

 Óscar G. Chávez

A Pablo y Conrado por aquellas cacerías de libros, más las que vienen;
a Salvador Espinosa, por la precisión del sugerente dardo.

L a bien templada voz del guitarrista acompañaba sus propios acordes; la letra me atrapó por el contenido y el sentimiento con que era interpretada: Diciembre me gustó pa´ que te vayas, que sea tu cruel adiós mi Navidad, no quiero comenzar el año nuevo, con ese mismo amor que me hace tanto mal. Ciudad de México, primera calle de Edison y Eje de Rosales –Eje Uno Poniente, dirían aquellos modernistas atrapados por la intrascendente nomenclatura numérica-, colonia Tabacalera.

Eran los primeros días de diciembre de 2003, me dirigía a la casa de Ricardo Pérez Escamilla, el gran conocedor y coleccionista de arte mexicano; el objetivo de aquella visita, al margen de saludar al amigo y atender su invitación a almorzar, era consultar su impresionante biblioteca especializada en el mismo tema. Ninguna como aquella, decían los investigadores de la materia.

Los nacimientos mexicanos era el tema que en aquel momento me obsesionaba; debía preparar un escrito para entregarlo a más tardar el cabalístico día trece. Traía en mente, y de ahí derivó todo, una estampa de corte mexicanista que había conocido el año anterior en casa de un amigo ya fallecido; era una representación de la huída a Egipto. Muchas alegorías mexicanas daban un toque cálido e inocente; era una punta seca en sepia realizada magistralmente por Salvador Gómez Eichelmann.

La canción de José Alfredo Jiménez me obligó a detenerme; sus letras al igual que las de Lara son parte del cúmulo de datos almacenados inútilmente en mi memoria. Mientras observaba como tañía la guitarra, repetía la canción de memoria; hubiéramos podido hacer un buen dueto. Tengo -dice mi querido amigo, el tenor Fernando del Castillo- una segunda natural; ni idea que sea ésa, pero suena interesante y me hace suponer que no canto mal las rancheras.

Los altos decibeles del tráfico matinal de aquella catastrófica intersección vehicular -Rosales, Reforma, Edison y Bucareli- no apagaban la voz del trovador popular. Mucho me recordaba a Chema Tamales (pintoresca creación de César Berra), personaje central de los cancioneros Picot. Frente a mí el edificio El Moro, de la Lotería Nacional; y a un costado, un tendido de libros en el que no había reparado por la absorta contemplación que hacía de mi rapsoda urbano. Algo habría allí.

La tamalera de la esquina que parecía una fiel réplica de la Caralampia Mondongo, de Posada, pidió a su modo un encoré al que el guitarrista respondió tundiendo las notas del caballo aquel que siguió pa Caborca y por Mexicali sintió que moría, subió paso a paso por la Rumorosa, llegando a Tijuana con la luz del día. Ni las montañas de la heterogénea topografía nacional escaparon de la musicalización de José Alfredo.

Las montañas, alcancé a leer en el desordenado montón de libros de mi derecha; me olvidé un poco del corcel blanco y en cuadrúpeda posición me puse a escarbar en aquella pequeña montaña de papel. Estaba entre mis manos la primera edición -sí, la de 1871- de La Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano. Vi de soslayo que nadie pudiera notar mi desenfrenado interés en el libro; me dispuse a negociar, coloqué imaginariamente la kipá sobre mi cabeza y pregunté el costo de la joya que me hacía sudar de desesperación. La práctica me había enseñado a ocultar las emociones, sin embargo temía que la psicología nata de aquel vendedor con ciertos rasgos afines a Chepito el Marihuano, pudiera analizarme.

¿Cuánto por este librito, maestro?, dice montañas, ¿es de geografía? A ver -y comenzó un lento hojeo que me pareció tan eterno como una manda de rodillas por la Calzada de los Misterios- ¡Uta éste resultó un expurgador que me va a pedir la corona de la virgen de Balbanera!, pensé en silencio. Dame 150 carnalito, es calidad, tú sabes. ¡Chale, maestro, no te ensañes! Además busco de geografía y éste sabrá de qué sea, me interesa por el título, nomás. Pónle un treintón más el ciego, ¿va? Y eso para hacer la cruz. ¡No maestro, andas muy arriba, y la cruz no llega si la haces crucificando al prójimo; se buen cristiano, bájate más! Dame el ciego y es tuyo. Saqué de dedito -dicen en el argot librero- el billete de cien. Ochenta, pa darle veinte al José Alfredo, ¿te late? Rascó con desesperación su brillante calva, iluminada por el sol del oriente. No me castigues, padre, ni que lo fueras a llevar a comer; dame 90. ¡Saz!

La moneda de diez pesos -el diego– fue a parar en el botecito de Clemente Jaques que colgaba de la guitarra, de la que ahora salían las dolorosas y etilizadas notas de Mi tenampa. ¿Cuál cariño es el que dices, que te di con toda el alma? ¿Cuándo abriste tú conmigo las persianas del Tenampa? ¿Tú que sabes de la vida, de la vida entre pasiones? tú cuando oyes un mariachi, ni comprendes sus canciones.

Doblé presuroso por la calle de Edison, el departamento estaba a pocos pasos; elevador, primer piso, departamento 201. Ahí estaba Ricardo, ¿cómo está mi amigo que viene de San Luis sólo a para chingarme? el abrazo de rigor. La plática sobre el viaje y la cartelera cultural de la semana; el accidente ortopédico de Guillermo Tovar de Teresa. Los vaporosos tamales oaxaqueños, los obscuros frijoles refritos con comino y epazote, el jugo de naranja y el café, desaparecieron de la mesa. Los nervios producidos por la voraz compra, me hicieron devorar con fruición.

Vino la revisión de libros y el discurso analítico sobre las representaciones gráficas del nacimiento mexicano. En un punto angular de la sala, cercano a una caja fuerte -decorada con paisajes- de la Notaría número uno, que había sido de su padre, había un nacimiento de talla y estofado. Es del siglo XVII, lo compré en la galería de don Paco de la Granja [Francisco González de la Fuente, propietario del Bazar La Granja]; apenas empezaba yo en esto, pero fue una buena compra. Por cierto Ricardo, acabo de comprar este librito. Mi amigo, siempre generoso, me lo vas a regalar. No, pero si encuentro otro, queda prometido. ¡Sí! Ya conozco esas promesas. ¿Vamos el domingo a la Lagunilla e invitamos a Monsi? Vamos Ricardo, paso por ustedes.

La desesperación por revisar mi nuevo libro me hizo recluirme en mi habitación. La obra de Altamirano la había leído cerca de los diez años, luego vendrían El Zarco y Clemencia; el gusto por esas novelitas me obligaron continuar con Calvario y Tabor, de Riva Palacio. Pensar en navidad, era evocar la vida de aquel maestro rural acosado por el irracional y voraz clérigo de un pueblo; y su posterior rescate, en peligro de muerte, por un efusivo y paternal párroco de ideas liberales.

Sin embargo, no entré al conocimiento literario de la Navidad mediante la literatura mexicana; fue A Cristmas Carol. A Ghost Story of Christmas, de Charles Dickens, la obrita que me hizo conocer las vivencias navideñas del avaro prestamista Ebeneezer Scrooge y una familia de clase media baja, en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX. Los fantasmas de la navidad; ésos que en algún momento persiguen.

A pesar de la diferencia de contextos y su similitud en el rescate del relato costumbrista, las dos obras plasman la manera en que familias de modestos alcances celebran la tradicional fiesta de navidad dentro de sus respectivos contextos. Sin embargo en ambos casos, en una encarnada por el usurero londinense y en otra por un codicioso párroco de pueblo, estarán presentes las mezquindades inherentes al actuar humano.

Los aparentes vientos decembrinos de armonía y bienestar que traen estas festividades, no serán de los mismos alcances para todos. Habrá quienes los sorteen desde las posibilidades que les permitan sus modestos salarios; pienso en los obreros de la zona industrial; en los trabajadores de limpia del Ayuntamiento; en los burócratas municipales y estatales; en los empleados federales –entre ellos a los que Conaculta retuvo salarios y aguinaldos–. Felicidad por una noche; tamales, atole y ponche.

Pienso de la misma manera en aquellos representantes populares, léase legisladores del Congreso de San Luis Potosí, que se autorizaron un aguinaldo de casi 300 mil pesos, o como dijeran cínicamente ellos mismos: 209 mil 500 pesos, ya sin impuestos. Cantidad aberrante, si consideramos que a un senador de la república recibió la cantidad de 159 mil 664 pesos.

Así, nos encontramos que en todo el país la sociedad potosina es la que mejor gratifica a sus legisladores. Éstos se rasgan las vestiduras fariseicamente al hablar de lo que el poder ejecutivo desembolsa en nóminas de burócratas estatales, sin embargo parecen no considerar el gasto que su parasitario desempeño causa a las finanzas públicas. Coloquialmente dicho, los diputados de San Luis Potosí, son los mejor pagados en todo el país; podemos pensar entonces en su flamante desempeño.

Aquí se evidencia una vez más la presupuestívora inmoralidad de estos personajes; no en balde son tan codiciadas las curules locales. El deslucido y vergonzante papel que han mostrado a lo largo de su gestión legislativa, debería impedirlos moralmente para recibir estos emolumentos. No hubo distinción de partidos, todos por igual, y sin ninguna objeción en lo particular, aceptaron sin mayor recato aquello que les corresponde por ley. Acertadamente lo retrató el magistral J. Carmen García Vázquez: la ideología los separa y el presupuesto los reúne.

Ni los católicos principios de Acción Nacional, ni los revolucionarios ideales del PRI, o las sociales ideas de izquierda del PRD, fueron obstáculo para que se embolsaran cínica -aunque discretamente-, las vomitivas cantidades producto de la calidez que proporciona su asiento. Aquí Chógono no reculó, ni Miguel Maza objetó; Eugenio Govea finalmente halló un bono, aunque no de marcha ni de retiro. Dineros públicos que nadie rechaza.

Ignoro cuáles serán sus formas de festejar las navidades, ignoro cuáles serán los regalos que hacen a sus familiares; sin embargo no ignoro que son realizados con el producto de la rapiña legislativa, aquella que está vedada para los ciudadanos de cédula cuarta. No sé si tengan carga moral alguna, supongo que no la conocen, pero lo que sí sé es que los estigmas de truhanes, falsarios, y amorales, nunca podrán desvincularlos de sus rostros deformados ya por la ambición y el poder. ¿Tendrán navidades sin fantasmas?

Hace unos meses me fue obsequiado generosamente por su autor, el grabado de aquella escena de la huída a Egipto; una María y un José que angustiados protegen a su hijo, llevando apenas los más elementales enseres que la urgencia les permitió. Curiosa escena si pensamos en esos legisladores que todo les permitimos tomar; y que más tomarán el día que huyan. ¡Feliz Navidad!

#RescatemosPuebla151