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Fausto en días infaustos

Óscar G. Chávez

A Roberto Naif Kuri,
por la imposible resolución del reto.

D e entre los múltiples pecados de juventud que practiqué sin empacho en algún momento en que rondaba los 13 años, fue el de la acumulación copiosa de libros poco recomendables para un niño que dejaba de serlo. De entre esos libros aún conservo algunos, más que por el valor afectivo por constituir un ejemplo de literatura de corte historiográfico de alcance popular, que recopilan testimonios propios de una época. Aquellos que nos encontramos insertos en una época en que el ferrocarril era medio de transporte habitual, recordaremos que dentro de la estación –situada al norte de la Alameda Juan Sarabia– del tren que corría a Tampico y Aguascalientes, existió una pequeña tienda en su lado izquierdo, opuesta al acceso principal del restaurante; en ella se expendían toda clase de recuerdos para el viajero que abandonaba la ciudad mediante este medio de transporte.

En ella misma, para esparcimiento del pasajero del ferrocarril, montados sobre exhibidores giratorios de alambre blanco se encontraban a precios bastante módicos los libros de bolsillo editados por La Prensa y conocidos coloquialmente como Populibros. Éstos –que son a los que hago alusión al inicio del texto– presentaban temas de lo más variado y opuestos radicalmente entre ellos; así nos podíamos encontrar con La vida de los termes, o El batallón de San Patricio, de Patricia Cox; La tropa vieja o El mundo de los castores; El secreto de Sor Juana o El carretero de la muerte; libros que ejercieron cierto atracción sobre mí. Nada sabía en aquellos años de autores, eran simplemente temas que me cautivaron y que por lo bajo del costo, era imposible no adquirirlos. Era el inicio de la biblioteca personal.

Cuatro títulos me permitieron conocer la escatología del pueblo mexicano, saber del horror de sus cárceles e impactarme por la injusticia y corrupción con que opera su sistema de justicia; admirarme por la sagacidad de sus policías honestos y detectives incorruptibles, y emocionarme por las aventuras de sus criminales. Supe de un México, que pensé sólo existía en relato. Así y a escondidas del inquisitorial y fiscalista aparato familiar, eludiendo siempre los severos expurgos librescos de madre y tías, y bajo la complicidad generada por el cariño  que a la lectura profesó el abuelo; pude en medio de adrenalínicos episodios, introducir a mi recámara Los huéspedes de la Gayola y su secuela La mansión del delito; Por la senda del crímen; Jueces y verdugos; Crímenes espeluznantes y La derrota del Capitán fantasma. Títulos de contenidos nada ortodoxos escritos por David García Salinas, a quien su casa editorial llamó cronista de las prisiones de México.

Vinieron luego otros títulos sugeridos por el propietario de aquella miscelánea, del cual no recuerdo el nombre, pero que por la amistad trabada a partir de las furtivas compras, en dos ocasiones me invitó a su casa ubicada por el rumbo del estadio. Manuel M. Ponce, la calle; el autor de Estrellita, me indicaba en todo momento mi proveedor. Estas dos nuevas adquisiciones eran de autores potosinos, aclaró el letrado tendajero, se trataban de Así asesinaron a Trotski, del general Leandro Sánchez Salazar –el mero jefe del Servicio Secreto, me decía–, y Vida y muerte de Kennedy, de Fausto Zapata Loredo –periodista que llegó a Senador, me ilustraba el hombre–. Nunca pagué más de cinco pesos por dos libros; más el gaseoso Barrilito de limón, de regalo, que mientras bebía con ansiedad me decía su esposa que me lo invitaban porque les caía en gracia mi plática.

Eran tiempos en que se compraban buenos libros por poco dinero; tiempos raros para que un niño platicara con una pareja mayor, que bien podía ser de la edad de sus abuelos. El tren partió a Venado y sobre los asientos transversales y paralelos al vagón; entre gallinas, puercos, costales de ixtle con frijol o maíz, y canastas de gordas de cuajada o escurrientes de nauseabundo suero de quesos, supe de la vida de Kennedy y llegué a odiar a Oswald, su asesino. Nada me decía el nombre del autor.

Mi adicción a las  redes sociales, concretamente el tuiter o trinador, como le llamamos      un grupo de amigos –que de vez en vez nos reunimos en un café de la Ciudad de México, de las calles Tres Cruces y Miguel Ángel de Quevedo–, me invita de manera recurrente a buscar nuevas noticias que me permitan tener temas para los trinos formulados durante una jornada en éste ya no tan novedoso modo de intercambio de ideas y semillero de amistades.

La noche del día 15 supe de la muerte del ex gobernador de San Luis y de inmediato traté de buscar otros trinos que abundaran en el tema; nada había a este momento, salvo una nota del ingeniero Roberto Naif Kuri, vocero del gobierno estatal, en la que señalaba: La Historia Matria, está obligada a reivindicar a un potosino excepcional como lo fue Fausto Zapata Loredo. Esta [sic] en deuda con él. QEPD.

Vinieron de inmediato a mi recuerdo los días de septiembre de 1991, en que se dieron los resultados del proceso electoral anterior en que el hoy fallecido se imponía en aplastante victoria sobre el candidato opositor Salvador Nava Martínez. Supe de su toma de posesión en el auditorio Miguel Barragán, mientras caminaba sobre la calle de Nereo Rodríguez Barragán a la altura de los cines Gemelos. Un walkman Sony, de fayuca, fue el medio que me permitió conocer la noticia.

Días convulsos siguieron a la toma de posesión; nadie que los haya vivido en esta ciudad podrá olvidarlos. El enfebrecido clamor de un grueso sector de la sociedad potosina, hizo suyo el reclamo opositor a lo que consideró una elección de estado derivada de una imposición del centro. Crimen contra la democracia.

Las manifestaciones de repudio contra el alfil del salinismo cobraron fruto; Fausto Zapata presentó licencia luego de catorce días de permanecer en el cargo. Vino luego –por mandato presidencial– la renuncia definitiva. Ya para ese tiempo, yo conocía la biografía y trayectoria política del periodista llegado a gobernador; al margen de su trayectoria dentro de la burocracia nacional, las embajadas de China, Italia y Malta, y diecisiete condecoraciones impuestas por gobiernos extranjeros abultaban sus laureles. Currículo que no impresionó para nada a los potosinos que siempre lo consideraron un desarraigado; potosino sólo por acta de nacimiento.

Poco se supo después de la renuncia del personaje; nunca volvió a San Luis Potosí, salvo aquella ocasión en que fungiría como uno de los presentadores del libro La Herencia, de Jorge G. Castañeda. En aquella ocasión un grupo de navistas se apostó en las puertas de la Casa de la Cultura, donde tendría lugar el evento, para impedir su entrada. Nunca entró, nunca llegó.

A 23 años de los hechos que obligaron a Zapata a dejar la gubernatura potosina, la capacidad de análisis y reflexión, derivada de los procesos de aparente civilidad política que han vivido el estado y la ciudad, no pareciera verse muy modificada ni distinta a la que se formuló en aquel momento. Pese a las aguas apaciguadas sigue siendo considerado como un alfil del salinismo, que aceptando jugar mediante las perversas reglas impuestas por el escabroso priísmo tradicional, no dudó en actuar de manera criminal contra las exigencias democráticas de una sociedad que sólo se concretó a exigir respeto a la elemental dignidad humana y a defender mediante la lucha cívica, su derecho a la democracia.

Un testimonio otorgado por el presidente de uno de los comités distritales encargados del escrutinio electoral señala de manera fehaciente la existencia del fraude en las urnas. Sus comentarios, más cercanos a la confidencia del amigo que del ex funcionario, mencionan irregularidades permanentes en el proceso: ausencias de representantes del comité electoral resueltas el mismo día de la elección mediante actas en las que se falsificó su firma; intromisiones permanentes de Juan Ramiro Robledo, presidente estatal del PRI; oficios apócrifos con nombramientos de funcionarios. Tras las elecciones en las que Nava ganaba en votación urbana con el 1.7 a 1 de Zapata, la recepción de paquetería del área rural –presentada al jueves siguiente– mostraba abultados sobres sin actas de instalación, cierre y escrutinio; pocas fueron las que presentaban la documentación en regla.

La invalidez de las actas señalada repetidas veces por el confidente, fue respaldada por unos cuantos; sólo algunos consejeros como José Luis Lozano y el doctor Aldo Torre F., respaldaron la solicitud de nulidad. Así, se dio entrada a gruesos sobres que en un 90 o 95 por ciento, aseguraban el triunfo del PRI.

Si en San Luis que había más control hicieron estas marranadas, imagina en lugares como Tampamolón o Tamazunchale –concluye–. Claro que hubo fraude, fue elección de estado.

Eduardo Martínez Benavente, uno de los principales actores de la política potosina y críticos permanente de las perversiones del sistema, en aquellos años representante legal del navismo frente a las instancias electorales, no duda en señalar que el triunfo de Fausto Zapata fue producto de una elección viciada, en la que Salinas y la cúpula priísta decidieron imponer a como diera lugar al candidato oficial.

De igual forma afirma que la posterior renuncia derivó de que Zapata careció del oficio político para mantenerse contra viento y marea frente a un pueblo que había cerrado filas contra la imposición del centro. ¿Hubiera logrado concluir su sexenio, pese a la inestabilidad que enfrentaba? No hay calentura que dure seis años, seguramente hubiera comenzando instalando la sede de poderes en otro municipio, pero después hubiera acabado renunciando.

Poco se puede argumentar contra testimonios y revelaciones de este tipo. Sin embargo no son éstas las que determinan la trascendencia de un hombre en el contexto histórico en el que le tocó vivir. No es la historia local la que tiene una deuda con Zapata, tampoco es ella quien está obligada a reivindicarlo.

Digo a Roberto Naif, no es la historia juez, como tampoco es ella quien incrusta a los seres humanos dentro de sus horizontes; es el mismo ser humano, el personaje, quien como actor social y producto de su momento histórico, se incrusta o no dentro de ella. Somos los mismos hombres, los que hacemos la historia; por tanto en el sentido de la historia local –matria como él la llama–, serán los propios potosinos quienes emitan juicios favorables o contrarios al actuar de Zapata dentro del contexto en el que él decidió actuar como personaje central que acabó fuera del margen.

Así, Zapata podrá ser un potosino excepcional dentro de la concepción muy particular del ingeniero Naif Kuri; sin embargo para la presidencia vertical y autoritaria que lo supo utilizar hábilmente no lo fue. Por el contrario, como dijo Martínez Benavente: para Salinas fue desechable y lo desechó.

#RescatemosPuebla151