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Fiar mi cuerpo

Luis Ricardo Guerrero Romero

“La fe en la inmortalidad es irracional. Y, sin embargo, fe, vida y razón se necesitan mutuamente” (Miguel de Unamuno). Cerré mi diario citando estás líneas que alguna vez había grabado en mi memoria desde la edad temprana de un colegial, n había duda alguna de lo terrible que era para mí soportar fiar mi cuerpo a un ente desconocido. Los médicos aturdidos por sus labores clínicas y cargas administrativas sólo hacían alarde de sus conocimientos científicos cuando estudiaban mi caso, en mi familia, se respiraba un clima oscuro y de sospechas por el futuro. Jamás jugué a la ouija, ni hablé frente al espejo con velas encendidas, nunca tuve ni la mínima intención de colgar un libro con el hilo y las tijeras para preguntar cosas de muerte, lo único que sí llevé a cabo y sigo realizando son mis sesiones espiritistas, pero no mato animales, ni invoco profanas deidades, es por hobbie, es un entretenimiento dominical y nada más, será por eso que los médicos me diagnostican epilepsia y el médium con el que asisto dice que encarno un tipo de morbus sacer, a decir verdad según la historia clínica de la epilepsia, así era llamado tal padecimiento, con otras denominaciones como: morbus divinus, o de hércules, ya que el cuerpo parece ser poseído por una fuerza extra normal, y de algún espacio recóndito de mi ser, se despierta la furia y las lenguas más antiquísimas del planeta hablan a través de mí. Prefiero no creer en eso que los médicos me han dicho, he optado por dudar de las nociones del médium, ahora decido que estas conexiones con las lenguas hebraicas y arameas, sánscritas y sajonas, no son otra cosa que las interconexiones del universo con mi yo supremo, y esta fuerza sobrenatural que de mí se fía, una muestra de que en cada hombre existe un pequeño dios que todo lo puede. “La fe en la inmortalidad es irracional. Y, sin embargo, fe, vida y razón se necesitan mutuamente”. Abrí mi diario para escribir estas líneas que de algún lugar llegaron a mi mente y me dispuse a hablar en otras lenguas, con otra gente que quería ayudar a que dejase de escribir en mi diario, argumentando que ningún diario tenía, y que no era necesario seguir escribiendo sobre mi piel escarificada.

Nada de locura tiene nuestro anterior personaje, ya hemos oído sobre la pasión que en el hombre habita por la locura de fiar, debido a que fiar es una empresa tan cotidiana en todos, a veces pasa desapercibida cometiendo los más graves delitos, o las más nobles acciones. Fiar es confiar, no hay discusión ante eso. Al personaje anterior víctima de algún tipo de morbus sacer, se le confiscaba su cuerpo, todo su ser por decisiones del fiar. Aunque en otros contextos la palabra fiar nos suene a terminología mercantil o de ventas, ésta va más allá de los letreros: “hoy no se fía, mañana tampoco”, escrito con seguridad por algún dios que sabe que habrá un mañana. Fiar es un verbo del que se debe desconfiar, pues según sabemos éste tiene su registro en la lengua latina: fides, hacer creer algo, una suerte de persuadir; en este sentido las religiones son desarrolladas en la persuasión, fiar es entonces, creer en algo o alguien sin saber qué o cómo, sólo fiar, una especie de posesión paranormal, que se vive y se entiende únicamente desde el individuo creyente o quien vive ese fiar, tal fue el caso de nuestro personaje poseído por un padecer tan antiguo, y el cual se confundía con su ser mismo. Con acierto elevado E. M. Cioran indicaba: “Es religioso quien puede prescindir de la fe, pero no de Dios”. En una enfermedad cualquiera, se fía el cuerpo al malestar, así, persuadido sin saber por qué, no podemos luchar contra algo que está dentro del ser, cuando un dolor de cabeza nos instiga, no es a la cabeza a quien posee, sino a todo nuestro ser: “la enfermedad es el modo que tiene la muerte de amar la vida” (Cioran). Fiarse de los sistemas religiosos o políticos, es el modo que tiene el hombre de amar a la muerte.