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Flash

Óscar G. Chávez

Con periodicidad impostergable llega a mi correo de yahoo, en formato PDF, un boletín electrónico llamado El hijo del Cronopio. Al parecer, y si la memoria no me falla, lo recibo desde hace casi diez años; el último número llegó ayer un poco después de las 19:30, pero lo mismo puede llegar en el transcurso del día, que en las cercanías de la media noche.

El boletín ayer recibido viene marcado con el número 1391; el poco cuidado que pongo en estas cosas no me permite recordar si su llegada, y por consiguiente elaboración, se da de manera mensual, quincenal, o semanal. De ser mensual han transcurrido 115 meses desde que se inició, o sean más de nueve años; si lo es quincenal han trascurrido 230 quincenas de su publicación, y si su aparición fuera semanal, ocurre desde hace 432.

Después de mis brillantes y complicados cálculos matemáticos, ya que las matemáticas nunca han sido parte de mis habilidades, descubrí que en el cuarto renglón de los créditos del boletín se señala que su publicación es semanal. La cuestión es que el boletín, que en algún momento apareció de manera impresa, lleva ya una vida considerable dentro del entorno cultural potosino.

El boletín se denomina de cultura científica del Museo de Historia de la Ciencia de San Luis Potosí, Casa de la ciencia y el juego, y aparece como su editor responsable el físico José Refugio Martínez Mendoza, que supongo debe ser un señor que no duerme, luego de graficar los horarios de recepción, y por consiguiente emisión, del boletín electrónico. Además es físico, bueno.

Mentiría si dijera que leo el boletín en su totalidad, creo que no hay un número que hubiera leído completo, ni siquiera uno de allá por el año 2006, en el que se me publicó un texto sobre el doctor potosino Gregorio Barroeta Quintero. Soy honesto, las ciencias exactas no son, ni fueron, ni serán lo mío. Sin embargo debo reconocer que no todo son ciencias duras en torno a este boletín, en él he leído lo mismo sobre naves espaciales y nebulosas, la compleja teoría del sonido trece de Julián Carrillo, lanzamiento de cohetes espaciales en San Luis Potosí, elaboración de bebidas espirituosas, flora y fauna del entorno, e incluso cápsulas y verdaderas ponencias sobre historia de la ciencia en San Luis Potosí.

Bástenos ver el último número para especular sobre sus contenidos: en la sección Que suene la huapangueada, aparecen las décimas No dejemos sucumbir, de la autoría de Memo Martínez; en Galería, Año internacional del Entendimiento mundial y Año internacional de las legumbres 2016 –supongo que respaldando la onda vegana–, en Letras y voces del Altiplano, Cinco de enero, texto poético, que igual pudiera ser musical, de Alejandro Mora, bien luego la tercera parte de Botella al mar, cuento del Dr. Barbahan; en Cotorreando la noticia, Leyendo la mente de las moscas y Monos que perciben los tonos; en El cabuche (crónicas de la Facultad de Ciencias), Cuando el Maik perdió el aquellito; y en Observatorio filosófico, Los jóvenes hablan sobre filosofía mexicana, reseña de un libro coordinado por la doctora María del Carmen Rovira Gaspar (a quien tengo muy presente en su casa de la colonia Nápoles, en la Ciudad de México) y Andrea Mora Martínez.

De todo hay en la viña del señor, de todo hay en El Hijo del Cronopio, y supongo que un poco más que ese todo, debe haber en la mente de su redactor, el ya mencionado Refugio Martínez, a quien debe ser complicado imaginar siquiera. Como sea, no es como lo pudiéramos imaginar, aunque seguro es locuaz como cualquier físico y como cualquier hombre brillante.

Recientemente el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, publicó en su revista un artículo sobre la trayectoria académica de Martínez Mendoza, quien cuenta con un notable currículum como catedrático e investigador de la UASLP, difusor de la ciencia, e impulsor motu proprio de actividades alternas dentro del mismo rubro.

Pocos imaginaríamos que atrás de este SNI II, existe un personaje con la capacidad para colocarse un atuendo de Flash y llevar a los niños de la mano por el infantil mundo de las ciencias; tampoco podríamos imaginarlo en un conocido bar de la ciudad, interactuando con otros personajes de su especie, y tratando de explicar la ciencia en torno a espumeantes cervezas y espirituosos elíxires de alto octanaje.

Conocí al doctor Martínez –al que no me atrevo a llamar Flash– hace un buen número de años; tuve la oportunidad de invitarlo, durante mi tránsito por algún museo la capital, a montar una exposición de corte científico con curiosos aparatos rescatados de los restos de los laboratorios del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí. Llegué a sentirme en aquellos momentos como entre una especie de  laboratorio franquesteineano o de odisea a Burbujas; y al margen de mis temores de ser absorbido por algún túnel del tiempo, la exposición fue un éxito.

Hago recuerdo de ese trabajo en conjunto, porque desde entonces y más atrás, siempre es común ver a Flash enredado en extraños proyectos de todo asunto que se relacione con extraños aparatos y complejas fórmulas o incomprensibles leyes físico-matemáticas, que se empeña en hacer llegar a los niños con la ilusión de que las reciban como si fueran vistosos regalos decembrinos, o a los adultos como si fueran el obscuro objeto del deseo más anhelado.

Hacer alusión al doctor Martínez, al Flash para los cuates, es aludir a un personaje comprometido no sólo con su persona, vocación y pasión, sino también con la UASLP,  institución que ha posibilitado parte de su trascendencia académica; con el entorno local y los que en él vivimos. Flash, en sí, puede ser la síntesis de una serie de personajes del mismo tipo y nivel que han hecho un verdadero apostolado de su tránsito por esa casa de estudios.

Cuando el año pasado la casi saliente legislatura consideró, según el limítrofe entender de los diputados, otorgar la presea Plan de San Luis al rector de la Universidad, señalé en repetidas ocasiones que la trayectoria del arquitecto es la de cualquier académico universitario que ha logrado verse beneficiado con un cargo administrativo de primer nivel, y que tras del prestigio de la UASLP, que no es el rector el que lo construye, había una serie de catedráticos comprometidos de manera constante con los procesos que han contribuido a incrementar la reputación de la institución. No es pues el rector quien hace a la Universidad, sino esta serie de catedráticos que pasan casi desapercibidos, y a los que en muchas ocasiones se les regatea el mérito, incluso por los mismos directores de sus facultades respectivas.

Que el reconocimiento que en esta ocasión hace Conacyt al Flash, sea una muestra de que a los verdaderos universitarios no los mueve la búsqueda de preseas oropelescas, otorgadas y retiradas al vapor por ignorantes diputados, es la simple pasión por compartir parte de sus conocimientos y así contribuir a crear una mejor Universidad.