¿Y las brujas?, muy contentas; no habrá cacería
9 octubre, 2015
Mis soldados
9 octubre, 2015

Galería de víctimas sociales

Ignacio Betancourt

S i en general se sabe que la realidad es más diversa e inesperada que la propia fantasía, en estos días de una de las crisis de derechos humanos más brutales que país alguno haya padecido en todo Latinoamérica la realidad se llena de acciones y personajes que más parecieran protagonistas de una ficción (de una reficción) que da constancia elocuente de la extendida tragedia que hoy padece el pueblo mexicano, gracias al deplorable actuar de los nefastos gobernantes que la población aún tolera y quienes incapaces de frenar sus latrocinios y sus crímenes aún se empeñan en disimularlos con nuevas leyes creadas para proteger sus propias infamias y castigar “legalmente” a los “infractores” (millones de víctimas), pues imaginan que se eternizarán medrando. El olvido de que todos los seres humanos morimos puede resultar una muy mala estrategia.

Respecto a la aparente ficción que hoy inunda las calles de cualquier ciudad mexicana ésta se expresa de las más insospechadas maneras, no sólo con los policías que dizque siendo guardianes del orden asaltan de las maneras más descaradas a hombres y mujeres que tienen la mala suerte de toparse con alguno, o con los funcionarios que sonrientes y encorbatados mientras hablan de transparencia y legalidad, asesinan, encarcelan, roban y engañan a buena parte de la población, especialmente a los más ingenuos que aún esperan algún gesto de benevolencia por parte de tan siniestros sujetos (mujeres y hombres).

Hoy basta con salir a caminar por las calles céntricas de la ciudad para descubrir una insospechada galería de víctimas sociales a quienes la miseria y los abusos más atroces empujan a salir en busca de algo de dinero para el sustento de sus familias o el de ellos mismos. Estos son algunos protagonistas de la tragedia de los derechos humanos interaccionando en la vía pública: van dos hombres, uno maduro, el otro, joven. El primero carga una enorme efigie de San Judas Tadeo (el abogado celestial para las causas imposibles) construida con fibra de vidrio para que no resulte tan pesada. Quien porta la imagen se detiene frente a cualquier transeúnte y le pide una limosna para San Judas, milagroso a más no poder y agradecido al máximo con quien le obsequia alguna moneda, el paseante se conmueve y deposita algunas monedas en el platito de plástico que porta el cargador de la sagrada imagen; de inmediato se acerca el joven que discretamente acompaña al santo y en un ordenado cajoncito de madera muestra toda clase de utensilios piadosos, pulseras, rosarios, estampitas, bolsitas con cenizas del santo, piedras de colores milagrosos, oraciones, amuletos, toda la parafernalia necesaria para sobrevivir en una crisis como la que nos agobia. Magnífico negocio el de los portadores del señor Tadeo, ellos obtienen alguna ganancia y ayudan a los transeúntes con un poco de esperanza beatífica. Cuando las necesidades se generalizan la inventiva se aguza y aparecen soluciones para todo (aparte de los milagros hay otras maneras de cambiar las cosas).

Un anciano disfrazado de guerrero azteca golpea un tamborcito y realiza una prehispánica danza, mientras alarga la mano esperando la limosna. Un hombre cincuentón, limpio y con traje vende un CD “con mis canciones”, es un músico que además de componer letra y melodía e invertir en grabar sus creaciones sale a venderlas por las calles de la ciudad. Una anciana pequeña y arrugada se sostiene de los barrotes de una ventana y ofrece toallitas de colores. Un hombre y una mujer con aspecto de campesinos, con dos niños pequeños sucios y mal vestidos, piden “para un taco”. Alguien exhibe su pierna incompleta, otro muestra su ojo ausente y solicita ayuda para reponerlo. Una joven mujer, gorda y sumisa carga un niño pequeño y oferta chicles. Ya pronto van a aparecer quienes vendan su riñón o un poco de su sangre, un pulmón, un hígado, su cabello para una peluca o para rellenar alguna almohada, uno de sus ojos, quizá algo de piel; otros con menos imaginación simplemente se ponen a asaltar. Este increíble elenco exhibe sus gracias al mismo tiempo que todo tipo de funcionarios y especialistas en vivir del semejante se siguen llenando los bolsillos con el robo de millonadas mientras encarcelan o secuestran, o simplemente, con absoluta impunidad, violan o destruyen lo que ya no les sirve, total, sólo son seres humanos, para su desgracia honestos y aguantadores.

Y mientras las nuevas autoridades del Secretaría de Cultura de manera subrepticia incrementan su asedio contra el Colectivo de Colectivos (difamando y especialmente a través de los empleados asignados a dicho lugar, quienes sólo se dedican a boicotear toda actividad de los colectivos y a cobrar sus quincenas), la Secult no puede aceptar el que los colectivos hayan logrado impedir la desparición del Centro Cultural Mariano Jiménez, el mismo que desde 2014 han intentado eliminar. El Colectivo de Colectivos ha solicitado entrevistarse con el nuevo secretario de Cultura sin que hasta hoy se haya dignado dar fecha para la entrevista. La próxima semana, con cita o sin ella, un grupo de artistas y académicos irán a dialogar con el susodicho.

Va la última cita del libro Crónicas de Agua señora: la intimidad de un despojo, escrito por algunos habitantes de la comunidad de Agua Señora del municipio de Mexquitic de Carmona, San Luis Potosí, violentados de manera inmisericorde por el llamado progreso (de empresarios y funcionarios); a continuación el fragmento de un texto escrito por Rosalío Vázquez Romero, uno de los afectados directamente por la construcción de la carretera que partió a su comunidad y lo despojó de su pequeña propiedad y de su vida cotidiana, y quien decidió escribir su testimonio para que se conozca el atropello de que ha sido víctima: Este día por la mañana me encontraba sentado en la puerta del local de mi trabajo, pensativo y cabizbajo por el atropello, o más bien invasión que casi es igual. O más bien, esos arrastrados ya hicieron su destrucción de nuestras tierras ¡hijos de su…! Qué barbaridad, ojalá que a todos los que vivan estos mismos problemas no les dé un infarto, porque nosotros estuvimos a punto de sufrirlo por la forma en como destruyen lo que se les presenta a su paso sin siquiera voltear para ver quién llora, ni preguntar por qué tanta tristeza.

Regreso de mi trabajo silbando y sonriendo, lleno de felicidad, pero empiezo a llegar a mi comunidad y todo me molesta, voy caminando incómodo…

JSL
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