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Gallardo: la época del terror

Óscar G. Chávez

Siempre me he pronunciado en contra de los recurrentes clichés utilizados en nombre de la historia para tratar de justificar o cuestionar los acontecimientos ocurridos en nuestro entorno. Así resulta recurrente convivir y soportar la frase que señala, más o menos, que un pueblo que desconoce su historia, está condenado a repetirla.

Seamos honestos, ni nos interesa conocerla, y el que se repita o no, es para nosotros igual. Sin embargo, deberían importarnos, y más que conocer, ser conscientes de, nuestras memoria y conciencia histórica; la primera en lo individual y la segunda en lo colectivo.

La conjunción de ambas, y de ahí su importancia, será la que nos permita observar desde una perspectiva crítica, los actuares de los personajes y las instituciones como componentes y rectores administrativos, políticos y jurídicos, de la sociedad de la que somos miembros.

Hoy nos encontramos, como sociedad potosina, inmersos en una realidad que a todos los que la integramos nos atañe, como lo es la gestión de Ricardo Gallardo al frente del gobierno de la ciudad; personaje que si bien fue elegido de una forma democrática en las urnas, dista mucho de conducirse de acuerdo a los parámetros de lo ofrecido en campaña, y por otro lado ha demostrado en el poco tiempo que ha transcurrido de su gestión, ser completamente opuesto al modelo político y conductual que logró presentar y enquistar entre sus electores.

No hablo desde la óptica de lo personal, los comentarios vertidos derivan del actuar que como gobernante está teniendo en el encargo que desempeña. Si bien, en lo personal, he tenido oportunidad de intercambiar saludo un par de veces, al presentarnos y al despedirse, debo reconocer que la impresión que tuve fue la de un personaje que aunque no me pareció del tipo de los que analizan a sus interlocutores, más por soberbia que por falta de inteligencia o exceso de humildad, sí me dio la impresión de estar intercambiando puntos de vista con alguien frío, calculador, impositivo, aunque con amabilidad aparente y sobrada en todos los aspectos.

Tampoco es un hombre, a diferencia de su hijo y de muchos otros políticos, de ostentaciones personales, sean en el vestir o en sus accesorios; gusta sin embargo, a semejanza de los virreyes novohispanos y de los caciquillos postrevolucionarios, hacerse presente con desmedido séquito de ujieres, heraldos, fotógrafos, y un impresionante dispositivo de seguridad, que siempre se hacen presentes. ¿Alguien habrá contado la seguridad que hay para llegar a su oficina?

No me atrevería a señalar que son veleidades propias de los que llegan al poder, nunca lo he tenido y al paso que voy y llevo, nunca lo he de tener; conozco, sin embargo a algunos políticos y empresarios, no de pueblo sino de mundo, que podrían pasar desapercibidos frente a cualquiera, situación que es la que pareciera no le agrada del todo a don Ricardo.

Un presidente municipal, no es una autoridad unipersonal o de extracto monárquico, la toma de decisiones se encuentra repartida en el cuerpo edilicio del que forma parte, y del cual él será presidente. Su elección, sin embargo, deriva del pueblo, y no de la divinidad, como seguramente quisieran Gallardo y su corte de testaferros, que en realidad fuera, para no verse en la necesidad de otorgar explicaciones de sus autoritarios actos.

Las estúpidas e irrespetuosas declaraciones que Gallardo, su secretario general y su oficial mayor, han realizado en días anteriores, no son más que una muy pequeña muestra de la forma en que está acostumbrado, el satrapilla soledense, a actuar en lo público y en lo privado. No deben existir para él y los suyos el menor cuestionamiento o desacuerdo contra lo que dispone su impositiva mentalidad.

La doble afrenta cometida en la dignidad de los regidores de oposición que integran el Cabildo potosino, es parte del juego de poder desmedido del que gusta de practicar, y la manera en que se ha pretendido ridiculizarlos, y lo ha hecho, a la par que muestra la falta de energía por parte de los agraviados, muestra también el nulo respeto existente en esta administración municipal hacia aquellos que no se presten a sus intereses.

En este contexto es válido recordar los excesos, no sabemos si derivados de su corrompida mente enferma de poder, o de su alcoholismo crónico, cometidos por el usurpador Victoriano Huerta en los terribles días de febrero 1913, cuando luego de empoderarse tinto en la sangre de Pino Suárez y los Madero, comenzó una sistemática serie de asesinatos en contra de aquellos que objetaron su llegada a la presidencia. Recordemos a Serapio Rendón y Belisario Domínguez. Vendría luego la disolución del Congreso, ordenada por el propio Chacal, y el encarcelamiento de sus diputados.

Recordemos también, en el ámbito local, las atrabiliarias formas de Saturnino Cedillo, apoyado siempre por las hordas agraristas del cavernario Graciano Sánchez, y los autoritarios y abusivos actos cometidos fuera, primero, y dentro después, por el cacique Gonzalo Santos. Ya desde su curul, ya desde la gubernatura o bien, luego, desde su rancho Gargaleote, nunca reparó en obstáculos para alcanzar sus objetivos, bien supo instaurar y aplicar la política de los tres hierros: encierro, destierro, entierro.

Si bien, es improbable que el actual presidente municipal llegara a cualquiera de ellos, al menos ya quedó claro que es capaz de menospreciar y ridiculizar a los miembros de su cabildo y por ende a la ciudadanía. Demostró en el caso de la basura, que sus verticales dictados son irrebatibles, mientras que en materia de transparencia es evidente que sólo será dado a conocer lo que él decida y en el momento que lo desee, no antes, y no importando que una entidad de acceso a la información lo determine.

Entra la ciudad de San Luis Potosí, en una época del terror, y no por una violencia que al parecer de nueva cuenta se hace presente, sino por una ausencia de respeto total a las instituciones, a las formas, a las normas, a las leyes; el autoritarismo se ve apuntalado por la obscura personalidad de su presidente municipal. Pareciera que el terror al gallardismo nos hará volver a transitar por aquello a lo que Eduardo Martínez Benavente llamó, hace tiempo, los años que tuvimos miedo.