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Gallinas sin huevos

Óscar G. Chávez

A lguna cualidad, aunque seguramente la mantiene muy oculta, debió ver el voivoda soledense Ricardo Gallardo en la persona de Sergio Desfassiux para otorgarle la prebenda que le permitiera alcanzar una diputación por el Partido de la Revolución Democrática.

Sabido es de sobra que Gallardo Juárez, al margen de ser el alcalde de la capital y el preboste honorario del conurbado municipio de Soledad, es el dueño absoluto en San Luis Potosí de la franquicia partidista conocida de manera coloquial como PRD.

Es posible que haya sido la diarrea verbal que caracteriza al hoy diputado, la que motivó a Gallardo a considerarlo para un cargo de elección popular; finalmente son los disparates verborreicos los que más cautivan a la población ávida de escuchar estridentes exabruptos que fustiguen a los poderosos y que contribuyan a remarcar el discurso del odio, de la diferencia de clases, del revanchismo. Retórica decadente que ha demostrado saber utilizar para la proyección de su deslucida persona.

Ya a fines de la semana pasada supimos de sus lópezportillescas intervenciones en tribuna para dar rienda suelta a sus peroratas contra un representante de la Canaco, al tiempo que señalaba que los diputados se habían convertido en la piñata de todo mundo.

Nada más alejado de la realidad; quizá él sea la única existente dentro del recinto legislativo; los demás, aunque de la misma ralea, han sabido mantener en grado heroico la mesura y no les ha dado por actuar emulando a un bufón de decadente corte europea. Hemos sabido de encurulados nacos encachuchados; de curuleras plagiadoras; de populares curules familiares; ignorantes y grises todos. Ninguno sin embargo, tan grotesco como el perredista que subió lagrimeante a tribuna para defender los derechos que le marca [sic] la Constitución.

Habrá que seguir, al menos por morbo insano y para contribuir un poco a generar anticuerpos contra los males que atacan a la higiene mental, el uso que del micrófono haga nuestro prócer perredista. Quizá no sería inverosímil que busque hacer una traspolación entre su persona y la del viril diputado chiapaneco Belisario Domínguez; recordemos que muchos de los políticos mexicanos, a falta de una identidad propia, buscan de forma desesperada apropiarse de una figura de culto que puedan convertir en su bandera ideológica y en tótem de sus actos. Héroes culturales acordes a sus necesidades identativas.

Conviene preguntarnos, empero, si Desfassiux sabrá al menos, ya no digo cuatro episodios de la vida del comiteco, sino que al menos pueda ubicarlo cronológicamente. De cualquier forma, la ignorancia que exuda se percibe de inmediato. El día de ayer, un conductor de noticias radiofónicas, lo comparaba con el transgresor Noroña, sin embargo convendría puntualizar que sus alcances intelectuales y gusto por la lectura se encuentran a enorme distancia de la de nuestro diputado lagrimitas.

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Aunque el punto central es abordar el desempeño de algunos connotados perredistas, entre ellos el alcalde capitalino, no alcanzo a explicarme por qué no logro alejar la idea de gallinas caponas incapacitadas para la producción. Sin embargo tampoco es necesario abundar en el hecho que las cosas continúan para Gallardo, el hacedor de milagros, más mal de lo que parecen, pero menos de lo que él se ha empeñado en dar a conocer.

La promisoria gallardía de la campaña electoral, ha quedado desterrada al igual que varias de las promesas esbozadas frente a los electores. Hoy dirá posiblemente, que dadas las condiciones en las que recibió el Ayuntamiento, se ve imposibilitado para hacerlas válidas; pareciera que el desdecimiento cotidiano es lo de él.

La ausencia de ingredientes comienza a extenderse a varios de los niveles de la administración municipal; notoria es la incapacidad para abordar de una manera decidida el tema de los ambulantes, de la recolección de basura, y de las famosas luminarias que generaron el primer debate entre él y Mario García Valdez.

El mesiánico protector de los intereses ciudadanos, según pretendió mostrarse durante su campaña, hoy señala –con miras a un notorio incremento de ingresos– la necesidad de ajustar los impuestos catastrales en la capital. Quizá porque ya descubrió que es imposible hacerse de recursos si no es mediante el endurecimiento de medidas recaudatorias.

Ya muchos con anterioridad han señalado que San Luis no es Soledad, y las medidas utilizadas en aquel municipio cuando había dinero de sobra para engrandecer imágenes personales, no son las mismas que deben ser puestas en marcha en la capital. Una cosa sin embargo es cierta, el gallo giro que se pavoneaba de poder estar al nivel de la alcaldía capitalina, parece ser que ya no existe, quizá transfigurado en pollo; y en este caso también sería válido decir: nos dieron polla por pollo.

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El 8 de junio de 1692, en la Ciudad de México, Juan Alonso Gutiérrez Altamirano de Velasco y Castilla, décimo conde de Santiago de Caimaya, encabezando a un grupo de criollos notables, contribuyó a apaciguar y someter a los indios de la parcialidad de Santiago, que provocaron el motín que dejó como resultado 80 comercios saqueados, e incendiados los palacios virreinal y del Ayuntamiento, así como las casas del cabildo.

En algún momento de la trifulca, los comandados por el conde, entre los que era notoria la ausencia de peninsulares, lanzaron una buena carga de carabinazos a los que robaban y así se sofocó el motín; al amanecer del día 9, entre la humareda de los edificios, dijo algún cronista, apareció en una de las bardas un letrero pintado con carbón, que decía: Se alquila casa amarilla para gallos de esta tierra y gallinas de Castilla.