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Ganas de abismo

Luis Ricardo Gurrero Romero

H ay muchos lugares para conocer antes de conocer el abismo, o bien conocerlo por partes aquí en la tierra en sus distintas advocaciones, no sé, quizá viajar a Italia a la región de Liguria y adentrarse a la bahía para contemplar el “Cristo del abismo,” aunque tan sólo pensarlo es motivo de que nuestra economía se vaya al abismo.

Jaime Sabines, en cambio, veía en el otro este precipicio, ejemplo de esto en las siguientes líneas: “No eras distinto a mí, ni eras lo mismo. / Eras, cuando estoy triste, mi tristeza. / Eras, cuando caía, eras mi abismo, / cuando me levantaba, mi fortaleza” (algo sobre la muerte del mayor Sabines XVII). En lo anterior citado descubrimos un aspecto descriptivo del abismo, la caída, es muy funcional mirar abajo para descubrir el abismo. Este sustantivo no es muy usado en las conversaciones cotidianas, se usa más en nociones espirituales o filosóficas, demasiada abstracción de la nada en seis letras, demasiada idea de infierno, sin fuego, ni demonios, ni pecados cristianos, sencillamente la nada. “Interrumpió mi profundo sueño un trueno tan fuerte, […] fijé la vista para reconocer el lugar donde me hallaba. El abismo era tan profundo, oscuro y nebuloso, que en vano fijaba mis ojos en su fondo, pues no distinguía cosa alguna”. Este fragmento corresponde al capítulo “del Infierno” de la Divina comedia, canto IV, y de algún modo describe el abismo, y sólo así por medio de la imaginación podríamos hablar de él, pensar una bóveda oscura llena de vacío en donde broten cosas, es pensar que en las fauces nazcan palabras. Dante, seguramente sabía la raíz de esta palabra que nos ocupa, apuntamos que la idea de lo abismal en la historia es más remota que este canto dantesco. Por ejemplo acordémonos de Hades. De quien se nos dice reinaba sobre los muertos, tal vez esta invisibilidad es el mismo abismo, una eterna nada. En mitos prehispánicos, el abismo está en el Mictlan, y allí la lengua de obsidiana, es la lúgubre regla que dictamina a los descarnados.

Otra extensión que se tiene del abismo es aquella que se describe como algo incomprensible, insondable o inescrutable, pero este distinto sentido tiene aún relación con lo invisible, puesto que precisamente un abismo es esto, incomprensibilidad, no tiene forma pero sí fondo.

El registro más asequible de la palabra abismo se encuentra en la voz helena: α-βυθος (a-bythos) sin fondo. De manera automática al escuchar fondo pensamos en el mar, y esta es la razón por la que se le denominó así a la escultura mencionada renglones arriba. No obstante de la idea abismo en las profundidades, Borges, nos plantea una visión abismal distinta en el poema Afterglow (resplandor crepuscular), cuyas líneas retomó Manuel Botero en el libro El abismo lógico :(Borges y los filósofos de las ideas): “Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, / esa alucinación que impone al espacio / el unánime miedo de la sombra / y que cesa de golpe / cuando notamos su falsía, / como cesan los sueños / cuando sabemos que soñamos” (fragmento).

Para escrutar el abismo podemos ser más visionarios y listos, pero también lo podemos ver a partir de algunas rarezas con las que ha sido comparado, como la telenovela que se intituló Abismo de pasión, o el atleta del cuadrilátero: Abismo Negro, o si de adrenalina se trata, viajar al Perú y recorrer la ruta Serpentín del Pasamayo, más conocida como: “el Pasamayo maldito”, por la vista que ofrece, pero también por los trágicos índices de accidentes.