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Gorgias y el saco de plumas… o ¿cómo era?

María del Pilar Torres Anguiano

“Es peor cometer una injusticia que padecerla
porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece, no”.
Sócrates

Gorgias o de la retórica, es el título de uno de los diálogos más célebres de Platón, del cual se extrae el epígrafe que inspira estas líneas. En este diálogo, Platón expone la relación entre retórica y ética. La primera, consiste en una actividad de tipo técnico, que se dirige más al placer y a la utilidad. La ética, en cambio, tiene su objeto propio en la búsqueda del bien.

Hay un relato muy común llamado ‘El saco de plumas’, de autor desconocido. En él, se narra la historia de alguien que, movido por la envidia, calumnió a un compañero suyo, ocasionándole un fuerte daño a su prestigio. El calumniador obtuvo lo que quiso, pero tiempo después se arrepintió por los fuertes problemas que ocasionó a ese amigo con sus mentiras e intrigas. Para tratar de encontrar una solución a su conciencia, visitó a un sabio para que le aconsejara la manera de reparar el daño. El sabio le ordenó llenar un saco de plumas ligeras, llevarlo por las calles e ir soltándolas, al viento, una por una. Aquella persona se entusiasmó por lo fácil que resultó aquella tarea; y en cuanto la terminó regresó para informárselo al sabio. Entonces éste le respondió que lo que había concluido era sólo la primera parte de la encomienda; la siguiente consistía en regresar a las calles para volver a llenar el saco con las mismas plumas que había soltado. La persona entristeció porque sabía que era imposible reunir de nuevo todas las plumas que volaron con el viento. Así aprendió que la lección consistía en que con las palabras que decimos ocurre lo mismo. Es cierto. Dicen los sabios que uno es dueño de lo que se calla, pero esclavo de lo que dice.

Al mencionar la palabra sabio, irremediablemente se piensa en Sócrates, el arquetipo de filósofo (aunque, inmersos en la cultura pop, algunos también podríamos pensar en Miyagui-San, el Profesor Dumbledore o, por supuesto, en Yoda). Se dice que Sócrates era considerado en su tiempo como el más sabio de todos los hombres. Sin embargo, Platón refiere en ‘El Banquete’ que Sócrates, más que sabio, se consideraba filósofo. Como todos sabemos, la palabra filósofo significa amante de la sabiduría; es decir, aquél que la busca, como un enamorado busca a su amado. Socráticamente entendido, el término filósofo se contrapone al de sofista.

Gorgias, por su parte, es un gran orador, especialista en retórica, ese arte de convencer con palabras. Para este conocido sofista la verdad no existe, si existiera, no se podría conocer y si pudiese conocerse, no podría comunicarse. Por lo tanto, cada quien debe procurar a sí mismo su propio bien. Para algunos, el bien se procura simplemente evitando el mal a toda costa. Es decir, de acuerdo al esquema sofista, el bien para uno, puede representar el mal para otro; pero en la retórica eso es lo de menos: lo importante es que un buen discurso logre convencer a quien sea de lo que sea.

Todo sería más fácil si la vida se dividiera, como planteaban los maniqueos, en buenos y malos. Sin embargo, aquello que llamamos “malo” no consiste sino en la ausencia de bien; es decir, algo que no buscamos por sí mismo sino en tanto que aparenta algo que consideramos bueno para nosotros. De tal manera, en la realidad, no existen los villanos como en el cine o las novelas. Solo somos personas. Nadie se ve a sí mismo como moralmente malo, sino simplemente como alguien que busca su propio bien y si para conseguirlo debe pasar por encima de alguien, eso simplemente será un daño colateral.

Los filósofos no se ponen de acuerdo sobre si el hombre es o no bueno en sí mismo. Así, por ejemplo, en el siglo XVIII, Rousseau afirmaba que el hombre es bueno por naturaleza y que es en la sociedad donde se corrompe. Por el contrario, pensadores como Thomas Hobbes, sostienen que el ser humano es naturalmente agresivo y egoísta.

Cuando daba clases en preparatoria, consultaba frecuentemente un libro llamado “Ética para adolescentes postmodernos”, en el que se dice que desde muy pequeños todos utilizamos un lenguaje moral sin darnos cuenta. Aprendemos a mentir echándole la culpa al hermano más pequeño, nos dolemos ante las injusticias, aplaudimos al héroe de las series de tv, etcétera. Un niño de 4 años “ya sabe” que hay cosas buenas y cosas malas. Independientemente de la fundamentación de la moralidad, el simple hecho de preguntarse por lo bueno y lo malo es un hecho cotidiano. Así, la ética está en todos lados. Por ejemplo, la forma de proceder que tenemos en el trabajo es una extensión de los estándares y valores personales o carencia de ellos.

El padre de la ética, Sócrates, afirma en el Gorgias que es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece, no. Sin embargo, cuando las circunstancias nos colocan ante el dilema de ser injustos o ser víctimas de la injusticia, la mayoría de nosotros nos inclinamos a pensar y actuar en sentido contrario a las enseñanzas y ejemplo del filósofo.

El listo, el abusado, el astuto que saca provecho de los demás para sí mismo, está contribuyendo a construir una sociedad cada vez más deshumanizada y desigual en la cual él mismo tendrá que vivir. Desde una perspectiva superficial, el que cometió la injusticia obtuvo una ventaja en el corto plazo. Sin embargo, esa misma puede convertirse a la larga en una desventaja mayor si tomamos en cuenta que toda persona es al mismo tiempo mármol y escultor. Metafóricamente, uno se está construyendo a sí mismo a través de sus pensamientos y sus acciones. O lo que es lo mismo: ‘si Pedro me habla mal de Juan, sé más de Pedro, que de Juan’.

Afortunada o desafortunadamente, las acciones están motivadas predominantemente por una emoción y no por la recta razón. Así, me inclino a pensar que el calumniador del relato del saco, no era precisamente “malo”; probablemente solo tenía miedo e inseguridad por otra cosa. @vasconceliana