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ASE: les entró la urgencia
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‘Habemus’, y ¿ya ‘tendremus’?

Óscar G. Chávez

Benedetto Odescalchi fue el último cardenal que en la historia de la iglesia católica sería electo por aclamación, el 21 de septiembre de 1676; el ¡Habemus Papam! lo presentó ante el orbe católico con el nombre de Inocencio XI. La fórmula de su elección se hallaba contemplada por las Aeterni Patris Filus y Decet Romanum Pontificem, constituciones del papa Gregorio XV, y por la Ad Romani Ponificis Providentiam, del papa Urbano VII; se considera cuasi inspiratio por creerse infundida por el espíritu santo.

El antecesor de Inocencio XI, el papa Clemente X, también había sido nominado por aclamación, luego de considerar que –dada su avanzada edad– se adecuaba a la figura de un pontífice de transición. Serás nuestro sucesor, sentenció el papa Clemente IX al hacerlo cardenal en el consistorio de 1669. Es pues el papa quien hace a los cardenales y los cardenales quienes hacen al papa; ¿cuál de éstos iría contra aquel?

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También casi por aclamación y por inspiración gubernativa, nuestra Congreso legislativo proclamó un muy cuestionable habemus fiscal en la persona del abogado Federico Garza Herrera, hasta ese momento procurador en funciones. Nada impedía su elección –menos la escuálida terna de la que formaba parte– y sí muchos intereses la impulsaban, quizá el mayor era la férrea voluntad del ejecutivo para imponerlo; nadie objetó que fuera miembro del actual gabinete, ni la ausencia total de experiencia en el encargo; los yerros tenidos como procurador son pecados desaparecidos por absolución mayor con privilegio rodado desde palacio.

Ninguno de los integrantes de la legislatura invocó alguna objeción frente al nombramiento; y cómo, si son neófitos como el que más, ya no digo en el campo del derecho, sino en la interpretación de cualquier ley. Pasó así en automático, y el circo ritual apenas fue disimulado con la pantomima del voto secreto; la secrecía fue inexistente e innecesaria, el diputado Gerardo Serrano fue sorprendido fotografiando su voto a favor. Y cómo no si el diputado tenía el compromiso con su principal impulsor, primo político del ahora fiscal, gran fraccionador del poniente de la ciudad.

Valdrá la pena cuestionar, más que a los electores del fiscal, a los ciudadanos de cédula cuarta que somos los que sufrimos a nuestros servidores, si en realidad el licenciado Garza podrá con el cargo. Recordemos que al momento de tomar posesión de la Procuraduría, recibió una estructura viciada por los perversos engranajes de la maquinaria articulada en tiempos del hoy G-217.

De que tiene la voluntad es seguro; de que es un hombre honorable, ni quien lo dude; pero no cuenta con la experiencia y equipo honesto suficiente para resolver las cada vez más numerosas averiguaciones pendientes en la ahora Fiscalía.

Ignoramos pues, y habrá que sentarnos a esperar resultados del flamante fiscal. Consideremos de entrada que parece que en su elección imperó la conciencia de clase; además, la elección no viene de los diputados, es claro, seguro sus alcances no dan para tanto; la inspiración llegó de palacio. Debe pues Federico Garza, al sobrino de su esposa, Juan Manuel Carreras López, el nombramiento de fiscal; seguro es que el gobernador nunca será molestado –ni antes de dejar de serlo, ni después– durante los siete años que dure Garza en el cargo.

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No es necesario ser avezado en materia política para darse cuenta de qué manera construye Juan Manuel Carreras un blindaje en torno a él. Ya quedó la Fiscalía; el día de mañana, martes, será electo –de nuevo por un grupo de legisladores no necesariamente analíticos– la persona en quien recaerá la titularidad de la Auditoría Superior del Estado. La terna se compone por Rocío Cervantes Salgado, encargada del despacho de la ASE, Jesús Mejía Lira, y Jesús Motilla Martínez.

Indiscutible la experiencia de los nominados, pero lo que sí lo es, es la ausencia de línea en dos de ellos; tanto Cervantes como Mejía, resultan convenientes a los intereses oficiales, en tanto que Jesús Motilla catalogado por muchos como un reaccionario furibundo –calificativo honroso, por demás–, se adecúa más a los intereses de la iniciativa privada.

La manera en que Cervantes se ha desempeñado al frente de la ASE, los descubrimientos puntuales de la corrupción interna, que ha hecho del conocimiento público, las medidas tomadas frente a ellos, parecieran más bien estrategias emergentes ordenadas desde jardín Hidalgo para apaciguar a los indignados y medio doblegar a algún verde mostrenco que continúa en estado de salvajismo. Una cosa es cierta aquí y en todo México: ninguna medida de este tipo se emprende desde la total autonomía; el respaldo –o la orden– viene de arriba.

Estas acciones parecerían más bien dirigidas a distraer los reflectores, de los otros dos aspirantes, y colocarlos de manera vistosa sobre la encargada de la Auditoría.

Motilla, aunque cumple con todos los requisitos, puede representar para muchos de la clase política, la presencia incómoda del personaje que aunque si bien es de instituciones, no es un lacayo del sistema; y a diferencia de los otros dos, es el único que no disfruta de las mieles gubernamentales. Su trayectoria laboral y académica, así como su fuente de ingresos, son derivadas de logros personales.

De Mejía Lira, cuyo padre fue uno de los hombres más honorables de los que hubo en San Luis Potosí, no puede pasar desapercibido su vínculo con Carreras en la Secretaría de Educación, ni su fugaz tránsito por la propia Auditoría en los inicios del hoy inimputable Martínez Loredo.

Los vientos potosinos que mueven las cortinas hacia afuera de los recintos, esparcen el rumor que no será un ex catedrático de la Universidad Marista, ni será una mujer quienes ocupen el puesto de auditor. La probabilidad de que el electo sea un ex residente de la ciudad de Querétaro es muy alta; la línea indicó que debe elegirse un personaje con experiencia extramuros del nauseabundo marasmo de la Auditoría. La moneda está en el aire, y es de una sola cara.

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Mientras nuestro maquiavélico secretario de gobierno emite muy particulares opiniones sobre su percepción de la inseguridad que nos aqueja, y el gobernador continúa –al igual que su antecesor– atrincherado tras unas endebles vallas que resguardan el palacio desconectándolo de la realidad, Ricardo Gallardo señala que sabe de dónde viene el golpe mediático; se orquestó, de acuerdo a su entender, porque “suponen que pueden aspirar a otro cargo”. La venganza es un plato que se come frío, preparado en las sobremesas de San Lázaro.

Todos los anteriores son dichos escuchados en corrillos, mesas cafeteras, barras mezcaleras, y campos de golf, y aunque pudieran sonar a chismes, pareciera que Carreras no ha considerado que la ética de la responsabilidad de un gobernador debe de estar a la altura de un gobernador, y ambos se evidencian muy desmejorados; anémica también es su percepción de las consecuencias que genera su aislamiento. Esperemos que Federico Garza Herrera funcione como fiscal, ya no por el voto de confianza que le otorgaron los diputados, sino al menos por no quedar mal frente a la élite social de la que forma parte, y que seguro nada le cuestionará, pero que por burlas no parará. Aplíquese señor fiscal; enséñele también a hacerlo al gobernador, luego se pensará que tras un gober decadente hay un fiscal obediente, y entonces sí, ¿qué dirían los Meade y el padre Peñalosa?