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Hágase la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre

Óscar G. Chávez

L a revolución se bajó del caballo y vivimos su etapa constructiva, en la que no son necesarias las armas; han sido sustituidas por los tractores, los libros y la tecnología. Superada la etapa armada, todos los miembros del Partido Revolucionario Institucional debemos entender que la revolución se continúa realizando a través de las instituciones. Señaló en mayo de 1961, en la ciudad de Torreón, Coahuila, el general Alfonso Corona del Rosal, presidente nacional del PRI. Las declaraciones fueron vertidas a la prensa mexicana, luego de que el general Lázaro Cárdenas viera la necesidad de realizar otra revolución –como acción necesaria para alcanzar la justicia social– en la que los campesinos debían empuñar las armas y hacerla.

Los decires del ex presidente de México no eran gratuitos; habían sido formulados en el ya referido mayo de 1961, durante una reunión que sostuvo con campesinos yucatecos, en Mérida. Cierta amargura debía albergar el combativo espíritu de Cárdenas, que se negaba a ser sometido en pensamiento y acciones frente a la autoritaria investidura presidencial de López Mateos.

En la segunda quincena de abril de 1961, cerca de cinco mil estudiantes mexicanos se dieron cita en la explanada de la UNAM; la reunión obedecía a la convocatoria formulada por el Frente Estudiantil de Defensa de la Revolución Cubana, organizado tras la invasión estadunidense a Bahía de Cochinos, en la isla caribeña. La incandescente oratoria del general Cárdenas encendió a los asistentes, a los que invitaba a que adoptéis la más enérgica actitud contra la cobarde agresión de que es víctima la hermana República de Cuba en estos momentos, por parte de los imperialistas. Invitación interpretada como orden al ser proferida por el más carismático de los políticos mexicanos del siglo XX.

Los puños se agitaron y se izaron espiritualmente las banderas de la solidaridad socialista; más de 1,000 estudiantes se enrolaron para combatir en los ejércitos cubanos contra la amenaza imperialista. Las juveniles brigadas Pancho Villa –nombre impuesto a las agrupaciones de voluntarios– aparecieron por todo el país, acicateadas por la legendaria figura del gigante de Tingüindín y por los miembros del Partido Popular Socialista, liderado por Vicente Lombardo Toledano.

Ponerse a las órdenes del pueblo Cubano, fue el ofrecimiento de Cárdenas al pretender partir hacia la isla el 17 de abril. Sin embargo el ejército mexicano –por orden del presidente López Mateos–, impidió al viejo líder social y a algunos brigadistas, ascender al avión que los conduciría a Cuba. La respuesta de Cárdenas hizo vibrar el corazón de la Ciudad de México.

La noche del 18, en la plaza de La Constitución y frente a más de 30 mil personas –según cifras oficiales– o cerca de 70 mil, como apuntaron diversas fuentes periodísticas, Cárdenas –en un discurso que duró cerca de veinticinco minutos– fustigaba al régimen totalitario mexicano: Cuba no necesita contingentes extranjeros para su defensa, lo que necesita urgentemente es el apoyo moral de México y de toda Latinoamérica. Debemos entregarlo porque Cuba está entregada a una lucha de la mayor importancia para todos los pueblos de este Continente.

El rompimiento con el presidente, y por ende con el partido de estado, era un hecho. De ahí que al ser cuestionado por los periodistas sobre si era factible expulsar a Cárdenas del PRI, Corona del Rosal respondió: no, porque el general Cárdenas había manifestado, poco antes, que no era miembro del PRI.

La escisión del expresidente con mayor relevancia hasta ese momento, es más que obvio que no fue del agrado de las cúpulas políticas mexicanas, sin embargo nos demuestra un distanciamiento prudente y honorable, de un hombre que no compartía enteramente los actuares e ideología de ese momento, del partido en el que había militado, y al que coadyuvó a dar vida. El imperial autoritarismo priísta había sido lacerado.

La sumisión indiscutible de sus miembros, o la disciplina de unidad y conciliatoria, ha sido desde la fundación del PRI, uno de los puntales de su estructura; ésta, en agradecimiento, verá las formas de recompensar la obediencia con la que ha sido obsequiada por sus militantes. Cargos públicos o diversas prebendas serán otorgados a quienes saben mostrar su lealtad al organismo. Sin embargo, la evolución de los tiempos, las nuevas formas de hacer política y la aparición de nuevos protagonistas, ha evidenciado la imposibilidad natural del partido para cerrar pinzas en torno a sus militantes.

Tampoco es elemento distintivo del partido oficial; el amartelamiento del poder del que han sido cautivos diversos grupos al interior de los partidos, ha generado considerables distanciamientos o alejamientos temporales y permanentes, que en muchas ocasiones concluyen con la deserción definitiva del partido que les dio cobijo.

A diferencia de las deserciones por dignidad, común resulta en estos tiempos, escuchar -primero en andanada de rumores y posteriormente como hecho irrefutable-, sobre el abandono que algún actor político hizo de su partido. Sea por considerar que su organismo político no se adecuaba a las necesidades políticas del momento; sea por incongruencia entre el decir y el actuar; o por no haber sido considerado para participar como candidato dentro de algún proceso de elección popular. La más recurrente de las causas es ésta última, no obstante en algunas honrosas ocasiones, los afectados que ven truncadas sus aspiraciones, optan por permanecer dentro de su partido, al considerar que no existe otra opción válida como alternativa, que pueda reemplazar al partido del que forman parte como militantes.

El panorama político potosino se encuentra plagado de este tipo de políticos; personajes abyectos sin ninguna calidad moral, que mediante la construcción de una trayectoria política lo único que pretenden es proyectarse de manera ascendente. Los últimos días han evidenciado dentro de esta categoría a dos de ellos, que definitivamente no son los únicos, pero sí lo que han hecho pública y notoria su desmedida y enfermiza ambición: Eugenio Govea Arcos y Fernando Pérez Espinosa; ambos diputados locales, uno por el Movimiento Ciudadano –al que se incardinó luego de abjurar del PAN– y el otro por el Partido Revolucionario Institucional.

En el caso del contador Eugenio Govea, mucho se ha especulado en que él fue el orquestador intelectual de los sucesos que llevaron a prisión al populista alcalde de Soledad de Graciano Sánchez, quien en su enfermiza fijación por el poder se había obsesionado por contender como candidato perredista a la gubernatura potosina; así, buscó adueñarse mediante golpeteos políticos y fuertes inversiones monetarias, del Partido de la Revolución Democrática. Para él, o para su padre, otro Ricardo Gallardo, fue necesario aplicar la máxima recurrente de Jorge Pasquel: no costó más trabajo que pagarlo.

El trasfondo es explicable, el expanista Govea es el flamante consorte de Claudia Sofía Corichi García, hija de la connotada perredista Amalia García Medina, exgobernadora de Zacatecas y mujer fuerte dentro de ese partido, quien además se encuentra fuertemente vinculada con la nefasta corriente de los chuchos, cuyos miembros constituyen la médula estructural e ideológica del PRD.

De manera curiosa y casual, los protocolos recién activados por el PRD en materia de selección de candidatos, elaborados tras la tragedia de Ayotzinapa, por la implicación que en ella tuvo un alcalde perredista, fueron aplicados y estrenados en la persona del ex alcalde de Soledad, quien ya se perfilaba como candidato único e inimpugnable del perredismo potosino a la gubernatura. Con un partido local a su disposición era evidente su triunfo interno; sin embargo no se contó con la anuencia de las cabezas nacionales, quienes consideraron una propuesta de poco prestigio al joven ex alcalde y en contubernio con la PGR, orquestaron el gallardazo.

Hoy el personaje se encuentra tras las rejas, y el dirigente nacional del PRD, ha visto en el diputado Govea, la única opción para representar dignamente a la nauseabunda izquierda amarilla. Rechazo a la propuesta y declaraciones obligadas en el sentido que él no estuvo tras la caída del anterior precandidato. No es autoridad judicial, en efecto; sin embargo de algo servirán las amistades cultivadas durante su estancia en el senado, con el entonces también senador Carlos Navarrete. De algo servirá también, su cercana relación con la ex gobernadora zacatecana. Redes de poder y parentesco.

Pública y notoria fue también la pataleta infantil del diputado Fernando Pérez Espinosa, al no resultar electo como candidato del PRI a la gubernatura del estado. Sus aspiraciones de poder político nunca han sido ocultas; de una forma hábil y a partir de relaciones familiares, personales y empresariales, ha logrado poner en marcha una maquinaria encaminada a abrirle paso en su carrera política.

Sin embargo, el Calolo, como coloquialmente se le conoce, no fue el favorecido; el designio oficial fue hecho a favor del ex secretario de Educación estatal, Juan Manuel Carreras. Su ausencia en la foto de unidad de los demás aspirantes en torno al candidato de unidad, fue más que evidente; amargo fin de semana debió pasar luego de ser dejado fuera de la jugada.

Ahora aparece coqueteando con diversos partidos políticos que apuestan por su candidatura, es más que evidente que la ambición política le ha hecho perder piso. Su mejor opción la está pasando de largo, una diputación federal plurinominal, ya que nunca ha obtenido triunfo alguno por elección popular. No es sujeto de aprecio popular, aunque se pudiera pensar lo contrario. Hoy toma café con los Vera, y mañana comerá con los perredistas; sobremesas de politiquería populista sin mayor ideología que la del poder.

Vera Fábregat señalaba risueño y con sus característicos ojillos entrecerrados: ¿a quién no le gustaría tener a Calolo de candidato? Respuesta obvia; es evidente que para el PRI –su propio partido–, no fue opción. No le gustó.

#RescatemosPuebla151