sittge
Pruebas de control y confianza, una tortura para policías, acusa SITTGE
14 julio, 2015
éxodo, Coqueteos marcelistas y el ingrato recuerdo
Trampas en las calles
14 julio, 2015

Honores en la Sorbona

Óscar G. Chávez

U na de las figuras más sobresalientes, aunque quizá no más conocidas, dentro del catolicismo es la de John Duns Scotus, teólogo franciscano del siglo trece nacido en Escocia en la segunda mitad de ese siglo, y fallecido en Colonia, Alemania, en los inicios del siguiente.

Fueron el reconocimiento y el culto popular los que le valieron ser considerado como beato pocos años después de su muerte, sin embargo jamás medió el proceso que conforme al rito católico le otorgaría tal reconocimiento; fue hasta 1993 cuando Juan Pablo II lo confirmó y lo llevó de jure a los altares.

Seguidor de las doctrinas de Pedro Lombardo, destacó como uno de los grandes de la escolástica al lado de William de Ockham. Sus célebres cátedras como profesor de las universidades de Oxford y la Sorbona hicieron legendarias su capacidad de razonamiento y argumentación.

Fue precisamente en sus años como catedrático sorbonista cuando se volcó por completo a la defensa del asunto de la Inmaculada Concepción, y sentó las bases de lo que después Pío IX llevaría al nivel de dogma.

Acaso la más sonada controversia en la historia de la Sorbona, fue la que sostuvo con otros eclesiásticos y filósofos de la época, en la que refutó más de 200 postulados filosóficos que pretendían echar por tierra el referido asunto de la pureza mariana.

Fue a partir de ese momento el máximo axioma del razonamiento escotiano la argumentación utilizada desde tiempo de Eadmero de Caterbury: potuit, decuit, ergo fecit (pudo, lo hizo, luego convino). La frase no es otra cosa que una clara explicación del sentido del misterio de la Inmaculada por obra divina; Dios como artífice del acto, pudo, convino, lo hace.

* * * * * *

La trascendencia de Escoto rebasó los ámbitos clericales para convertirse en uno de los más grandes filósofos de la historia de la humanidad; sus postulados serían representados en importantes tratados de filosofía civil durante los siglos subsecuentes.

En San Luis Potosí recuerdo haberle observado en dos representaciones plásticas en la sacristía del convento Franciscano, una de ellas a modo de escultura de bulto se encuentra como uno de los cuatro pilares de esa orden, en conjunto con Juan Capistrano, Jacobo de la Marca y Bernardino de Siena, soportando el peso de la cúpula de esa sacristía; la otra en el mismo espacio, sobre una fachada interna, se encuentra plasmado en óleo junto a una escultura de la Inmaculada.

Otra de las imágenes que representa al doctor subtil se encuentra en la fachada de la antigua misión pame de Santa María Acapulco, en las estribaciones de la Sierra Gorda. Artilugios iconográficos de la fe.

* * * * * *

Aparecen frente a nosotros un nuevo tipo de recursos iconográficos, no de fe, pero sí de un sistema político mexicano que se corrompe y se demuestra caduco por ineficiente al tiempo que se pavonea en el extranjero como un paladín de la cultura y como artífice de un estadismo consumado en cuyo país de primer mundo imperan orden y justicia.

Así de la misma manera que Escoto da vida mediante el raciocinio al mencionado apotegma, nuestro presidente sin uso consciente o inconsciente de la razón, puede, hace y conviene.

Es precisamente este entorno el que le ha llevado a constituirse como el gran impulsor de un sistema presidencial ya en desuso; autoritario, vertical, sordo a las críticas y a las muestras de inconformidad y repudio que le manifiestan en todos los entornos sus gobernados.

Hoy le vemos en París aceptando, sin mayor problema –inconsciente por desgracia de la gran carga que lleva sobre su mermada y corta figura– un alto honor que le confiere la misma institución que durante siglos albergó a lo más fecundo y brillante del conocimiento universal.

Fue la el gobierno francés, mediante la universidad de la Sorbona, la que determinó otorgarle la medalla del mismo nombre, que aquel gobierno otorga a los jefes de estado que han destacado como impulsores del intercambio humanista y tecnológico con la República Francesa.

Menuda responsabilidad no para el inculto personaje, sino en general para el pueblo que sin ningún empacho representa en el extranjero; bien sabemos que no es él quien impulsa el lustre académico mexicano, sino que son los propios intelectuales mexicanos los que brillan por ellos mismos. Sin embargo, como signatario final y principal de los proyectos educativos con otros países, será él a quien corresponda el honor –aprovechando el uso del galicismo– de recibir la medalla.

Curioso resulta que sea un país que se ha visto agraviado dos veces por el infame sistema de justicia imperante en México, el que reconozca la supuesta trayectoria de un presidente que al proteger a su principal formador, Arturo Montiel, pisotee la dignidad no sólo de una familia sino de una madre y ciudadana del país que es considerado cuna de las instituciones jurídicas modernas.

El mismo país que soportó con anterioridad el teatralismo del embrollo jurídico en que se vio envuelta la –todavía indefinida como inocente o culpable– ciudadana de aquel país que fuera vinculada a una banda de secuestradores y que fuera llevada a la pantalla por la productora García Luna y Asociados. Ver para creer.

De nueva cuenta, mientras un país –el que gobierna ni más ni menos– atraviesa por una crisis de seguridad derivada de la anunciada y previsible fuga del mayor narcotraficante mexicano, se traslada a una nación en la que se desplaza entre plazas y palacios promoviendo su figura y los costosos ajuares de su histriónica consorte.

Recuerdo y comparto, entonces, aquella canción de protesta interpretada por Judith Reyes a propósito de las recurrentes y desmedidas giras presidenciales echeverristas (http://bibliofagia.podomatic.com/entry/2014-04-10T15_50_23-07_00): “Que parejita, señores, igual que un par de payasos, él tiene la presidencia y ella levanta los brazos…”