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Imagina y su pertinencia actual

Ignacio Betancourt

El pasado martes 8 de diciembre se cumplieron 35 años del asesinato de John Lennon (Inglaterra 1940-EU 1980) muerto por los disparos de un admirador en la ciudad de New York. Su poesía y su música siempre fueron y serán oportunas, esta columna la escribo para recordarlo y reproducir dos de sus canciones emblemáticas, comenzaré por citar una de las más conocidas, Imagina (del año 1971, retomo la traducción de Elizabeth Ross): imagina que no hay paraíso,/ es fácil si lo intentas,/ ningún infierno debajo/ arriba sólo el cielo./ Imagina a toda la gente/ viviendo el instante.// imagina que no hay países,/ no es difícil hacerlo,/ no hay ninguna razón para matar o morir,/ ni tampoco ninguna religión./ Imagínate a toda la gente/ viviendo la vida en paz.// Imagina que no hay posesiones,/ me pregunto si puedes./ ninguna necesidad de codicia o hambre./ Una hermandad entre los hombres,/ imagínate a toda la gente compartiendo el mundo.// Dirás que soy un soñador/ pero no soy el único./ Espero que algún día participes/ y el mundo estará unido.

Entiendo claramente que la convocatoria de Imagina sigue siendo actual, necesaria en los lejanos años setenta del pasado siglo como pertinente lo es en esta época de acumulación mundial (y nacional) de increíbles torpezas. El crimen contra un ser humano, creativo y pensante como lo fue Lennon, nunca será inútil pese a lo ingrato de la acción esta genera resonancias impredecibles, algunas hasta a ritmo de rock. El pensamiento sobre un futuro inevitablemente colectivo nunca estará de más, la invitación a sumarse a los más generalizados reclamos no pierde vigencia.

Cuando los poderes de todo tipo se distinguen por la imbecilidad de quienes lo detentan (pensemos en los gobernantes actuales) es, sin la menor duda, el tiempo de lo siniestro, el de la proliferación de personajes como el actual secretario de Educación, joven ignorante y vacuo cuyo único mérito es contar con la simpatía de un copete parlante. Y esto no es una alucinada canción de John Lennon, es si acaso la pálida estampa de un país enrojecido por sangre e indignación (qué palabras tan contundentes, pero cómo hacerlas coincidir con la realidad sino con el exceso).

Aurelio Nuño Mayer, alias secretario de Educación Pública, alguien cuya verdadera vocación es la milicia (siempre y cuando él sea el general), resulta ejemplo paradigmático del ser humano inexistente (alguien que sólo actúa como repetición de otras voces), basta con observar a los miles de policías con que se pretende otorgar legitimidad (y justificación) a algo llamado secretario de Educación Pública integrado de lleno en el país más bizarro del continente, una república con ciento veinte millones de habitantes que carecen de un sistema educativo mínimamente racional (o tan irracional como lo requiere el capitalismo salvaje). En el señor Nuño no existe pensamiento alguno sobre la educación del país, no hay persona que razone bajo su saco y su corbata, no existe ciudadano que habite su figuración, es el ejemplo paradigmático del fascista embozado, no pensar es su principal virtud (en el fascismo sólo existe un pensamiento que todos deben reproducir). Jamás asistirá a ningún debate porque es de la estirpe de Peña Nieto, incapaces del más elemental respeto para el interés colectivo debido a que no requieren de argumentos para realizar sus despropósitos, dado que en el contexto (construido por ellos) pueden realizar los peores atropellos imaginando impunidad eterna y convenciéndose cada vez más de que lo único válido son sus decisiones. El tiempo en que robots y muertos en vida disfrazados de humanos deciden sobre millones de ciudadanos es la señal de que el límite de lo soportable ha estallado, cuando un maniquí difunde su discurso reiterativo y unilateral por todos los medios posibles algo está definitivamente estropeado (la bandera nacional que suelen enarbolar los poderosos a la menor provocación es en sus manos una oculta svástica). La arbitrariedad de sus acciones, además de criminales son una oquedad metafísca llena de autoritarismo, tal vacío es simplemente la explicitación de la vacuidad de la actual clase política mexicana y de sus acicalados personeros. La palabra la tiene la población si no quiere callar para siempre (por lo menos las actuales generaciones de mexicanos, supongo).

Cuando un gobierno nacional intenta subsistir dictando leyes insostenibles incluso para quienes las emiten, generalmente políticos incapaces aventurados en una realidad que desconocen pues sólo la requieren para expoliarla, implica (aunque sea de manera implícita) el fracaso de un Estado y el surgimiento de una sociedad al garete que puede encallar en cualquier puerto. El momento del cambio no sólo es para la población, también lo es para una clase política parasitaria, acostumbrada a medrar contra viento y marea y actualmente zarandeada por el oleaje descompuesto de un capitalismo mundial en crisis, buscando con ansia su refuncionalización. Cuando una realidad nacional terca y ajena a las urgencias de los funcionarios en turno se empeña en contradecirlos, los basamentos de todo poder crujen y convocan al resquebrajamiento de lo que se suponía estable ¿lo podrán entender los depredadores? Quién sabe, pues ellos están convencidos de que quien se equivoca es la realidad, y allá ella.

Ayer jueves se inauguró en el Centro Cultural Mariano Jiménez (5 de Mayo 610, Centro), coordinado desde hace más de un año, pese a cotidianas agresiones de la burocracia, por una Comisión Mixta (Colectivos y Secult), la notable exposición del pintor Jesús Calvillo titulada Retrospectiva 1985-2015, que permanerá abierta al público hasta el 31 de enero de 2016. Al mismo tiempo se inauguró la magnífica muestra llamada Expo-venta, colectiva de artes plásticas que estarán a la venta hasta finales de enero, con la intención de reunir algo de fondos económicos para el funcionamiento cotidiano de este singular Centro Cultural, en donde artistas y académicos independientes tienen voz y voto.

Para concluir con esta columna, nada mejor que otro texto del John Lennon de 1971 (nueve años antes de su asesinato), el de la canción Denme un poco de verdad: Estoy harto y aburrido de oír cosas/ de azotados-miopes-mezquinos-hipócritas./ Todo lo que quiero es la verdad./ Ya estuvo bueno de leer sobre/ políticos-neuróticos-psicóticos/ cabezas de cerdo./ Todo lo que quiero es la verdad,/ dame un poco de verdad.// Ningún político cobarde, panza descolorida,/ hijo del tramposo Nixon me va a hacer pendejo/ con un bolsillo lleno de esperanzas./ Dinero para droga, dinero para cuerda.// Estoy hasta la madre de estar viendo/ patrioterillas-madrecitas-condescendientes/ de labios apretados./ Todo lo que quiero es la verdad,/ denme un poco de verdad./ Ya fueron suficientes numeritos de/ primadonas-paranoico-egocéntricas-esquizofrénicas./ Todo lo que quiero es la verdad,/ denme algo de verdad, sólo quiero la verdad.