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In memoriam: Museo Nacional de Río de Janeiro

Chessil Dohvehnain

¿Qué hacer cuando la seguridad de la historia de nuestra especie y planeta está en las manos de incompetentes? La destrucción casi total del Museo Nacional de Brasil, en Río de Janeiro, es una tragedia. Una parte importante de la memoria histórica y natural del continente, de Brasil y de la Humanidad se ha perdido. Y el consenso popular y académico es que, a pesar de que las causas del incendio son inciertas, la responsabilidad del desastre parece recaer en la grosera ignorancia, corrupción e indiferencia del gobierno brasileño de los últimos años. A México le podría pasar algo similar.

Muchísimos medios han divulgado que la pérdida estimada de 90% de las colecciones de archivos históricos, de artefactos arqueológicos, etnográficos, artísticos coloniales, indígenas y extranjeros, así como paleontológicos y botánicos es un hecho. Y es irreparable, a pesar de los esfuerzos de investigadores que incluso arriesgaron sus vidas para entrar al legendario recinto en medio de las llamas para rescatar lo poco que pudieron.

Mientras la comunidad científica del mundo lamenta esta gran desgracia, es conveniente reflexionar lo que este suceso implica para la gestión del patrimonio cultural de cualquier población humana.

Y es que las imágenes de los enfrentamientos de personas contra personal de seguridad frente al Museo Nacional de Brasil, así como aquellas que muestran a personas llorando de impotencia, nos recuerdan que lo que existe en los museos no son simples baratijas de muertos que ya no son fructíferas para el comercio, la economía o el emprendedurismo tecno mercantil de nuestro mundo capitalista.

Todo lo contrario. Los tesoros de los museos son contenedores de las memorias de la naturaleza y de los muchos pueblos que han habitado el mundo, que le dieron forma, y de los cuales descendemos. Reflejan la verdadera naturaleza de nuestras identidades colectivas, de nuestras ficciones históricas y nos hablan sobre esas certezas que tanto nos urge recordar en estos días: que lo que creemos que es la vida y el mundo puede ser falible, que ningún dogma es eterno, que la vida es corta, y que todo cambia.

Quien controla el presente, controla el pasado

En el siglo pasado y en lo que va del nuestro, la pérdida del patrimonio cultural y natural de cualquier tipo supone una grave mutilación para nuestra especie a causa de lo que representa. Incluso la destrucción de patrimonio como la que ISIS emprendió contra el asentamiento arqueológico de Palmira, en Siria, o el bombardeo de los talibanes a los colosales Budas de Bamiyan entre muchos, muchos otros casos, si bien no son ejemplos analógicos, comparten la gravedad de la pérdida.

México no se ha salvado de sus propias desgracias. En 1959 la pieza del Coyote Emplumado fue robada del Museo Nacional de Antropología por alguien que burló a las autoridades haciéndoles creer que en el rebozo en el que la pieza era portada, había un bebé. Fue recuperada por la Interpol años después.

Sin embargo el 25 de diciembre de 1985, cuando el Distrito Federal aún sufría los daños del terremoto del mes de septiembre, el museo fue robado por un equipo en el que incluso se vio injustamente involucrada la ex vedette mexicana-argentina Isabel Camila Masiero, conocida como la Princesa Yamal. Alrededor de 140 artefactos arqueológicos permanecieron perdidos hasta 1989, cuando Salinas de Gortari anunció para su vanagloria que la mayoría se pudo recuperar.

Estos hechos vergonzosos para la credibilidad de la gestión cultural del régimen (y que no parecen ser mencionados en la página web oficial del museo), posibilitaron la implementación de medidas de seguridad que hoy día vemos ahí, como la gran cantidad de cámaras, sensores de movimiento y vitrinas blindadas, así como cuerpos de seguridad en ocasiones armados.

Sin embargo, sus medidas no son las mismas que en el resto de museos del país, o al menos aquellos que he llegado a visitar durante mi formación en la universidad, como el Museo Regional de La Laguna en Coahuila, el Centro Cultural Mexiquense en Toluca, el Museo Rafael Coronel de Zacatecas, entre otros. En muchos, la desigualdad de capacidades de atención y contención de situaciones de riesgo podría ser importante. Realidad que puede ser extensible a los archivos históricos, técnicos y bibliotecarios.

Casos ejemplares son el del Archivo Técnico del Consejo de Arqueología, que resguarda documentos originales de más de cincuenta años de investigaciones arqueológicas en la nación, el cual a causa del riesgo de inundaciones y un inadecuado sistema eléctrico o de emergencia, está en proceso de traslado al Museo Nacional de Antropología.

Aunque de forma curiosa, el archivo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia ubicada en el mismo museo nacional, también se ha visto afectado por filtraciones de agua y humedad reportadas por la prensa el mes pasado. Los casos anteriores nos hacen pensar qué tan en serio y bajo qué parámetros las autoridades políticas consideran conveniente destinar dinero y esfuerzo para la creación de protocolos de seguridad para la conservación y protección del patrimonio cultural de la nación.

La minimización de situaciones de riesgo que por causas humanas o naturales amenacen la integridad de los tesoros culturales de los distintos pueblos que viven en territorio mexicano, debiera ser una prioridad que, ante los eventos que Brasil ha sufrido, necesita tomarse muy en serio. Nunca se sabe lo que podría pasar. El gran daño estructural de decenas de templos antiguos, ex conventos y sitios arqueológicos a causa del sismo del año pasado, y la desorganizada atención que las autoridades correspondientes brindaron durante la emergencia, son un terrible ejemplo de la necesidad de una prevención bien orquestada.

Quien controla el pasado, controlará el futuro

México tiene una gran cantidad de museos, tanto oficiales como comunitarios y otros de órdenes privados e independientes, que resguardan sus propios testigos de nuestra historia. Sin embargo, ante la triste situación mencionada, es necesario repensar en la necesidad de adoptar nuevas medidas de seguridad y atención de riesgos con perspectivas más integrales y de renovación continua. Lo cual implicaría la intensa participación de autoridades gubernamentales y población general.

Por otro lado, también se vuelve urgente repensar en ese curioso cliché que parece volver obligatorio que los edificios históricos, en ocasiones en exceso antiguos, sean los hogares de cantidades importantes de patrimonio cultural material e inmaterial. ¿Qué clase de fetiche es ese? El futuro es ahora, y ya no hay lugar para las nostalgias románticas.

Las bodegas sucias localizadas en ex conventos con grandes colecciones de artefactos amontonadas en pilas de cajas, y que puede ser el caso de algunos museos regionales como el Potosino, que parece tener la misma infraestructura desde que tengo memoria, ya no son una opción viable ni racional. Y si se repensaran las formas de salvaguarda, protección y conservación de dicho patrimonio, la creación de instalaciones que cumplan con lo necesario en todo sentido, se vuelve una prioridad de innovación científica y tecnológica también.

Lo anterior también implica que la política, la academia, y el activismo necesitan involucrarse en la creación de políticas públicas o legislaciones que refuercen las facultades de los museos como espacios no solo de aprendizaje y recreación, ya que también son lugares de resguardo de bienes que permiten la creación de conocimiento científico de interés social.

Sin duda el nuevo gobierno viene prometiendo muchas cosas, entre las cuales destacan propuestas en torno a una mayor concentración del poder en el desarrollo de políticas culturales que sobrepasen la visión mercantilista y turística espuria de las pasadas administraciones, que tanto daño le ha causado al patrimonio cultural en México a causa de su extraña formulación e implementación.

Y es aquí donde la comunidad artística, científica y activista heterogénea del país tiene un campo de combate fértil para tratar de crear condiciones que permitan mejorar la situación actual no solo del patrimonio cultural de la nación, sino también para buscar promover una nueva forma de pensar lo que llamamos “cultura”. ¿Y por qué no? También podría ser el momento en que puestos de toma de decisión política en congresos y cámaras sean ocupados por profesionales de la ciencia, del arte y de otros saberes, que en verdad conozcan aquello sobre lo que legislan (sorry, not sorry).

Así, el trágico incidente en Brasil ya es un testigo histórico, que nos recuerda lo valioso de los esfuerzos que desde hace milenios nuestra especie hace por mantener vivo en espacios como los museos el recuerdo de una genealogía de supervivencia que todos compartimos; una narrativa evolutiva que nos guía con humildad en la oscuridad. Abrazamos y compartimos el luto de nuestros hermanos y hermanas del sur. Sin duda, y esto está por verse, no serán abandonados ni se rendirán, ya que tienen en sus manos la posibilidad de escribir una nueva historia de sí mismos como pueblo. Y lo lograrán.

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