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Inconformidad energética

Guillermo Luévano Bustamante

Me provoca reflexiones encontradas la oleada de manifestaciones de inconformidad por el incremento en el precio de la gasolina en México. Por un lado, destaco el repudio más o menos generalizado hacia la concreción de una serie de medidas gubernamentales que concluyen con este duro golpe a la economía de las familias. Asumiendo que aunque en realidad la mayoría de la población en el país no tiene un automóvil propio, como los productos de consumo básico se trasladan en vehículos de combustión de hidrocarburos, el incremento del combustible previsiblemente repercutirá en la vida cotidiana de toda la sociedad.

Claro que hay medidas que tendrían que formularse sistemáticamente. Ya de por sí la ciudad suele colapsarse a la menor provocación, por lo que parecería que efectivamente desalentar el uso del transporte privado significaría una reducción en el congestionamiento vial, en la contaminación y una mejora en la calidad de vida, lo cierto es que no hay una política ambiental de planificación que mejore las vías alternas de traslados, el transporte público, el uso de la bicicleta o el disfrute más equitativo de los espacios comunes.

Por otro lado, la protesta ciudadana aún me parece desorganizada, con propuestas incipientes y algunas inviables. No se ataca en las quejas ciudadanas el origen del problema: la falta de planificación gubernamental, la pérdida de legitimidad de los partidos cómplices del “Pacto por México” –germen de las “reformas estructurales”–, la falta de sensibilidad y sensatez del gobierno federal, desatención de los gobiernos estatales, el énfasis de la política económica librecambista y el desplazamiento de la función del Estado que abre paso al mercado en espacios antes reservados para la actuación gubernamental.

El reclamo, me parece, tendría que ir responsabilizando a los culpables de esta crisis que no sólo es económica, sino que es también política. Me preocupa que la indignación se apague rápidamente y que no alcance a generar incidencia en las decisiones que le pongan solución de largo alcance, o que la canalicen actores que no resuelvan el fondo del asunto, sino que ofrezcan paliativos menores a la inconformidad social, y que la falta de sistematización de las demandas acabe diluyéndolas generando la percepción derrotista de que nada puede hacer la sociedad frente al gobierno.

Esta crisis que afecta principalmente de manera directa a las clases medias, pero indirectamente a todo el país, podría servir curiosamente de detonante de un amplio movimiento social que impugne de una vez las reglas del sistema político, que obligue a las elites partidistas, al gobierno federal, a considerar a la ciudadanía, a emprender medidas que remedien la desigualdad social y económica que padece el país, pero sobre todo puede sentar el precedente de que las comunidades organizadas pueden hacer frente a las decisiones impopulares que causan afectaciones a las mayorías más empobrecidas. Para ello, creo, la protesta tendría que responder al interés general, abandonar los egoísmos y formular reivindicaciones profundas.

@guillerluevano

Guillermo Luévano
Guillermo Luévano
Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Investigador en la UASLP, SNI, columnista en La Jornada San Luis.