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Hasta el infinito de lo inexistente

Ignacio Betancourt

Puesto que decir verdades generalmente resulta inoportuno e incluso punible, solamente por hoy se elaborarán engaños que paradójicamente lleven a algo verdadero de manera oblicua. Pese a que lo más inhumano y descabellado es una constante en el inmenso padecimiento de la mayoría de los mexicanos, escribamos que todo es armonioso y justo, que la mezquindad no existe en los partidos políticos, que la mayoría de los funcionarios son inteligentes y honestos. Todo con la intención de hablar de verdades sin enunciarlas.

Dado que los señalamientos objetivos y comprobables suelen ser ignorados por los culpables, generalmente integrantes de grupos de poder económico y político, habremos de intentar un señalamiento indirecto, casi inverosímil en donde de rebote lo cierto sea el resultado de la ineludible contradicción con lo falso. Podremos afirmar entonces que Enrique Peña Nieto es inteligente y comprensivo, que el sargento Nuño ama a la niñez (que lo rechaza por ignorante), que Osorio Chong no propicia lo criminal o que José Antonio Meade convertirá a México en el conglomerado nacional más próspero del planeta. Qué tal afirmar que en este país habitamos en la mejor sociedad del mundo, en donde sólo existen leyes justas las cuales escrupulosamente se cumplen a cabalidad aplicadas cotidianamente por funcionarios probos y respetuosos.

En este país extraviado en donde habitamos algo más de ciento veinte millones de hombres y mujeres de todas las edades, país latinoamericano en donde cada día la muerte se empeña en anular la vida y todo lo que la preserve. Gracias a la escritura señalemos por ahora la credibilidad en las afirmaciones más falsas y espectaculares, y reconozcamos socarronamente tales enunciados como lo más verídico del comportamiento humano finalmente ya acostumbrado a las mentiras. Afirmemos con todo cinismo que lo irracional y lo injusto no existen, y que todo accionar humano es expresión cabal de lo más virtuoso. Los robos descarados, los crímenes impunes, las injusticias más flagrantes serán declaradas inexistentes gracias a enunciados que señalen por ahora todo lo malo sólo como un mal recuerdo.

Escribamos que hoy en México por todas partes abundan las mejores conductas. Que habitamos una magnífica sociedad poblada por satisfechos y alegres ciudadanos, un país donde los funcionarios no se corrompen, los políticos no mienten, los empresarios no explotan a los trabajadores, los programas educativos hacen crecer académica y espiritualmente a los alumnos. Hoy todas las acciones gubernamentales están orientadas al bienestar colectivo, etc. etc. y etc., así hasta el infinito de lo inexistente. Tal vez entonces nos lo creamos.