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Informe presidencial: priísmo reciclado

Renata Terrazas

U na vez al año, el presidente del Ejecutivo Federal entrega un informe del estado de la Nación al Congreso de la República. El llamado informe presidencial o informe de gobierno, en un sistema republicano, tendría que ser un mecanismo de rendición de cuentas en donde los representantes del pueblo puedan evaluar las acciones de gobierno efectuadas en un periodo determinado.

Por años, la entrega del informe se convirtió en un evento protocolario donde el presidente de la República, líder indiscutible del partido hegemónico, hacía alarde de sus dotes histriónicas –cabe recordar el lagrimeo de López-Portillo en medio de un discurso llevado a una sensiblería digna de una tragicomedia romántica–, con el único objetivo de dotar de un simbolismo arcaico la figura presidencial.

En aquellos actos, la regla era la docilidad del Legislativo como muestra de la disciplina y lealtad hacia el líder político; las efusivas demostraciones ocurrían entre aplausos y vítores que pretendían remarcar los logros del Ejecutivo cual homéricas epopeyas.

La fusión de poderes políticos en México hacía impensable la existencia de controles y contrapesos entre ellos. Uno de los mecanismos de rendición de cuentas por excelencia, como lo es el informe, se convertía en un acto de reiteración del dominio presidencial en México.

Así fue hasta que en 1988 –en un contexto de encono por parte de la oposición que disputó las elecciones presidenciales al partido hegemónico, y sobre las que se ha señalado la realización de un fraude electoral–, la presentación del informe cambió, por el hecho de no haber transcurrido entre aplausos.

Después de varios intentos de la oposición por detener el monólogo de De la Madrid, fue Porfirio Muñoz Ledo en su carácter de senador y representante del pueblo quien sentó el precedente de independencia entre poderes, al encarar al presidente del Ejecutivo, exigirle ser escuchado y poder así, entablar un diálogo entre poderes.

Fue Muñoz Ledo quien con su gran elocuencia, construcción argumentativa y dotes histriónicos, se plantó frente a la figura política más poderosa alzando una simple premisa: el titular del Ejecutivo visitaba al Congreso no para hablar de lo que él quisiera, sino para ser interrogado por sus integrantes. Con este acto, Muñoz Ledo cuestionaba –real y simbólicamente–, la figura de poder político más importante del país.

Un priísmo cada vez menos dueño del despliegue de fórmulas de politiquería provinciana fue cediendo el simbolismo alrededor de los informes de gobierno, hasta que en el sexenio de Calderón se decidió cambiar el formato faraónico de los informes presidenciales. Sin requerir la presencia del presidente, se entregaría un informe escrito el primero de septiembre de cada año y las cámaras contarían con 30 días para analizar el informe y sostener un diálogo por escrito o mediante comparecencias presenciales con titulares de secretarías de Estado, Procuraduría de la República y directores de entidades paraestatales.

Esta medida ha permitido caminar hacia formas menos pomposas y con más contenido para que una de las funciones más importantes del Poder Legislativo sea efectiva. Sin embargo el pasado miércoles 2 de septiembre fuimos testigos de uno de los eventos con mayor despliegue de simbolismo arcaico de los últimos años.

Con Palacio Nacional como escenario, el presidente Enrique Peña Nieto se dio cita con las élites políticas y económicas del país, al presentar en un ambiente de cordialidad y alta diplomacia, cual corte de Luis XVI, su informe de gobierno.

Plagado de figuras retóricas y datos lanzados sin apuntar hacia ningún tipo de argumento o idea, Enrique Peña Nieto dio un discurso al más puro estilo priísta de antaño. A lo largo de las casi dos horas de duración del evento, las frases hechas del presidente no pasaban la prueba más simple del contraste con la realidad. Más allá del poco contenido del discurso, cabe resaltar las formas alrededor de éste.

El aplausómetro fue inaugurado con la mención a las fuerzas armadas y el agradecimiento del presidente a su labor, qué menos crítica que agradecer a la institución que en el último año ha violado más derechos humanos de la población. Es comprensible esta acrítica actitud, pues los asistentes no eran más que la élite política y económica que se ha beneficiado de todos los casos de corrupción y conflicto de interés de la actual administración.

El cierre del evento fue realizado en la más pura tradición del priísmo del Estado de México; brazos abiertos para recibir el aplauso cual cantante finalizando concierto; brazos en señal de abrazo para mostrarse agradecido ante las sinceras reacciones de calidez de la afable concurrencia. Un recorrido por la sección de gobernadores para recibir palabras de apoyo y cómplices sonrisas; caminar entre las filas de su gabinete para hacer el despliegue de simbolismo en el apretón de manos, tocar el hombro y dar un abrazo reflejan la cercanía que se tiene con el presidente.

El evento del presidente fue un derroche de elementos del priísmo de la década de los setenta, elementos que denotan un entendimiento del cargo como el lugar donde se ostenta el poder y éste logra beneficiar a quienes le juran lealtad. Se perdió la oportunidad de dar un mensaje a la población cuando la crisis de legitimidad y desaprobación del presidente ha llegado a los lugares más bajos; en cambio, Enrique Peña Nieto nos dio otro mensaje: trabaja para esa élite a la que invita a sus eventos, a la que saluda de mano y abraza públicamente.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación

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