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Jinetes en la(s) tormenta(s)

Astillero, Pacto por México

Cien años después, las cabalgatas de la insatisfacción social también cruzaron las principales calles de la gran ciudad, el asiento de los poderes federales, la urbe cuya toma militar, política o simbólica es necesaria, entonces y ahora, para confirmar la validez y la trascendencia de las posiciones en lucha.

Jinetes también montados en el conflicto, con Iguala-Ayotzinapa, Tlatlaya, la Casa Blanca, las reformas peñistas (sobre todo la energética), la inseguridad pública, la narcopolítica y mil razones más, a un siglo de que Francisco Villa y Emiliano Zapata encabezaron el desfile revolucionario y se asomaron festivamente al Palacio Nacional para tomarse la foto histórica de máxima aproximación netamente popular al poder formal (así fuera sólo de manera glútea y espaldar), con el Centauro del Norte acomodándose para fines fotográficos (es decir, sólo escenográficos) en la silla presidencial que jamás ocuparían institucional y constitucionalmente ni él ni sus proyectos ni su compañero adyacente de aquel seis de diciembre de 1914, el suriano agrarista que no cayó en las tentaciones de utilería y evitó sentarse en el mueble emblemático.

Llegó la efeméride en circunstancias retumbantes. Hoy la Ciudad de México no es distante o ajena ni presencia el paso de los forasteros insurrectos desde balcones neutros. Fue tomada hace una centuria por las caravanas combatientes que venían de la periferia al centro en busca de confirmación, pero ahora los habitantes del Distrito Federal tienen sus propios ejércitos cívicos, sus manifestaciones y demandas, en un entorno de defensa de libertades y derechos, de avances duramente conseguidos y de una capitalidad orgullosa en cuanto a protestas, críticas y posturas progresistas.

El gran monstruo urbano de hoy es el punto de convergencia de las militancias nacionales, como en 1914 con la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur, pero ya no el objeto a conquistar sino un sujeto social pleno, activo y combativo, que presta plena solidaridad a movimientos sociales provenientes de otras latitudes (las luchas contra los fraudes electorales, las protestas de profesores y gremios, las movilizaciones estudiantiles) y que al mismo tiempo genera su propia agenda cívica.

La conmemoración del histórico desfile revolucionario del 6 de diciembre, luego del pacto de Xochimilco, tuvo como contexto el continuo caminar de capitalinos a lo largo de sus calles y plazas, en protesta contra los malos gobiernos, en defensa de compañeros (compas, en el argot neorrevolucionario) detenidos arbitrariamente y en exigencia de que el actual ocupante de la silla presidencial, a la que llegó por la vía mercantil, deje el cargo y permita una reconfiguración nacional de esperanzas y proyectos.

La demanda de aparición con vida de los 43 normalistas rurales de Ayotzinapa ha sido el punto de consolidación de una etapa de lucha nacional que en la Ciudad de México ha ido avanzando desde el 1 de diciembre de 2012 y llegó a una convocatoria a una forma de paro nacional al cumplirse los dos años de administración de Enrique Peña Nieto. El dos de diciembre también se conmemoró la muerte de uno de los emblemas de la lucha armada revolucionaria, Lucio Cabañas Barrientos. Y para este 6 se programó en la Ciudad de México una toma simbólica de parte de organizaciones campesinas nuevamente puestas en movilización por acciones gubernamentales que consideran lesivas al interés popular, con cabalgatas de protesta desde diversos puntos de partida para coincidir en los espacios céntricos del poder institucional.

Villa y Zapata continúan presentes, como un siglo atrás. Y otras monturas se suman al desfile actual de jinetes en las tormentas (caballería musical por cortesía de The doors), en una Ciudad de México cuya historia cabalga.

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.