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J’tatics, los otros caminantes

Óscar G. Chávez

Son estos exacerbados ánimos, propios de la visita pontificia los que han hecho verter una gran cantidad de comentarios sobre la figura del jefe del estado Vaticano. Así aparecen indistintamente en redes sociales; medios de comunicación formales, impresos y electrónicos; portales noticiosos de medio pelo y carentes de él; portafolios fotográficos; en discursos de políticos; homilías de jerarcas religiosos, porque no sólo lo es el que nos visita y los hay de distintos niveles; y un sinfín de opinólogos ateos, católicos practicantes y creyentes, católicos de clóset, jacobinos, librepensadores, derechosos trasnochados y progresistas radicales, que no desaprovechan la menor invitación o provocación para hablar, mesurada o pontificalmente, sobre la presencia papal en estas tierras.

Días tan cercanos, éstos en que todos nos convertimos en especialistas sobre el tema pontificio, son contados; cierto es que los óbitos papales que logran que el mundo pose sus ojos de manera permanente a la espera del humo blanco, también traen consigo una gran cantidad de peritos en el tema pontificio que inundan los espacios informativos de manera permanente. Sin embargo, en los momentos en que el Papa se vuelve mexicano –porque aunque consagre con hierba mate y alfajor, no son elementos que no puedan ser reemplazados por mezcal y pan pulque, o aguamiel y queso de tuna–, cualquiera de sus compatriotas estamos autorizados para ser expertos en el tema.

En este sentido debo comentar que me causó una curiosa impresión, la llegada a mi correo electrónico de la columna de Eduardo Martínez Benavente: ¡Bienvenido a la antesala del infierno!, y más por morbo que por interés, aunque siempre resulta interesante, por mínima que sea, cualquier opinión vertida por el notorio notario, comencé su lectura. Curioso resultó no encontrarme con alguna opinión adversa al visitante, por el contrario, expresa cierto reconocimiento a la trayectoria y figura del obispo de Roma, sin embrago no corren con esa suerte aquellos que, agarrados a la blanca sotana, exhiben y pasean sus públicas indignidad e insolvencia moral, junto al vicario de Cristo. El dardo del notario es certero, pues habla de un cardenal arzobispo amigo y protector de poderosos y encubridor de sacerdotes desviados en uno o varios sentidos; máxime en momentos en que se ha hecho del conocimiento público sus actuaciones execrables en casos como la disolución del gaviotil vínculo matrimonial, o la perversa forma en que buscó desaparecer la escuela de música sacra Cardenal Miranda.

Martínez Benavente menciona, al margen de los desagradables clérigos y políticos mercenarios, a una serie de verdaderos sacerdotes, comprometidos con el auténtico ministerio eclesiástico, quienes no han sido valorados y reconocidos adecuadamente por la institución a la que han servido con creces y aún a costa de su vida. Menciona desde luego al sacerdote sandinista y excelso literato Ernesto Cardenal, recién reivindicado por el Papa Francisco, luego de haber sido defenestrado públicamente por el Papa polaco; menciona también al obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, mártir de su pueblo a manos de la ultraderecha nacionalista; y desde luego al obispo Samuel Ruiz, el j’tatic; el caminante frente a cuya tumba oró Francisco el día de ayer.

Me permito complementar los anteriores ejemplos con los de otros sacerdotes comprometidos al igual que aquellos, con la causa social de llevar ante los que más  necesitan a un Cristo de amor, de justicia, de inclusión social, de oración, y también de pan. Aquellos que han sabido bajar al hijo de Dios de la cruz para mostrarlo a la altura del pueblo que lo busca y no lo conoce, por haberles sido presentado siempre de una forma vertical y ascendente. Aquellos que una vez que lo han dejado entre los hombres, han remplazado con su martirio, el que Cristo experimentó en la cruz.

Es cierto, no escuchamos ya los nombres de Felipe Castañeda Gutiérrez, sacerdote nacido en Zumpahuacán y asesinado álevemente en Tenancino, en 1894, cuando pugnaba por la restitución de tierras a los pueblos de su feligresía. Tampoco se habla ya de Mauricio Zavala, llamado por Nereo Rodríguez Barragán, apóstol del agrarismo en el Valle del Maíz, quien desterrado del suelo potosino, acabó sus días como canónigo de la catedral de Mérida, en la lejana península de Yucatán.

Poco se escucha, también, del obispo Sergio Méndez Arceo, bautizado como el obispo rojo por la intolerante ultraderecha mexicana. Fue don Sergio, al margen de sus labores como historiador, un verdadero báculo para aquellos que dentro y fuera de su diócesis lo necesitaron como pastor y amigo. Supo ser la voz de los cubanos sometidos por el bloqueo imperialista, y lo fue también de los desplazados en El Salvador y Guatemala. Amigo de los sandinistas nicaragüenses, para quienes creó Manos fuera de Nicaragua, organización que buscó apoyar a ese país en rechazo al apoyo que de Estados Unidos recibía los opositores.

Fue al parecer el único obispo mexicano con los arreos suficientes para decretar excomunión en su diócesis contra aquellos que practicaran y encubrieran la tortura, muy en uso en aquellos años por las corporaciones policiacas. Fue el viernes santo, 17 de abril de 1981, cuando buscando dignificar la calidad del ser humano frente a los abusos del poder, señalaba: mientras meditamos las torturas infligidas a Jesús durante su pasión por la autoridad religiosa y la autoridad romana, después de distintas consideraciones de los diferentes aspectos, cumplo con mi deber de pastor, de servidor de la vida y dignidad del hombre, a decretar la pena de excomunión a los torturadores […] También ha influido en mi ánimo ejemplo admirable de magnanimidad de la Revolución Nicaragüense y el terrible recuento por otro lado de torturas en El Salvador recogido de refugiado salvadoreños en México y Costa Rica.

No es este decreto una denuncia de que en el estado de Morelos tenga especial vigencia la tortura como instrumento de represión política, o de acción policiaca contra el crimen. Pero en la opinión del pueblo mayoritario sin defensas sociales, económicas o políticas, las fuerzas policiacas no son una protección, sino una fuente de temor por los malos tratos y auténticas torturas empleadas para extorsión, intimidación, método de información o simplemente como reacción contra el aprehendido. Era las reflexiones de un obispo rojo, hace casi 35 años.

Otro latinoamericano, colombiano, no lejano, es el sacerdote Camilo Torres -seguidor directo de Heri Grovés, Abbé Pierre-, quien luego de alcanzar los máximos honores académicos en la sociología, disciplina que siguió en su preparación alterna a la sacerdotal, e impartir su cátedra en la Universidad Nacional de Colombia, se involucró con grupos agraristas, y  participó como activista opositor al Frente Opositor. Luego de ser obligado a renunciar, por el cardenal Concha Córdoba, a sus labores docentes, y participar de manera directa en actividades de oposición a la derecha, se sumó a la guerrilla, actividad en la cual resultó muerto el 15 de febrero de 1966, en las cercanías de San Vicente Chucurí,  Santander.

Hoy nadie habla de ellos, quizá porque nadie los recuerda, quizá porque el olvido es una forma de sepultar, aun para la iglesia católica, aquello que nos resulta incómodo. Sin embargo, la magnitud de su huella en el camino, es la que nos permite, y obliga moralmente a recordarlos, a fin de cuenta ellos también fueron caminantes, frente a cuyas tumbas no orará un pontífice, pero los recordará su pueblo en masa.