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La administración que se va no fue mala, ni peor, fue pésima

Luis Ricardo Guerrero Romero

U na canción de moda bajo la almohada de Arturo lo hace despertar, como cada día su vida activa comenzará a las 5:40 am, la rutina de siempre que eligió desde que dijo: –acepto el trabajo. Ha pasado 23 años realizando las mismas tareas y aún no entiende por qué está en ese trabajo. Su vida es un pesar, sus elecciones pésimas, su visión ante el mundo (del cual no es consciente) es un pesimismo encarnado.

La forma en que Arturo ve el mundo es similar a la de cualquier potosino que vive en la ciudad en donde el tránsito lento causado por la mala infraestructura de las calles, las grietas y baches de las avenidas, junto con las obras prematuras sin proyección que la administración se aventura a realizar para justificar su pésimo trabajo y su brillante estupidez, colaboran a ver el mundo desde la óptica pesimista. Sumado a lo anterior, ya como es del conocimiento de los potosinos, nuevamente fuimos engañados con el conteo de votos que tanto se pregona nuestro derecho y signo de democracia, pero también la burla y el escarnio de la misma, valga el cambio de nombre de IFE por INE (instituto nuevamente estúpido).

Ya desde hace algún tiempo existió la postura pesimista de otro Arturo, de apellido Schopenhauer, a él le debemos la fundamentación de la idea del pesimismo. Una tesis clave para entender de qué va esta corriente del pensamiento es: “(…) el hombre es voluntad, es decir ímpetu ciego, anhelo incasable, sed eterna. Y no sólo el hombre, sino el universo entero es voluntad”. Ya habremos de imaginar todas las implicaciones pesimistas que alcanza el que todo cuanto hay sea sed eterna, vivir en la insatisfacción y en la perpetua dialéctica dolor y hastío. Bajo el pensamiento de Arthur Schopenhauer el egoísmo pleno alcanza su punto máximo en la especie humana. Viéndolo desde este punto, la administración política que se va no fue mala, ni peor, fue producto de mentes pesimistas.

Esta pesada palabra además es un sustantivo de superioridad al cual le anteceden: el sustantivo malo y el sustantivo comparativo peor, e indican o califican al sujeto o acción. Fue la voz latina: pessimus la que generó la palabra en cuestión, conservando la idea de algo que supera lo malo, en el latín el comparativo de malo es peior, con semejanza fónica a nuestro peor y semejanza semántica a malo del latín malus, que significa: de mala calidad, moral enferma. Evidentemente malo es sinónimo de enfermo y en contraste el antónimo de malo es bueno pero de enfermo, no usamos contradecir con bueno, sino sano.

Hay un uso sexista (mayormente) para denominar a las mujeres bellísimas: buenísimas, lo cual no significa que tengan la mejor de las morales, no obstante aquellas no tan bellas no se les designa enfermas o malas, es más, suele ocurrir que las buenísimas a veces son las más enfermas. Si de mujeres hablamos y en orden a lo anterior, podemos recordar la alegoría bíblica de Adán y Eva, en donde una víbora incita comer del fruto del árbol a la mujer, tal fruto es confundido por la manzana debido a que, en la lengua latina malum es manzana y en alguna traducción empeoraron la alegoría, o quizá fue el experto pintor Leonardo, quien no dominaba la lengua latina pero sí el pincel quien confundió esta escena. Eva anticipó el pesimismo ya que, según sabemos la única manera de evadir el pesimismo es cuando el hombre escapa de ese tormento con la anulación de la voluntad de vivir, y Eva no deseaba vivir más en la realidad que el mismísimo Dios le había concedido.

Afortunadamente, Schopenhauer no alcanzó a escuchar a los Cardenales de Nuevo León, y su emblemática canción pesimista: Soy lo peor, –la cual comienza: entre lo peor, de lo peor, soy lo peor–, si no quién sabe hasta dónde hubiera proyectado esta corriente del pensamiento filosófico. Quienes sí alcanzaron a escucharla y seguramente la bailaron en sus fiestas capitalistas fueron los candidatos, diputados y demás malos ciudadanos.