Común denominador
6 agosto, 2015
Sospechosos
6 agosto, 2015

La amenaza homosexual

Óscar G. Chávez

D e nueva cuenta vuelve a la opinión pública la cuestión de los matrimonios igualitarios; parece que el rechazo y los vagos argumentos moralistas son resabios inherentes al tema, como también lo son a la sociedad potosina.

En esta ocasión son las lacerantes y desubicadas opiniones del vocero del arzobispado, el presbítero Juan Jesús Priego, las que vienen a constituir la carga central de rechazo hacia estas uniones; máxime si consideramos que las declaraciones de Priego en teoría representan las oficiales del arzobispado.

Declaraciones que por muy matizadas que se hallen, y por muy –como él dijo– sean realizadas a título personal, parecieran que están encaminadas a fomentar la intolerancia y la violencia contra el sector beneficiado por el llamado matrimonio igualitario.

Desde cualquier óptica las declaraciones del presbítero y abogado constituyen un reflejo de la mentalidad medieval de la iglesia, cuando todo –a decir de Priego– queda supeditado al aspecto sexual de una relación en pareja. Es evidente que no considera otros alcances contenidos dentro de la propuesta de una sociedad de convivencia, como pudiera ser el encaminado a asegurar la atención médica y la manutención de uno de sus integrantes.

Sin que el aspecto sexual constituya un tema que represente una excluyente en una relación en pareja –heterosexual u homosexual– es evidente que no es el aspecto central de cualquier unión; en muchos de los casos es éste un aspecto que va entrelazado a otros como pueden ser el afectivo, el de dependencia emocional e incluso el económico. Dentro de esta lógica ¿qué ocurre en aquellas parejas que por incapacidad clínica o por cuestiones de edad en una de las partes, o incluso en ambas, el factor sexual queda descartado?

En el mismo sentido Priego señala, al parecer sin calibrar el alcance de sus dichos que la especie humana se ve amenazada si se generalizan los matrimonios igualitarios; frase fuera de contexto en totalidad, que fomenta el odio y la intolerancia de una manera muy aguda y particularizada en contra de los sectores asociados con la diversidad sexual.

Llamados auténticos al ataque dirigidos de una manera certera contra aquellos a los que rechaza la iglesia católica; no debería de extrañarnos si a futuro en breve comienzan a orquestarse en nuestro parroquial entorno, campañas de violencia o agresiones en contra de estos grupos.

Pareciera que las anteriores declaraciones no estuvieran siendo formuladas por un ministro de culto católico, sino por un trasnochado moralista de esos que abundan en las ciudades de provincia y cuyos actuares y dichos se hallan impregnados de los atavismos más oscurantistas y retrasados de la institución eclesiástica.

Otro de los señalamientos planteados por Priego recae en el aspecto reproductivo de la relación de pareja; aquí de nuevo hace énfasis en la discriminación no sólo en contra de las parejas alternativas, sino también en aquellas de corte heterosexual que por motivos particulares de sus decisiones o del ámbito reproductivo que enfrentan, se encuentran imposibilitados para reproducirse.

La opinión discriminativa e intolerante del vocero de la arquidiócesis, puedo confrontarla con el decir del jurista y especialista en derechos humanos Federico Anaya-Gallardo: más interesante: si leemos con verdadero amor cristiano la Escritura y reflexionamos con el resumen último de la Ley y los Profetas (amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo), el sacramento mismo del matrimonio NO está amarrado a la procreación y, por lo mismo, no está monopolizado por la heterosexualidad. En este sacramento, dos católicos se reúnen ante la asamblea de fieles y le anuncian a esa ecclesia que vivirán juntos por el resto de sus vidas. Ellos (en cualquier combinación de él-ella, él-él, ella-ella) se comprometen a vivir en común frente a los testigos-asamblea. Son sacerdotes ambos y ofician su enlace en público. (Sólo en la separada y herética iglesia oriental se insiste en que haya un sacerdote consagrado para validar la unión.)

Lo anterior sin embargo pareciera ser una comprensión vedada a los aletargados alcances de la mentalidad inquisitorial del vocero y quizá de la misma curia potosina. Queda claro que las limitantes religiosas y culturales asociadas de manera tradicional con la iglesia potosina y los más conservadores sectores, que por desgracia han incursionado en aspectos como la política, veamos el caso del remedo de yunquista Miguel Maza, no son un tema ni un elemento característico del potosino que se encuentren en riesgo de desaparecer, por el contrario, declaraciones como las de estos personajes pareciera que la hacen fructificar en la sugestionable mentalidad del potosino promedio.

En estos tiempos en que la iglesia por su propia estructura y constituciones incursiona en una crisis de adeptos y de decadencia de valores entre sus miembros directos y consagrados, son en los que debiera de apelar a su carácter inclusivo y tolerante, y no fomentar odios contra aquellos que se conducen de una forma distinta a la que ella predica.

Más aún, es increíble que en estos tiempos en los que la iglesia se ha visto cuestionada por la desproporcionada protección al alto índice de pederastas que hay dentro de ella, se ocupe de juzgar conductas que no por alternativas representen un elemento dañino o nocivo para la comunidad eclesial.

Se habla de un posible abuso contra menores si éstos se llegaran a adoptar por los matrimonios igualitarios, sin considerar que el daño más condenable ha sido producido por los miembros de la vida católica consagrada que por elemental esencia de su ministerio deberían de dedicarse a proteger el elemento infantil de su feligresía.

Si atendemos los llamados de Priego, no es de la iglesia –cornucopia de virtudes– de quien debemos cuidarnos, el enemigo común y al que hay que atacar es la amenaza homosexual. Típico potosino.