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La canción, acercamientos fuera del pentagrama

Luis Ricardo Guerrero Romero

E n compañía de alguien en el café, durante el ejercicio en el gym, a solas mientras limpiamos la casa, en el bar con los amigos entontando: Alabama Song (Whiskey Bar) o para pasar el rato, siempre con nosotros la filial amiga canción. Hay canciones de todos tipos y para todos los tipos. Algunos dicen que unas canciones son mejores que otras, –cuestión de gustos pero no de estética–, como quiera que fuera, las canciones son ese algo sonoro que ocupa gran parte de nuestro tiempo. Las canciones, desde la cuna nos mecieron y hasta la muerte clamarán. “La canción es la amiga que me arropa y después me desabriga; la más clara y obscura, la más verde y madura, la más íntima la más indiscreta”.

La canción en la literatura según G. Leal, parte de las artes apolíneas: dibujo, talla, pintura, escultura, canción, arquitectura civil. Aunque paradójicamente Nietzsche agruparía lo lírico en los artistas dionisiacos. En el género lírico la canción también ocupa un lugar, junto a la elegía, la oda, balada, madrigal, soneto y más. La canción se destaca, porque en ella se da a conocer un solo pensamiento, no existe canción alguna que encumbre la piedad y en la misma estrofa endiose la blasfemia, este género lírico se divide en estrofas, o coloquialmente en párrafos o coros. Del latín cantio, ˃ cancio ˃ canción; llegó esta palabra a nuestro idioma, y ya desde antiquísimas culturas como la helena había una extensa devoción por la canción adjudicándole esta melódica idea a una de las musas. Las musas de la mencionada mitología hacían referencia todas en sí a la canción, muy en particular: Melpómene, era la musa del canto, ya desde la raíz del mismo nombre alude al sustantivo melodía (μελω-δια: a través de lo dulce). A ella se le atribuye el canto de los seres “fantásticos” de la mitología.

En torno a la canción se especulan varios temáticas ocultas o extraordinarias, como la de los castrati de la ópera, quienes se sometían a la castración para que su voz alcanzara registros agudos similares a la tesitura de los niños pero con el pulmón y resistencia de un adulto. La pasión a la canción es muy extensa, digna poseernos, como diría Silvio Rodríguez, –el cual ya citamos más arriba–: “La canción me da todo, aunque no me respeta: se me entrega feliz cuando me viola. (…) La canción compañera, virginal y ramera, la canción”. Efectivamente, es compañera porque siempre está ahí invadiendo cada nervio receptor de la mente persuadiendo al movimiento involuntario del cuerpo, es virginal por su sentido sagrado, el Corán lo sabe, el ritual Islam: basmala lo replica, las religiones han utilizado la canción o canto como medio para trascender de plano, en los monasterios el canto gregoriano intenta comunicarse con Dios. La canción es ramera, porque anda en boca de todos, y miles de mujeres la besan al tenerla en sus labios, y cientos de hombres la cogen, –se la apropian hasta los gritos en la embriaguez–, la hacen suya.

Aunque se escucha necia la siguiente suposición aventurada, el idioma inglés distingue muy bien que lo sonoro es la canción, y para ellos lo musical está cantado, la palabra song, no es una coincidencia. Ellos dicen que el mexicano habla cantado, y cantar es crear, es poesía, efectivamente los mexicanos somos creadores, en cada palabra nuestra está: la compañía y lo virginal y lo arrabalero.