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La Constitución es historia y actualidad

Guillermo Luévano Bustamante

E l 2 de febrero de 1832 murió Ignacio López Rayón, jurista que tuvo el encargo de redactar los Elementos Constitucionales de 1812, documento que serviría de base eventualmente a los Sentimientos de la Nación de José María Morelos y, por lo tanto, a la primera Constitución de México, de 1824.

Ese mismo año de 1812 se promulgó la Constitución de Cádiz. Ambos documentos son producto de la ausencia del Rey Fernando VII depuesto por la ocupación de las tropas napoleónicas en España.

Son resultado también del pensamiento ilustrado que desde fines del siglo XVIII había influido ideológicamente de igual manera en la Revolución francesa y en la Independencia de Estados Unidos.

La Constitución era un símbolo de los nuevos tiempos frente al ancien regime. Era un instrumento de contención de los absolutismos en sus diversas expresiones. Si bien las movilizaciones que encabezaron movimientos constitucionalistas, revolucionarios o independentistas, fueron tradicionalmente impulsados por la burguesía, o por las elites criollas en el caso mexicano, han recogido manifestaciones de descontento social y las han traducido en sistemas jurídicos más acordes con los derechos de las personas antes desconocidas por gobiernos monárquicos. La República estaría depositada jurídicamente en un documento legal, de observancia universal, que incluyera los límites a los poderes arbitrarios y que contemplara los derechos de la población no gobernante.

Creo que es preciso repensar de esta manera nuestra Constitución, hoy despojada de su carácter social, cultural e histórico. Si bien en general coincido con la idea de que la Ley (en abstracto) suele ser un instrumento de dominación de las clases gobernantes, también es cierto que hay una función emancipadora en el derecho.

Hoy la Constitución es un documento dolosamente alejado de la sociedad.  Según la Segunda Encuesta de Cultura Constitucional del Instituto de Investigaciones Legislativas de la UNAM de 2011, 65% de la población admite conocer poco la Constitución y 27% dice no conocerla en absoluto.

Cifrada en un código no apto para “profanos”, la legislación mexicana y la propia Constitución no es un instrumento popular aunque se supone salvaguarda los derechos esenciales. Es más bien utilizada por los gobernantes como mecanismo de legitimación para su permanencia y para la implementación de medidas y políticas, paradójicamente, impopulares. Por eso la defensa de la Constitución, de su observancia, tendría los fines que tuvo en el origen del primigenio constitucionalismo: un mecanismo de control de los poderes arbitrarios. Una nueva Constitución tendría que ser resultante de un amplio movimiento social, quizá de las fuerzas que han mantenido su oposición en los años recientes a la desfiguración del esquema de derechos que contenía la Carta Magna incluso hasta antes de la oleada reformista del gobierno de Peña Nieto, y de las personas y colectividades que han sido agraviadas por el modelo económico, por la política criminal, y por las prácticas autoritarias del Estado mexicano.

Que el 5 de febrero no tendríamos que conmemorar un cadáver deforme, sino un documento vivo, encarnación de los derechos humanos, sociales y culturales, que sirviera de instrumento de emancipación de las comunidades desplazadas en el discurso y en la política de los de arriba. Todavía puede ser.

Twitter: @GuillerLuevano

Guillermo Luévano
Guillermo Luévano
Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Investigador en la UASLP, SNI, columnista en La Jornada San Luis.