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La desbandada

Carlos López Torres

S in un diagnóstico previo sobre el rezago legislativo, toda vez que la comisión nombrada ex profeso en el Congreso local no ha rendido informe alguno al respecto, resulta hilarante la declaración de algunos diputados que, con el ánimo de justificar la huida hacia la búsqueda de otro huesito de más de una decena de legisladores, aseguran que el trabajo continuará como se venía llevando a cabo antes de la desbandada de los diputados chapulines que, dicen, seguirán representando al pueblo desde cualquier otro cargo.

¡Vaya desparpajo el de nuestros “representantes populares”! Ahora resulta que, según el diputado Martín Álvarez Martínez, integrante de la Junta de Coordinación Política (Jucopo), el Congreso continuará trabajando a favor de la ciudadanía dado que las personas (suplentes de los saltarines) que se integren, deberán de entrar de inmediato a la dinámica de la Legislatura.

No entienden los diputados que una cosa es levantar el dedo y otra es querer tapar el sol con un dedo, darnos atole con el dedo o creer que nos estamos chupando el dedo. Una cosa es una cosa… y otra cosa es otra cosa, dice el Filósofo de Güemes.

Y es que de las desgastadas instituciones del viejo régimen, las cámaras de diputados y senadores son las más desacreditadas, aunque los titulares del Ejecutivo, federal y estatales, respectivamente, no se quedan atrás dada la ineficacia, ineficiencia, opacidad y omisión con que se manejan.

¿Cómo creer que la actual diputación con sus enormes rezagos y desatinos legislativos, prácticamente desintegrada habrá de trabajar a última hora a favor de la ciudadanía, con un puñado de sustitutos que apenas tendrán tiempo de conocer el reglamento y los procedimientos legislativos? Aunque eso sí, no dejarán de cobrar los mismos salarios, prerrogativas y hasta el aguinaldo que seguramente extrañarán los chapulines en desbandada?

No es que de antemano menospreciemos a los suplentes. Pero un análisis elemental derivado del desempeño de la actual Legislatura, nos indica que la llamada “soberanía popular” no reúne las características elementales de contrapeso al Poder Ejecutivo, cuyo titular con toda y su aparente abulia ha logrado imponerse a las bancadas representadas en el Congreso, más preocupadas en repartirse el presupuesto y mantenerse en otros cargos que velar por el cumplimiento y la construcción de leyes que realmente favorezcan a los contribuyentes y el pueblo en general.

Además de comprobar, antes de votar por los candidatos a los diversos cargos de elección popular en juego, que estos no tienen cola que les pisen o nexos sospechosos con algunos grupos delincuenciales, las y los ciudadanos deberían exigir definiciones claras sobre el papel a desempeñar en el cargo, así como compromisos precisos derivados del análisis del deteriorado contexto económico, político y social, producto del pésimo desempeño de la clase política a la que pertenecen los suspirantes a los diferentes puestos públicos.

Aunque la descomposición del ejercicio del poder en la entidad no se ha reflejado en actos violentos, lo cierto es que la abulia, la omisión, la falta de transparencia, la corrupción y el desempeño fallido de los gobernantes en la entidad debe tocar a su fin, mediante la intervención organizada de la sociedad más allá de las elecciones.