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La especie vulnerable

Luis Ricardo Guerrero Romero

T enemos que reconocer que en algún aspecto de nuestras personas hay cierto grado de vulnerabilidad que es capaz de repercutir en cada minuto de nuestros días, será que no hay la suficiente inteligencia emocional, será que la heurística no es tan sagaz como un sentimiento atorado, una creencia arraigada, un cariño mal pagado. Ser vulnerable a algo o alguien no es una elección, sino una selección, no fuimos confeccionados con un compás y una escuadra nada más, hay algo más allá de la presbicia que atavía una vista vulnerada bajo el signo del tiempo.

Sobre la vulnerabilidad sabemos por medio de algunos anuncios del cuidado de la salud, que los niños y los ancianos deben en especial ser vacunados, pues ellos son más vulnerables a contagios. Entonces, qué es eso de estar vulnerable. La respuesta la tiene la lengua, su evolución y producción como ente social, variante, dinámico. Debido a que la palabra vulnerable como es entendida por la mayoría de la sociedad, es decir, como un sinónimo de estar propenso a algo, propenso a las enfermedades, dista un tanto de la idea primigenia de la palabra en cuestión.

De las voces del latín clásico: vulneratio y vulnero; que encuadran el significado de herir y lastimar (su traducción). Estas palabras conservan una raíz o lexema, vulner; que añadiéndoseles el sufijo adjetival: able, con significado de posibilidad o inclinación, nos da como resultado la palabra vulnerable. Es decir que la primera idea no es ser más propenso que otros a algo, sino tener inclinación o posibilidad de ser herido, lastimado. –Soy vulnerable al mole porque tengo ulcera gástrica–. Ya sea por algún vicio o por una enfermedad que evidentemente hiere. Hablar sobre lo vulnerable que es el hombre, es de algún modo el pie de página de la propia existencia humana.

Este mismo lexema latino generó palabras como convulsión, avulsión, donde el efecto medular de estos padecimientos es la herida de alguna área de nuestro sistema, ya nervioso, ya en músculos o huesos, o bien una avulsión dental, que no deja de ser una herida. De tal suerte que al expresar ideas como: –soy vulnerable a tus besos–, o –ayudemos a los más vulnerables– (hablando de pobreza). No serían expresiones del todo coherentes contextualmente ni filológicamente, pero sí por el uso.

De modo abstracto pero con certeza, podemos decir que todo mortal, incluso toda cosa es vulnerable al tiempo, el cual deja heridas de toda índole, siendo éste inmune a la vulnerabilidad. El tiempo nos dirá hasta dónde ha de llegar nuestro último suspiro. Ya por ejemplo, en la Roma antigua en las lápidas se acostumbraba a escribir la leyenda: Eram quod es, eris quod sum. (Yo era lo que tú eres, tú serás lo que soy). Esto es un  perfecto ejemplo de que todos somos vulnerables al tiempo, todos sin excepción, y Donne fue capaz de plasmarlo en un poema que podemos interpretarlo bajo el sino del tiempo.

“La prohibición”

Guárdate de quererme.

Recuerda, al menos, que te lo prohibí.

No he de ir a reparar mi pródigo derroche

de aliento y sangre en tus llantos y suspiros,

siendo entonces para ti lo que tú has sido para mí.

(Jonh Donne)